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Mi hijo tiene 2 años y todavía no habla: ¿debo preocuparme?

Mi hijo tiene 2 años y todavía no habla: ¿debo preocuparme?

A los dos años lo decisivo no es solo cuántas palabras dice, sino si además comprende, señala, imita y comparte la mirada: eso separa al hablador tardío del niño que necesita evaluación ya.

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En el control de los dos años, la pediatra pregunta cuántas palabras dice. La mamá de Luciana piensa un momento y responde: «Dice mamá, papá, agua y "ata" para el gato. Como cinco». La pediatra anota, comenta que cada niño tiene su ritmo y que lo revisen en el control siguiente. Salen del consultorio más tranquilos y con una duda que no se les va del todo.

Esa duda está bien puesta. Los dos años son el punto en el que el desarrollo del lenguaje deja de admitir respuestas vagas, porque a esta edad ya existen criterios bastante concretos y porque es el momento en que el mismo trabajo rinde mucho más que dos años después.

Acá vas a encontrar tres cosas: qué se espera exactamente a los 24 meses, cómo contar lo que tu hijo dice sin engañarte, y la distinción que decide todo lo demás. Detrás de la frase «tiene dos años y no habla» hay dos niños muy distintos. Con uno tiene sentido esperar vigilando de cerca; con el otro, no.

Qué se espera exactamente a los 24 meses

Los números que siguen no son metas de rendimiento. Son los puntos de corte que se usan en consulta para decidir si hace falta mirar más de cerca.

  • Alrededor de cincuenta palabras distintas. Cincuenta es el piso, no el promedio. Muchos niños de dos años andan por las doscientas o trescientas. Cuentan las palabras que no suenan perfecto, siempre que signifiquen siempre lo mismo: si «aba» es agua todos los días, es una palabra.
  • Combinar dos palabras de forma espontánea. «Más pan», «mamá vamos», «no quiero», «papá auto». Este es el hito clave de los dos años, y tiene que ser una combinación que él arme, no una frase aprendida de memoria como «hola cómo estás».
  • Usar el lenguaje para varias cosas, no solo para pedir: rechazar, comentar algo que ve, llamar tu atención hacia un objeto, saludar, protestar.
  • Que un extraño le entienda aproximadamente la mitad de lo que dice.
  • Comprensión bastante por delante: sigue instrucciones sencillas de dos pasos, señala partes del cuerpo, reconoce objetos en un libro cuando se los nombras, entiende preguntas simples.
  • Gestos y juego que acompañan: señala para mostrarte cosas, te lleva de la mano y también apunta, imita lo que haces, hace juego simbólico simple (dar de comer a un muñeco, pasar la escoba como tú).

Si tu hijo cumple casi todo esto y solo tiene menos palabras de las que quisieras, estás en un escenario. Si falla la comprensión, el señalar o el juego, estás en otro. Los hitos completos del primer y segundo año, con sus rangos reales, están desarrollados mes a mes en otro artículo y conviene revisarlos antes de sacar conclusiones.

Cómo contar sus palabras sin engañarte

«Habla un montón» es una de las frases que menos información aporta en una primera cita, y no por mala fe: los papás confunden cantidad de sonido con cantidad de palabras. Un niño que repite tres palabras todo el día parece hablador.

Haz esto durante tres días: una hoja en la refrigeradora y un lapicero al lado. Cada vez que le escuches una palabra que no esté en la lista, la anotas. Solo las distintas, sin repetir. Reglas para que el conteo sirva de algo:

  1. Cuenta las aproximaciones, si son estables. «Tete» por leche vale. «Pa» por pan vale si siempre es pan.
  2. No cuentes la imitación inmediata. Si tú dices «perro» y él repite «perro» y nunca más lo usa solo, eso no es vocabulario.
  3. Cuenta los sonidos con función: «guau» por perro, «brum» por carro, «ay» cuando algo duele. A esta edad cuentan como palabras.
  4. No cuentes «mamá» y «papá» tres veces con distintas entonaciones.
  5. Pide la lista a quien más lo cuida, aunque sea la abuela o la señora que lo ve en las tardes. Suelen aparecer diez palabras que en casa nadie había registrado.

Al tercer día vas a tener un número. Y ese número, aunque te asuste, es lo más útil que puedes llevar a una consulta. Es la diferencia entre «creo que habla poco» y «tiene diecinueve palabras y ninguna combinación».

El hablador tardío: cuando lo único que falta son palabras

Existe un perfil bien descrito: el niño de veinticuatro meses con vocabulario expresivo por debajo de lo esperado y todo lo demás intacto. Se llama hablador tardío, y no es un diagnóstico ni una enfermedad; es una descripción.

Cómo se ve en casa:

  • Entiende todo lo que le dices, incluso cosas que no forman parte de la rutina.
  • Señala, y no solo para pedir: también para mostrarte el avión en el cielo, y gira la cara para comprobar que tú también lo estás mirando.
  • Te trae objetos, te los pone en la mano, te lleva a la ventana.
  • Imita gestos, sonidos, acciones nuevas.
  • Juega con otros niños a su manera, se interesa por ellos.
  • Se comunica mucho, aunque sea sin palabras: gruñe, jala, señala, gesticula, y se hace entender bastante bien.
  • Responde a su nombre siempre, no solo cuando le conviene.

Una buena parte de estos niños alcanza al grupo entre los tres y los cuatro años, con o sin ayuda. Ahora, acá viene la parte honesta que casi nunca se dice: no existe forma de saber de antemano cuál de ellos va a alcanzar solo y cuál no. Los factores que empeoran algo el panorama son tener también la comprensión justa, pocos gestos, antecedentes familiares de dificultades de lenguaje y otitis de repetición, pero ninguno de ellos decide el caso.

Por eso, en un hablador tardío, la respuesta razonable no es «esperemos» ni «terapia ya». Es espera vigilada de verdad: control cada dos o tres meses, con la lista de palabras contada, con audición revisada y con estimulación específica en casa. Si en tres meses el vocabulario no se movió o si no aparecen las combinaciones, se pasa a evaluación. Las razones por las que unos niños tardan más que otros ayudan a entender ese panorama sin quedarse tranquilo de más.

Las señales que cambian el cuadro por completo

Cuando además de hablar poco aparece cualquiera de estas, ya no estamos ante un hablador tardío y la espera deja de tener sentido:

  • No comprende lo que se le dice sin gesto, sin señalar y fuera del contexto habitual.
  • No señala, ni para pedir ni, sobre todo, para compartir algo que le llamó la atención.
  • No comparte la mirada. No busca tu cara para ver tu reacción, no mira lo que tú miras.
  • No imita. Ni gestos, ni sonidos, ni acciones nuevas.
  • No responde a su nombre de forma consistente, aunque escuche perfectamente el abrir de una bolsa de galletas en otro cuarto.
  • Perdió palabras o gestos que ya tenía. Esta no admite espera de ningún tipo, a ninguna edad.
  • El juego es repetitivo: alinear, girar ruedas, encender y apagar, siempre el mismo objeto, sin juego simbólico.
  • No busca a otros niños ni parece registrar que están.

Hay una comprobación de comprensión que vale más que veinte impresiones. Estando tú sentada, sin señalar, sin mirar hacia el objeto y fuera del momento de rutina, pídele algo que esté en otro lugar: «tráeme tu zapato». Si no ocurre nada, no es que no te haga caso; es que probablemente estaba leyendo el gesto y el contexto, no las palabras.

Varias de las señales de esta lista se solapan con las primeras señales de autismo en niños pequeños, y por eso conviene decirlo con claridad: que aparezcan no significa que tu hijo tenga autismo. Significa que el motivo de consulta ya no es solamente el lenguaje y que la evaluación tiene que ser más amplia. Es exactamente la situación en la que apurar la cita cambia el resultado.

Por qué la espera vigilada sirve en un caso y en el otro no

Acá está el núcleo del artículo, así que conviene decirlo despacio. «Esperar» y «espera vigilada» suenan parecido y son cosas opuestas.

Esperar es no hacer nada y volver a mirar el problema cuando ya no se pueda ignorar, normalmente en el control de los tres o cuatro años. Nadie mide, nadie anota, y la decisión se toma con la impresión que quede ese día.

La espera vigilada es un plan con fechas: audición revisada, lista de palabras contada hoy y otra vez en dos meses, dos o tres estrategias específicas en casa, y un criterio escrito de en qué punto se pasa a evaluación. Se está haciendo algo, y sobre todo se está midiendo.

Con un hablador tardío que comprende bien, señala, imita y juega, la espera vigilada es una decisión clínica correcta y no una excusa. Con un niño que además tiene alguna de las señales del apartado anterior, no lo es: ahí lo que se está vigilando ya no es solo el vocabulario, y la evaluación no puede depender de si en tres meses aparecen diez palabras más.

Hay una forma sencilla de saber en cuál de las dos estás. Si no puedes decir en una frase cuándo vas a volver a mirar esto y qué te haría cambiar de conducta, no estás en espera vigilada; estás esperando.

«Ya hablará, su primo habló a los cuatro y ahora es abogado»

La frase circula en todas las familias y tiene tres problemas.

El primero es el sesgo de lo que se cuenta. En las reuniones se recuerdan los casos que salieron bien, porque son los que hacen buena historia. Nadie menciona en el almuerzo del domingo al sobrino que terminó con dificultades de lectura en tercero de primaria y con apoyo psicopedagógico.

El segundo es que el primo que habló a los cuatro casi nunca es el caso que te están vendiendo. Cuando se pregunta con detalle, resulta que hablaba con frases a los tres, o que sí decía palabras y la familia recuerda mal, o que efectivamente estuvo en terapia y eso se omitió.

El tercero, y el más importante: aunque la mayoría alcance, el costo de equivocarse no es simétrico. Si empiezas a estimular y a hacer seguimiento a un niño que iba a alcanzar solo, no pierdes nada; ganas unos meses y una familia más tranquila. Si esperas dos años con un niño que necesitaba ayuda, pierdes justamente el periodo en que el cerebro está más disponible para el lenguaje. Ante la duda a los dos años, el error barato es consultar y el error caro es esperar.

La variante peruana de este mito es «lo malcrían, le adivinan todo». Que la familia se anticipe a sus pedidos no causa un trastorno del lenguaje, aunque sí puede quitarle oportunidades de practicar. Es un factor que ajustar, no una explicación.

A quién consultar primero y en qué orden

El orden importa, porque consultar en desorden hace perder meses.

  1. Audición, siempre y primero. No un tamizaje del colegio ni «escucha bien porque viene cuando abro el yogurt». Una evaluación audiológica en regla. La causa más frecuente y más silenciosa de retraso de lenguaje en un niño de dos años es el líquido en el oído medio después de otitis repetidas: no duele, no da fiebre, y hace que escuche como debajo del agua durante meses.
  2. Pediatra, para revisar el desarrollo global, los antecedentes de otitis, la prematuridad y todo lo demás.
  3. Evaluación de lenguaje con fonoaudióloga o terapeuta de lenguaje, que es quien va a poner número al vocabulario, a la comprensión y al nivel de juego.
  4. Evaluación del desarrollo con psicología si aparecieron señales de la lista anterior, para mirar comunicación social, juego y conducta.

En nuestro consultorio de San Miguel, la terapia de lenguaje para niños a esta edad casi nunca empieza el mismo día de la primera cita: primero se evalúa, se pide la audiometría si no está hecha, y recién con esos datos se decide entre seguimiento y tratamiento. Desconfía de quien te ofrezca sesiones antes de haber evaluado.

Qué se hace en casa mientras tanto

Esto no reemplaza nada, pero es lo que más horas suma y lo que sostiene cualquier terapia posterior. Cinco cosas que funcionan:

  • Espera en silencio. Es la más difícil y la más efectiva. Después de preguntarle algo o de mostrarle algo, cuenta hasta diez por dentro sin decir nada, mirándolo con cara de expectativa. Los adultos llenamos el silencio en dos segundos y le sacamos el turno.
  • Da opciones en vez de preguntas de sí o no. «¿Quieres manzana o plátano?» le da dos palabras para usar. «¿Quieres fruta?» se responde con un movimiento de cabeza.
  • Nombra lo que él está mirando, no lo que tú quieres enseñarle. El vocabulario se pega cuando la palabra llega en el momento exacto en que su atención ya estaba ahí.
  • Expande lo que dice. Él dice «agua», tú devuelves «quieres agua» o «agua fría». Una palabra más que la suya, no cinco.
  • Sabotaje amable. Deja su vaso a la vista pero fuera de alcance, dale la lonchera cerrada, sirve una cantidad muy chica. No para frustrarlo, sino para crear la necesidad de pedir. Diez segundos de espera, y si no hay pedido, se lo das igual.

Y lo que no ayuda: hacerlo repetir palabras a pedido, corregirle la pronunciación de frente, hablarle todo el día en diminutivo, y las pantallas como fuente de lenguaje. Un video no responde, y el lenguaje se aprende en el ida y vuelta con alguien. Hay una lista larga de juegos que caben dentro de la rutina que ya tienes, sin convertir la casa en una consulta.

Tu plan para las próximas dos semanas

Concreto y en este orden:

  1. Cuenta las palabras durante tres días, con la hoja en la refrigeradora y con el aporte de todos los que lo cuidan.
  2. Marca sí o no en las señales de alarma: comprensión, señalar, mirada compartida, imitación, respuesta al nombre, pérdida de palabras, juego.
  3. Graba dos minutos de juego con el celular, sin pedirle que diga nada. Es la mejor foto del punto de partida y le sirve a cualquier profesional.
  4. Pide la cita de audiología esta semana, no la próxima.
  5. Elige dos de las estrategias de casa y sostenlas de verdad durante quince días. Dos, no cinco.
  6. Agenda la evaluación de lenguaje si tiene menos de cincuenta palabras, si no combina dos, o si marcaste cualquier señal de alarma.

Si al final de esas dos semanas todo apunta a un hablador tardío, tienes un plan de seguimiento y no una espera a ciegas. Y si en un año la historia sigue igual, a los tres años el criterio cambia y ya no corresponde seguir mirando.

Una cosa más, para la culpa que suele venir con este tema. Que un niño de dos años hable poco no dice nada sobre su inteligencia ni sobre lo que ustedes hicieron en casa. Tampoco te obliga a convertir cada minuto del día en un ejercicio. Lo único que te pide es que no cambies la pregunta «¿debo preocuparme?» por «mejor no averiguo». Averiguar a los dos años es barato. Averiguar a los cinco, no tanto.

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