Antes de que aparezcan las palabras hay que instalar la intención comunicativa. Este artículo explica cómo hacerlo en casa, con técnicas verificables y sin exigirle al niño que repita.
«Doctora, tiene tres años y medio y no dice ni papá. Entiende todo: si le digo que vamos al parque corre a buscar sus zapatillas. Pero no me habla.» Esa frase la escucho varias veces al mes, y casi siempre llega acompañada de una segunda: «en el nido me dijeron que espere, que ya va a hablar».
Si tu hijo tiene autismo y el lenguaje no aparece —o aparece a medias, con palabras sueltas que no usa para pedirte nada—, conviene entender algo antes de ponerse a trabajar: aquí el asunto no es solamente que le falten palabras. Es que el ida y vuelta sobre el que se apoyan las palabras no se instaló solo, como se instala en la mayoría de los niños. Por eso lo que funciona con un niño que simplemente habla tarde muchas veces no mueve nada, y los papás terminan agotados junto al vaso repitiendo «di agua, di agua, di agua».
Lo que sigue son técnicas que enseño a las familias para que las hagan en su cocina, en el micro, en la cola del mercado. No reemplazan a la terapia de lenguaje: la multiplican. Y si todavía estás en la etapa de dudar si hay algo que atender, el listado de señales de que tu hijo podría necesitar terapia de lenguaje te va a ordenar más que este texto.
Por qué en el autismo el lenguaje no arranca por donde uno cree
En el desarrollo habitual, las palabras llegan montadas sobre algo previo. Un bebé de nueve o diez meses mira a su mamá, sigue con los ojos hacia dónde ella mira, señala un perro y voltea para chequear si ella también lo vio. Ese chequeo —esa mirada de ida y vuelta— es atención conjunta: los dos están en lo mismo, al mismo tiempo, y los dos saben que lo están. Cuando la mamá dice «perro» en ese instante exacto, la palabra tiene dónde engancharse. El niño aprende cientos de palabras así, sin que nadie le enseñe nada formalmente, porque hay un lugar donde ponerlas.
En el autismo esa base es justamente el área que está afectada. El niño puede tener buena memoria, oído fino, incluso reconocer letras y números antes que otros. Pero si no está compartiendo la atención contigo, tus palabras pasan de largo: son sonido ambiente, como el claxon de la avenida. Ahí está el motivo por el que un niño con TEA a veces recita los planetas o los colores en inglés de un video y sin embargo no te pide agua. Recitar es una habilidad de memoria. Pedir es una habilidad social.
De eso se desprende la regla que ordena todo lo demás: no se trabaja la palabra, se trabaja la razón para usarla. Un niño que ya quiere pedirte cosas termina consiguiendo alguna forma de hacerlo —gesto, imagen, sonido, palabra—. Un niño que no quiere pedirte nada puede aprender a repetir cincuenta palabras y no usar ninguna cuando de verdad las necesita. Es la diferencia entre lenguaje y vocabulario.
Primero la intención comunicativa, después la forma
Intención comunicativa quiere decir que el niño se dirige a una persona a propósito para conseguir un efecto. Suena obvio, pero mira la diferencia. Un niño sin intención instalada, cuando quiere las galletas del estante, se sube a la silla, estira el brazo, hace fuerza, se frustra, llora. Nunca voltea a mirarte. Otro niño, con intención instalada aunque no diga una palabra, te jala de la mano, te lleva hasta el estante, te pone la mano encima de la galleta y te mira. Ese segundo niño ya está comunicando. Falta la forma, y la forma es lo fácil.
En consulta, cuando una familia me dice que no hay avance, lo primero que reviso no es cuántas palabras dice sino cuántas veces al día inicia algo hacia otra persona. Toma un papel y cuenta durante una tarde: cada vez que tu hijo te jale, te mire para pedir, te traiga un objeto, te ponga la mano, se ría contigo mirándote. Si el número es dos o tres en toda la tarde, ahí está el objetivo. Si el número es veinte, ya podemos trabajar palabras. Esa cuenta, hecha una vez por semana, es un indicador mucho más honesto que la lista de palabras nuevas.
Hay un detalle importante que casi nunca se dice: la comunicación tiene tres funciones, no una. Pedir, rechazar y compartir. Muchos niños con TEA aprenden a pedir bastante bien y se quedan estancados ahí, porque pedir tiene premio inmediato. Compartir —traerte algo solo para que lo veas, sin querer nada a cambio— es lo que más cuesta y lo que más vale. Cuando tu hijo empieza a traerte el carrito solo para mostrarte que la rueda gira, aunque no diga nada, celébralo más que una palabra nueva.
Cómo crear necesidad de comunicar en tu propia cocina
Este es el punto donde se juega casi todo, y es incómodo, porque va contra el instinto de cualquier madre: si tu hijo tiene todo resuelto antes de pedirlo, no tiene ningún motivo para comunicarse. Cuando la mamá deja el vaso servido, las galletas al alcance, la tablet cargada y el juguete favorito en el piso de la sala, la casa funciona en silencio. Y el silencio es exactamente el problema.
Qué hacer, concretamente, mañana por la mañana:
- A la vista, fuera de alcance. Las cosas que más le gustan van al estante de arriba, en un envase transparente, o dentro de una caja con tapa que él no pueda abrir solo. Las ve, las quiere, no las alcanza. Tú eres la única vía. Eso te convierte en herramienta y ese es el punto de partida.
- Porciones pequeñas. Si le encantan las uvas, no le pongas un plato con veinte. Dale dos. Vas a generar diez oportunidades de pedir en lugar de una.
- Envases difíciles. El yogur cerrado, la bolsa de galletas sellada, el frasco de burbujas con la tapa bien puesta. Se lo das cerrado y esperas. No lo abras hasta que haya un intento de comunicación hacia ti: una mirada, un sonido, la mano puesta sobre la tuya.
- Una pieza que falta. Le das el rompecabezas sin la última pieza, el carro sin la rampa, el juego de bloques con la mitad. La pieza que falta la tienes tú, en la mano, a la vista.
Y después está lo que llamo el sabotaje amable de las rutinas. Las rutinas que tu hijo conoce de memoria son una oportunidad de oro porque él sabe qué viene después y nota cuando falta algo. Le sirves cereal sin leche. Le pones el zapato en la mano equivocada. Al ponerle la casaca, le dejas una manga sin meter. Le cierras la puerta del cuarto cuando siempre está abierta. Empiezas la canción de siempre y te callas en la mitad. Cada sabotaje abre un hueco, y en ese hueco cabe una comunicación.
Dos advertencias, porque esto se puede hacer mal. Primero: amable significa que no se sabotea nada que le genere angustia real ni se hace con cosas que él necesita ya —el baño urgente, el agua cuando tiene sed de verdad, el sueño—. Segundo: cuando comunica, la respuesta es inmediata y generosa. Comunicó, obtuvo. Si comunica y todavía le pides tres cosas más antes de dárselo, le estás enseñando que comunicar no sirve.
Pausa expectante, rutinas con cierre y canciones con hueco
La pausa expectante es la técnica más barata y la que peor hacemos los adultos, porque los adultos no toleramos el silencio. Consiste en esto: preparas la situación, te pones a la altura de sus ojos, con cara de expectativa —cejas arriba, boca entreabierta, el objeto en la mano— y te callas. Cuentas hasta diez por dentro. Diez segundos son eternos, vas a sentir la tentación de repetir la pregunta a los tres. No la repitas. Un niño con autismo suele necesitar más tiempo de procesamiento, y cada vez que llenas ese silencio con otra palabra reinicias el reloj y él tiene que empezar a procesar de nuevo.
Las rutinas sociales con cierre predecible son el otro caballo de batalla. Son secuencias cortas, físicas, divertidas, que terminan siempre igual: lo levantas y dices «uno, dos y… ¡tres!» y lo lanzas hacia arriba. Le haces cosquillas y anuncias «viene la arañita… ¡te pillé!». Lo empujas en el columpio del parque de la esquina diciendo «preparados, listos… ¡ya!». Cuando la secuencia ya está aprendida —después de muchas repeticiones, no de tres— haces la pausa justo antes del cierre. Dices «uno, dos y…» y te quedas quieto, mirándolo. Ahí, muchos niños producen su primer sonido intencional: un «aaa», un «eee», un gesto de empuje. Eso es lenguaje, aunque no sea una palabra del diccionario.
Las canciones funcionan igual y tienen ventaja: la melodía sostiene la memoria. Elige dos o tres canciones cortas, cántalas siempre con la misma letra y los mismos gestos, y cuando estén instaladas quita la última palabra de cada verso. «Un elefante se balanceaba sobre la tela de una…» y silencio. Al principio la completas tú después de esperar. Con el tiempo, la completa él.
Modelar sin exigir repetición y expandir de una palabra a dos
Modelar es decir la palabra en el momento exacto en que él está haciendo o queriendo eso, sin pedirle que la repita. Él estira la mano hacia el jugo, tú dices «jugo» con voz clara y se lo das. No «di jugo». No «¿cómo se dice?». No «primero dilo». Solo «jugo», y el jugo.
Esto choca de frente con lo que casi todos hacemos por instinto, así que vale explicar el mecanismo. Cuando exiges la palabra antes de entregar el objeto, conviertes un momento de placer en un examen. El niño con autismo, que además tolera mal la presión social, aprende que acercarse a pedir trae interrogatorio. Muchos dejan de pedir. He visto niños que retrocedieron durante meses solo por eso. Y hay algo más de fondo: el habla se construye escuchando la palabra asociada mil veces a la experiencia, no produciéndola bajo presión.
Cómo modelar bien:
- Una o dos palabras, no frases. Si él no dice nada, tú dices «abre», «más», «arriba», «pelota». Si él dice una palabra, tú dices dos: un paso por encima de él, no cinco.
- Nombra la acción, no solo el objeto. Los verbos y las palabras de función —más, otra, abre, cae, se fue, mío— sirven en cien situaciones distintas. «Pelota» sirve en una. Un niño con veinte sustantivos y ningún verbo no puede armar nada.
- Expande sin corregir. Él dice «gua». Tú no dices «no, se dice agua». Tú dices «agua… más agua» y le sirves. Él dice «carro». Tú dices «carro grande» o «carro corre». Recoges lo que trajo y le agregas una pieza.
- Repite el mismo formato durante semanas. Al principio la repetición idéntica es lo que hace que la palabra se pegue.
Una aclaración: cómo le das instrucciones, cómo anuncias los cambios y qué haces cuando no responde son un terreno distinto y decisivo, con reglas propias; lo desarrollé aparte en cómo mejorar la comunicación con un niño autista.
Imágenes, pictogramas y tableros: por qué no retrasan el habla
Casi todas las semanas alguien me dice alguna versión de esto: «si le doy las imágenes, se va a acomodar y ya no va a hacer el esfuerzo de hablar». Entiendo el miedo y hay que decirlo claro: la evidencia acumulada apunta en la dirección contraria. Los apoyos visuales y los sistemas de comunicación aumentativa no frenan el habla; en la mayoría de los casos la favorecen, y en muchos niños las primeras palabras aparecen después de meses usando imágenes, no antes.
El mecanismo tiene sentido si lo piensas un momento. Un niño que se comunica con imágenes está aprendiendo lo importante: que existe un objeto —la tarjeta— que uno entrega a una persona y que produce un resultado. Eso es exactamente el concepto de símbolo, que es el concepto que sostiene la palabra. Además baja la frustración, y un niño menos frustrado está más disponible para aprender. Y hay un detalle práctico: cada vez que él te entrega una tarjeta, tú dices la palabra en voz alta. Está escuchando el modelo mil veces en el contexto perfecto.
Cómo empezar en casa, mientras consigues cita con la fonoaudióloga o terapeuta de lenguaje:
- Elige una sola cosa que a tu hijo le guste mucho y que no tenga a mano: su galleta favorita, las burbujas, el video de siempre.
- Toma una foto real de eso —foto, no dibujo, al principio—, imprímela del tamaño de una tarjeta y plastifícala o pégala en cartón.
- Coloca la tarjeta sobre la mesa, con la galleta a la vista y fuera de alcance. Cuando él se estire hacia la galleta, una segunda persona detrás de él le guía la mano para tomar la tarjeta y ponerla en tu mano abierta.
- En cuanto la tarjeta toca tu mano: dices «galleta» y entregas la galleta. Sin demora, sin pedir nada más.
- Repites muchas veces al día, retirando la ayuda física poco a poco. Cuando ya la entrega solo, agregas una segunda tarjeta, y luego una tercera.
Ese arranque casero funciona para varias familias, pero conviene que un profesional lo estructure y decida si corresponde ampliarlo a un tablero, a un cuaderno de comunicación o a una aplicación en tablet. Cuáles son los abordajes con respaldo y cómo se combinan lo verás en el mapa de qué terapias ayudan a los niños con autismo.
La ecolalia tiene función: no se corrige, se aprovecha
La ecolalia es repetir. Puede ser inmediata —le preguntas «¿quieres jugo?» y responde «¿quieres jugo?»— o diferida: frases enteras de dibujos animados, de comerciales, del profesor, que aparecen horas o días después. Muchos padres llegan pidiendo que la quitemos, porque les parece que el niño «habla como robot».
No se quita, y por una razón: la ecolalia casi siempre cumple una función. A veces es una forma de participar en la conversación cuando no tienes recursos propios: repetir es una manera de decir «estoy aquí, sigo contigo». A veces es autorregulación, un sonido conocido que calma en un momento de tensión. A veces es memoria de trabajo funcionando en voz alta mientras procesa. Y muchas veces, la ecolalia diferida es lenguaje con significado que el niño no sabe reformular. El niño que repite «se acabó el recreo» cada vez que quiere que algo termine no está delirando: está usando la única frase que tiene para ese concepto.
Qué hacer, entonces. Escucha la frase repetida como un mensaje y pregúntate qué está pidiendo. Si repite «¿quieres jugo?» mientras señala el vaso, quiere jugo: tú respondes modelando la forma correcta, «quiero jugo», y le sirves. Si dice la frase del dibujo animado siempre en el mismo tipo de momento, anota cuál es ese momento; ahí tienes su significado. Y usa la ecolalia como puente: las frases que ya sabe repetir bien son excelentes bases para variarlas —si repite perfecto «vamos a la casa», puedes trabajar «vamos al parque», «vamos a la tienda»—. Lo que sí conviene reducir es la ecolalia de pantallas sin contexto, y eso se logra bajando el consumo de video, no corrigiendo la frase.
Cinco errores que veo casi todas las semanas
- Preguntar demasiado. «¿Qué es esto? ¿De qué color es? ¿Cuántos hay? ¿Cómo se llama?» El niño se cierra. Cambia preguntas por comentarios: en lugar de «¿qué es esto?», di «un tren… el tren corre». Una buena proporción es cuatro comentarios por cada pregunta.
- Adelantarse. Le sirves antes de que tenga sed, le pones el video antes de que lo busque, le acomodas el juguete antes de que se frustre. Es amor, pero le quita el trabajo. Aprende a esperar tres segundos más de lo que te resulta cómodo.
- Exigir la palabra como peaje. «Di agua y te doy.» Ya vimos por qué no: convierte el pedido en examen y muchos niños dejan de pedir.
- Usar pantallas como fuente de lenguaje. Los videos no enseñan a conversar porque no responden. Una pantalla puede darle vocabulario suelto y ecolalia; no le va a dar intención comunicativa. Si tu hijo pasa varias horas diarias con videos, reducir eso y reemplazarlo por diez minutos de juego cara a cara suele producir más cambio que cualquier técnica de esta lista.
- Hacer sesiones de media hora y nada el resto del día. Esto no se trabaja en bloques, se trabaja en momentos de treinta segundos, veinte veces al día: el vaso, el zapato, la puerta, el ascensor, la cola del mercado.
«Llevamos meses así»: qué mirar y cuándo pedir ayuda
Es la pregunta que más duele y merece una respuesta honesta. No, nadie puede prometerte que tu hijo va a hablar, ni cuándo. Lo que sí sabemos es que la mayoría de los niños con autismo desarrollan alguna forma funcional de comunicación cuando se trabaja de manera sostenida y temprana, y que esa forma no siempre es el habla oral: puede ser habla, puede ser un tablero, puede ser una combinación. Un niño que se comunica con imágenes y con veinte palabras tiene una vida mucho más ancha que un niño que no se comunica. Ese es el objetivo real.
Mientras esperas palabras, mide estas otras cosas cada mes, porque son las que se mueven primero y las que anuncian que vas bien:
- Cuántas veces al día inicia contacto hacia una persona.
- Cuánto tiempo se mantiene en una actividad contigo cara a cara.
- Si aparecieron gestos nuevos: señalar, jalar de la mano, dar, mostrar, negar con la cabeza.
- Si su repertorio de sonidos creció, aunque no sean palabras.
- Si empezó a compartir, no solo a pedir.
- Si hay menos frustración y menos llanto por no poder explicarse.
Cuándo conviene no seguir sola: si tu hijo tiene más de dieciocho meses y no señala para compartir; si pasaron seis semanas de trabajo constante en casa sin ningún cambio en la lista de arriba; si perdió palabras o gestos que ya tenía —esa es la señal que nunca se espera y amerita consulta pronta—; o si el esfuerzo diario está desbordando a la familia. En el Centro Psicológico Nueva Mente, en San Miguel, se puede solicitar una evaluación del lenguaje y la comunicación para armar un plan concreto y enseñarte a sostenerlo en casa.
Y si en tu casa hay además dificultad para parar, atención que salta de un lado a otro y mucha inquietud motora, el trabajo se ordena distinto: eso lo desarrollé en cómo apoyar a tu hijo con TEA y TDAH desde casa. Empieza por una sola técnica de este artículo. Una, en una rutina, durante dos semanas. Es mucho más de lo que parece.
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En el Centro Psicológico Nueva Mente atendemos de forma presencial en San Miguel, Lima, y también online por videollamada. Si algo de lo que leíste te resuena, escríbenos: la primera consulta sirve justamente para ordenar el panorama y saber qué tipo de acompañamiento necesitas.