En el autismo lo que se afecta no es la cantidad de palabras sino el uso social de la comunicación, y esas señales aparecen meses antes que el habla: por eso conviene mirarlas y no esperar.
Una mamá me pasa el celular con un video del cumpleaños del año pasado. Se ve a su hijo de veinte meses sentado en el piso, alineando las velitas con mucha concentración, mientras diez personas cantan a un metro de distancia. Alguien lo llama por su nombre tres veces. Él no levanta la cabeza. Después le acercan la torta y él estira la mano del abuelo hacia el plato, sin mirarlo a la cara.
Ella me lo muestra por otra razón: quiere que vea que todavía no dice ninguna palabra. Y lo que hay en ese video que importa más no son las palabras que faltan. Es que no giró cuando lo llamaron, que usó una mano ajena como si fuera una pinza y que en ningún momento buscó los ojos de nadie para compartir lo que estaba pasando.
En el desarrollo del autismo, esas señales aparecen antes que el habla y son mucho más informativas. Un niño puede hablar y aun así comunicarse poco; y un niño puede no hablar todavía y comunicarse a montones. Este artículo es sobre cómo mirar esa segunda capa.
Las señales de comunicación llegan antes que las palabras
Antes de que exista una sola palabra, un bebé típico ya se comunica muchísimo. Sonríe cuando lo miran y espera que le devuelvan la sonrisa. Se calla y arranca de nuevo, como si tomara turnos. Sigue con los ojos hacia donde tú miras. Levanta los brazos para que lo carguen. Señala el perro y después te busca la cara para ver si tú también lo viste.
Todo eso es comunicación, y es la base sobre la que después se instala el lenguaje. Cuando esa base está bien y solo faltan las palabras, el pronóstico es distinto que cuando lo que falta es la base.
Por eso, entre los 12 y los 24 meses, la pregunta útil no es «¿cuántas palabras dice?». Es esta otra: ¿para qué usa la comunicación que ya tiene, y con quién? Un niño de 18 meses sin palabras que señala, muestra, comparte la mirada, imita y protesta con gestos está comunicándose bien. Un niño de 18 meses que dice diez palabras pero solo para nombrar cosas, nunca para compartir con alguien, tiene menos comunicación aunque tenga más vocabulario.
Responder al nombre: la prueba de los tres llamados
Es la señal más citada y la peor evaluada, porque casi siempre se comprueba mal.
Hazlo así: que sea en un momento en que él está entretenido con algo, no aburrido. Ponte fuera de su campo visual, a un par de metros. Di su nombre en tono normal, sin gritar. Espera unos segundos. Repítelo hasta tres veces, sin tocarlo, sin ir a moverlo, sin acompañarlo de otro ruido.
Un niño de 12 meses en adelante suele girar la cabeza en el primer o segundo llamado. Que gire solo cuando abres la bolsa de galletas no cuenta: eso es responder a un ruido interesante, no a su nombre.
Antes de sacar cualquier conclusión, hay que descartar lo obvio: la audición. Es la primera prueba que se pide siempre, sin excepción y sin importar cuán convencidos estén los papás de que oye bien. Un niño con hipoacusia también deja de responder al nombre, y el camino a seguir en ese caso es completamente distinto.
Señalar para pedir y señalar para compartir no son lo mismo
Este es el punto más importante del artículo y el que casi nunca se explica en el consultorio.
Existen dos tipos de señalar. El primero es señalar para pedir: apunta a la galleta que está arriba porque quiere la galleta. Es útil, es comunicación, y muchos niños con autismo lo hacen sin problema.
El segundo es señalar para compartir, el gesto protodeclarativo: ve un avión en el cielo, lo señala y después te mira a ti. No quiere el avión. No puede tenerlo. Lo que quiere es que tú lo veas con él, que el momento sea de los dos. Ese gesto aparece típicamente entre los 12 y los 15 meses y es de los indicadores más predictivos que existen en el desarrollo temprano.
La diferencia parece sutil y no lo es. El primero usa a la persona como medio para conseguir un objeto. El segundo usa el objeto como excusa para conectar con la persona. Cuando un niño de 18 meses pide señalando pero nunca señala solo por compartir, ese dato pesa mucho más que su cantidad de palabras.
Y ojo con el detalle que se pasa por alto: no es solo el dedo, es el giro de cabeza posterior. Señalar sin mirarte después es la mitad del gesto. Cuando revises esto en casa, mira los ojos, no la mano.
Atención conjunta: el triángulo entre él, tú y el mundo
La atención conjunta es esa capacidad de compartir el foco de interés con otra persona, y es la cancha donde se juega todo lo anterior. Tiene dos direcciones:
- Responder: tú señalas algo y él sigue tu dedo, o mira hacia donde tú estás mirando.
- Iniciar: él busca tu atención para dirigirla hacia algo que le interesa.
Se comprueba fácil. Estando los dos juntos, señala algo llamativo al otro lado del cuarto y di «mira». Un niño de 14 o 15 meses debería mirar hacia allá, y no quedarse mirando tu dedo. Después observa, en un rato de juego, cuántas veces él te busca espontáneamente la cara para compartir algo bueno.
Un dato que confunde a muchas familias: el contacto visual puede estar presente y aun así ser un dato de alarma. Hay niños con autismo que miran a los ojos, y a veces mucho. Lo que suele fallar no es la cantidad de mirada, sino su uso: la mirada que no acompaña a la comunicación, que no llega en el momento de compartir, que no coordina con el gesto. «Sí me mira» no descarta nada. La pregunta es cuándo te mira y para qué.
Mostrar, traer y dar: los gestos que nadie anota
Entre los 12 y los 18 meses aparecen unos gestos muy concretos que en las consultas casi no se preguntan y que, cuando faltan, dicen bastante:
- Mostrar: levanta un juguete para que tú lo veas, sin dártelo.
- Traer: cruza la sala para llevarte algo y ponértelo en las manos.
- Dar para que le hagas algo: la cajita que no puede abrir.
- Decir chau con la mano, aplaudir, mandar besos, negar con la cabeza.
- Imitar lo que haces: barrer con la escoba, hablar por el celular, dar de comer al oso.
La imitación merece una mención aparte, porque su ausencia se nota poco y explica mucho. Los niños aprenden lenguaje copiando, y un niño que no copia gestos, ruidos ni acciones tiene cerrada una de las vías principales de entrada. Cuando en casa nadie recuerda haberlo visto imitar nada, ese dato vale tanto como la lista de palabras.
Lo mismo con el juego. Hacia los 18 o 24 meses aparece el juego simbólico: dar de comer a un muñeco, hacer que un bloque es un carro. Si a los dos años el juego consiste sobre todo en alinear, girar ruedas, abrir y cerrar, o repetir siempre la misma secuencia, eso forma parte del mismo cuadro que se describe en las primeras señales de autismo en niños pequeños.
Ecolalia: cuando repite, y por qué no siempre es mala señal
La ecolalia es repetir lo que otro dijo. Hay dos formas.
La inmediata es la que ocurre en el momento: tú preguntas «¿quieres agua?» y él responde «¿quieres agua?». La diferida aparece horas o días después, y suele consistir en frases enteras de dibujos animados, de videos o de comerciales, dichas con la entonación exacta del original.
Dos cosas hay que entender acá. La primera es que repetir un poco es parte del desarrollo normal del lenguaje entre el año y medio y los dos años y medio; todos los niños lo hacen un tiempo. La segunda es que, cuando persiste, no es un ruido que haya que eliminar: muchas veces es comunicación. El niño que dice «¿vamos al parque?» copiando exactamente el tono de la mamá está pidiendo ir al parque, con el único bloque de lenguaje que tiene disponible.
El error habitual es intentar suprimirla. Lo que se hace en cambio es aprovecharla: se le da el modelo que le hace falta, en primera persona y corto. Si él dice «¿quieres agua?» para pedir agua, tú respondes «agua» o «quiero agua», y le entregas el vaso. Con el tiempo esa frase prestada se convierte en frase propia. Esa lógica de trabajo está desarrollada en las estrategias para estimular el lenguaje en niños con TEA.
Lo que sí vale la pena mirar es qué proporción de su lenguaje es prestado y qué proporción es armado por él. Un niño de cuatro años cuyo lenguaje es casi todo guiones repetidos, sin frases nuevas, necesita evaluación aunque hable bastante.
La mano del adulto usada como herramienta
Es una escena muy característica: el niño quiere abrir la puerta, agarra la muñeca del papá, la lleva hasta la manija y la suelta ahí. En ningún momento le mira la cara.
Comunicativamente, lo que hizo fue tratar el brazo como si fuera un instrumento, del mismo modo en que usaría una silla para subirse. Falta la parte social: pedir algo a alguien, mirarlo, esperar su respuesta.
Compáralo con lo que hace un niño de la misma edad sin esta dificultad: te jala, te señala la puerta, te mira, hace un ruidito, vuelve a mirarte. Mismo objetivo, camino social completo.
No es una señal aislada que confirme nada por sí sola. Pero cuando aparece junto a la falta de gesto de señalar para compartir y a la poca respuesta al nombre, ese conjunto de tres es de los que más motiva una derivación temprana.
Perder lo que ya tenía, entre los 15 y los 24 meses
Este apartado es el único de todo el artículo que exige actuar sin esperar.
Hay un grupo de niños que se desarrolla aparentemente bien y después retrocede: decía cinco o seis palabras y las dejó de decir; hacía chau con la mano y ya no lo hace; miraba a la cara y ahora cuesta encontrarlo. Suele ocurrir entre los 15 y los 24 meses y a veces es muy gradual, tanto que los papás lo describen como «se puso más tímido» o «se metió en su mundo».
La pérdida de palabras o de gestos que ya estaban adquiridos nunca es normal, a ninguna edad, y no se vigila esperando. Se consulta. Es uno de los pocos motivos de derivación urgente en desarrollo infantil.
Ayuda muchísimo revisar los videos del celular de los meses anteriores. La memoria de los padres es mala para esto, entre otras cosas porque nadie quiere recordar una pérdida; los videos, en cambio, no negocian. Ponte a mirar los cumpleaños, las navidades y los paseos del año pasado y observa qué hacía entonces que ahora no hace.
Retraso de lenguaje o dificultad de comunicación social
La diferencia práctica entre los dos cuadros se resume así: en un retraso o trastorno del lenguaje, lo que falta son las palabras; en el autismo, lo que está afectado es el uso social de la comunicación, con o sin palabras.
Un niño con un trastorno del lenguaje que no habla igual se comunica: te jala, te muestra, te señala, gesticula, hace ruidos con intención, se frustra porque quiere que le entiendas. Busca a la gente. Juega con otros niños aunque no pueda conversar. Cuando aparecen las palabras, las usa para todo lo que ya venía haciendo con gestos.
En el autismo, la comunicación es menos social en sí misma: hay menos búsqueda del otro, menos compartir por el gusto de compartir, y la conversación cuesta incluso cuando el vocabulario es amplio. Un niño verbal puede hablar mucho de un tema propio, con vocabulario adulto, y aun así no sostener un ida y vuelta.
Y hay que decirlo con honestidad: los dos cuadros pueden coexistir, y en niños de dos años a veces no se puede distinguir con certeza en una sola consulta. Por eso los procesos serios incluyen observación en más de una sesión, información del nido y seguimiento en el tiempo, tal como se detalla en cómo se diagnostica el TEA. Que un profesional te diga «hay que volver a mirarlo en tres meses» no es indecisión ni es que te esté ocultando algo; es como se hace bien.
Qué hacer con una sospecha, esta semana
- Anota lo que ves, con ejemplos y fechas. No «no se comunica», sino «el martes quiso el jugo, me llevó la mano al refrigerador y no me miró». Los ejemplos concretos valen diez veces más que las impresiones.
- Revisa los videos del celular de los últimos seis y doce meses, buscando señalar, mirar a la cámara, responder al nombre e imitar.
- Pide la evaluación de audición. Primero eso, siempre, antes que cualquier otra hipótesis.
- Habla con el nido. La profesora ve a tu hijo entre otros veinte de su edad y suele notar cosas que en casa se diluyen.
- Consulta sin esperar si hay pérdida de palabras o gestos, si a los 12 meses no hay balbuceo ni gestos, si a los 18 no señala para compartir, o si a los 24 no dice frases de dos palabras.
- No esperes al colegio. «Cuando entre al nido se le va a pasar» es la frase que más meses hace perder. En nuestro consultorio de San Miguel las consultas por señales comunicativas se atienden sin necesidad de un diagnóstico previo, precisamente porque el valor está en llegar temprano.
Una última cosa para la mamá del video, y para cualquiera que esté leyendo esto con el estómago apretado. Buscar una evaluación no es ponerle una etiqueta a tu hijo ni cerrarle ninguna puerta. Es conseguir información para saber qué necesita, y hacerlo en la etapa en la que su cerebro está más disponible para aprender, algo que se explica bien en por qué la intervención temprana cambia el pronóstico. Las familias que consultan pronto rara vez se arrepienten; las que esperaron dos años, casi siempre dicen lo mismo cuando finalmente llegan: «yo lo sabía desde el año y medio».
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En el Centro Psicológico Nueva Mente atendemos de forma presencial en San Miguel, Lima, y también online por videollamada. Si algo de lo que leíste te resuena, escríbenos: la primera consulta sirve justamente para ordenar el panorama y saber qué tipo de acompañamiento necesitas.