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¿A qué edad debería empezar a hablar un niño?

¿A qué edad debería empezar a hablar un niño?

El desarrollo del lenguaje ocurre en ventanas amplias y no en fechas exactas, pero el orden de los pasos es fijo: por eso los gestos y la comprensión anticipan más que la edad de la primera palabra.

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En el almuerzo del domingo hay dos primos de la misma edad, un año y medio los dos. Uno dice diez o doce palabras y las repite todo el rato. El otro dice tres y se comunica jalando de la mano. Alguien lo comenta en voz alta, la mamá del segundo sonríe, y esa noche está buscando en el celular a qué edad debería estar hablando su hijo.

Esa búsqueda casi siempre devuelve una cifra: «al año dice su primera palabra». Y esa cifra, dicha sin rango, hace más daño que bien. El desarrollo del lenguaje no ocurre en fechas, ocurre en ventanas, y las ventanas son anchas. Hay niños que dicen su primera palabra a los diez meses y otros a los quince, y los dos están dentro de lo esperado.

Lo que sí es cerrado es el orden. Los pasos vienen siempre en la misma secuencia, y por eso el dato útil no es «a qué edad dijo mamá», sino si están apareciendo los pasos previos. Un niño que aún no balbucea con consonantes no está a punto de hablar, tenga la edad que tenga. Vamos por partes, con las edades reales y sus rangos.

De 0 a 6 meses: la voz como juguete

Mucho antes de la primera palabra ya se está construyendo el lenguaje, y esta etapa se pasa por alto porque no hay nada que parezca habla.

  • Primeras semanas. El llanto se diferencia: no suena igual el de hambre que el de incomodidad. Se calma con la voz conocida y se sobresalta con un ruido fuerte.
  • Entre las 6 y las 10 semanas. Aparece la sonrisa social: sonríe mirándote a los ojos, en respuesta a tu cara, no dormido ni por gases. Es el primer intercambio comunicativo real de la vida.
  • Entre los 2 y los 4 meses. Gorjeos y arrullos: sonidos vocálicos largos, «aaa», «eee», «aggu». Empieza a hacerlos cuando le hablas y a callarse cuando tú hablas. Eso ya es un turno de conversación.
  • Alrededor de los 3 o 4 meses. Ríe a carcajadas. Gira la cabeza buscando de dónde viene un sonido.
  • Entre los 4 y los 6 meses. Juego vocal: chilla, sopla, hace pedorretas, prueba tonos. Reacciona distinto a un tono cariñoso que a uno enojado.

Lo que hay que vigilar acá es más auditivo que verbal: que se oriente hacia los sonidos y que vocalice. Un bebé que a los seis meses está muy silencioso merece una revisión de audición, aunque haya pasado el tamizaje al nacer.

De 6 a 12 meses: el balbuceo, el nombre y el gesto que más predice

Este semestre es el más informativo de todo el primer año.

  • Entre los 6 y los 10 meses aparece el balbuceo canónico: sílabas repetidas con consonante y vocal, «ba-ba-ba», «da-da-da», «ma-ma-ma». Todavía no significan nada, y no importa. Lo que importa es que la boca esté ensayando. Si a los 10 meses no hay ninguna consonante en sus vocalizaciones, eso sí es motivo de consulta.
  • Entre los 9 y los 12 meses responde a su nombre girando la cabeza, de forma consistente y no solo cuando le conviene. Entiende «no» y «ven». Aparece el juego social: taparse la cara, dar y quitar, hacer chocar dos objetos.
  • Entre los 9 y los 14 meses aparecen los gestos, y acá está el hito que menos se mira y más predice: señalar. Primero para pedir, extendiendo el dedo hacia lo que quiere. Y después, el importante de verdad: señalar para compartir, apuntando a un perro en la calle y girando la cara hacia ti para comprobar que tú también lo estás mirando. Ese gesto, que no tiene ni una palabra dentro, anticipa el lenguaje mejor que cualquier otra cosa a esta edad.
  • También hacia el año: decir adiós con la mano, aplaudir, dar besos, negar con la cabeza, extender los brazos para que lo carguen, entregarte un objeto para que lo abras.

Un niño de doce meses con muchos gestos y pocas palabras tiene un panorama muy distinto al de uno con pocas palabras y ningún gesto. Los gestos son lenguaje, aunque no suenen.

Las primeras palabras: hacia los 12 meses, con rango honesto

La primera palabra con intención aparece habitualmente entre los 10 y los 15 meses, con la mediana cerca de los 12. Con intención quiere decir que la usa para referirse a algo, siempre igual, no que la diga una vez de casualidad. Y no tiene que sonar perfecta: «aba» por agua es una palabra si siempre significa agua.

Suelen ser gente («mamá», «papá»), comida, animales, «más», «no», «chau». Casi nunca son las palabras que la familia estaba esperando.

Después de la primera, el ritmo es lento durante varios meses. Es normal:

  • A los 12 meses: de una a tres palabras, además del balbuceo con entonación de frase.
  • A los 15 meses: alrededor de diez palabras, con un rango amplio que va de tres a veinte. Sigue una orden simple acompañada de gesto.
  • A los 18 meses: entre veinte y cincuenta palabras en la mayoría de los casos. Sigue órdenes simples ya sin gesto («dame el zapato»). Señala partes del cuerpo y objetos en un libro cuando se los nombras.

Si a los 16 meses no hay ninguna palabra, no hay que esperar más: se consulta.

De 18 a 24 meses: la explosión de vocabulario y las dos palabras juntas

Entre los 18 y los 24 meses ocurre lo que se conoce como explosión de vocabulario. El niño pasa de sumar palabras de a poquito a incorporar varias por día, a veces con una sola exposición. Los papás lo describen igual siempre: «de un mes a otro se soltó».

Lo esperable a los 24 meses:

  • Al menos unas cincuenta palabras distintas. Muchos niños tienen bastantes más, pero cincuenta es el piso.
  • Combinar dos palabras de forma espontánea, no aprendidas de memoria: «más pan», «mamá vamos», «no quiero», «papá auto». Este es el hito clave de los dos años.
  • Usar el lenguaje para varias cosas: pedir, rechazar, comentar, llamar la atención sobre algo.
  • Un extraño le entiende aproximadamente la mitad de lo que dice.
  • Entiende mucho más de lo que habla: sigue instrucciones de dos pasos sencillas, señala varias partes del cuerpo, reconoce objetos y personas por su nombre.

Quedarse por debajo de esos cincuenta y sin combinaciones a los dos años tiene un nombre y un manejo específicos, con una diferencia grande entre el niño que solo tiene poco vocabulario y el que además muestra otras señales; ese cruce está desarrollado aparte y conviene leerlo entero si es tu caso.

De 2 a 4 años: frases, preguntas y hacerse entender por un extraño

Acá el lenguaje deja de ser una lista de palabras y se vuelve un sistema.

Entre los 2 y los 3 años: frases de dos y luego de tres elementos. Aparecen los artículos y los primeros plurales. Empieza a usar «mío», «yo». Preguntas de «¿qué es?» y «¿dónde está?». El vocabulario pasa de unas doscientas a varios cientos de palabras y ya nadie las cuenta.

A los 3 años, lo esperable es bastante concreto:

  • Frases de tres a cuatro palabras, con verbos conjugados aunque con errores.
  • Hace preguntas de verdad, incluidas las de «por qué», que a esa edad empiezan a ser incansables.
  • Cuenta algo que pasó en otro momento, de manera simple: «fuimos parque, me caí».
  • Un extraño le entiende alrededor de tres de cada cuatro palabras.
  • Entiende conceptos como grande/chico, dentro/fuera, uno/muchos.

Entre los 3 y los 4 años: narra con inicio y final, usa pasado y futuro, mantiene una conversación de varios turnos sobre un tema, pregunta el significado de palabras nuevas. A los 4 debería entendérsele prácticamente todo, aunque queden errores con la /r/ vibrante y con grupos como «pl», «tr» o «br», que se terminan de acomodar hacia los 5 o 6 años.

Si a los tres años tu hijo sigue en palabras sueltas o solo tú le entiendes, ahí la conversación cambia: a esta edad la espera ya no es una opción razonable.

Comprender va siempre por delante de hablar

Esta es la parte que más rápido se olvida y la que más orienta un pronóstico.

El lenguaje comprensivo (lo que entiende) se desarrolla antes que el expresivo (lo que produce), y con una diferencia grande. Un niño de dieciocho meses puede entender varios cientos de palabras y decir veinte. Esa brecha es normal y esperable.

Lo que no es normal es lo contrario: que la comprensión esté igual de baja que la expresión. Un niño que habla poco pero entiende todo tiene mejor pronóstico que uno que habla poco y además entiende poco. Cuando la comprensión también está afectada, se consulta antes y se evalúa más ampliamente.

Y hay una trampa doméstica que conviene conocer: muchos papás creen que su hijo entiende todo cuando en realidad está leyendo el gesto, la rutina y el contexto. La comprobación honesta es pedirle algo sin señalar, sin mirar hacia el objeto y fuera del momento habitual. «Tráeme el zapato», estando el zapato en otro cuarto y tú sentada. Si eso no funciona, la comprensión no está tan sólida como parecía.

Dos idiomas en casa: el bilingüismo no retrasa el lenguaje

Es una de las creencias más extendidas y una de las más falsas. Crecer con dos lenguas no retrasa el desarrollo del lenguaje ni causa trastornos. Los hitos se cumplen en los mismos rangos.

Lo que sí ocurre es que el vocabulario se reparte: un niño bilingüe puede tener menos palabras en cada idioma por separado, pero si sumas las dos lenguas el total es comparable al de cualquier otro niño de su edad. Por eso, cuando se evalúa a un niño bilingüe, hay que contar el vocabulario de las dos lenguas juntas; medir solo en castellano da un resultado falsamente bajo.

También es normal que mezcle idiomas en una misma frase durante un tiempo. Eso no es confusión: es una habilidad. Y el consejo que a veces se da de «hablarle solo en un idioma para no confundirlo» no tiene sustento y le quita al niño una lengua familiar entera, muchas veces la de los abuelos.

La regla real: si un niño bilingüe tiene un retraso, lo tiene en las dos lenguas. Si solo cojea en una, no es un trastorno del lenguaje, es exposición desigual.

«Es que es varón, y los varones hablan más tarde»

La frase más repetida en las reuniones familiares y en las salas de espera. Tiene un grano de verdad y una conclusión equivocada.

El grano de verdad: en promedio, los varones alcanzan algunos hitos expresivos un poco después que las niñas. La diferencia se mide en semanas, no en años, y es un promedio de grupo. No sirve para explicar a un niño concreto.

La conclusión equivocada es la que hace daño: usar esa diferencia para justificar una espera de dos años. Un varón de dos años con quince palabras no está «dentro de lo normal por ser varón». Está por debajo de lo esperado, igual que lo estaría una niña. El sexo no cambia los criterios de alerta.

La otra versión del mismo mito es «su primo habló a los cuatro y ahora es abogado». Los casos que se recuerdan en las familias son siempre los que salieron bien, porque son los que se cuentan. Nadie menciona al que terminó con dificultades de lectura en primaria.

Qué es variación normal y qué no lo es

Sí es variación normal:

  • Que la primera palabra llegue a los 10 o a los 15 meses.
  • Que un hermano hable antes que el otro con meses de diferencia.
  • Que pronuncie mal la /r/ o los grupos consonánticos hasta los 5 años.
  • Que atraviese una etapa de habla poco fluida entre los 2 y los 5 años, repitiendo palabras enteras sin tensión.
  • Que hable poco fuera de casa y mucho adentro, si en casa el lenguaje es completo.
  • Que la explosión de vocabulario llegue a los 19 meses o a los 23.

No es variación normal, aunque todo lo demás se vea bien:

  • No balbucear con consonantes a los 10 meses.
  • No señalar ni hacer gestos a los 12-15 meses.
  • Ninguna palabra a los 16 meses.
  • Menos de cincuenta palabras o ninguna combinación de dos a los 24 meses.
  • Que un extraño no le entienda casi nada a los 3 años.
  • Perder palabras o gestos que ya tenía, a cualquier edad. Esta última no admite espera de ningún tipo.

Si reconoces varias de estas, el panorama completo de los distintos tipos de dificultad y de qué implica cada uno te va a ayudar a ordenar lo que estás viendo antes de la primera cita.

Qué observar en casa antes de consultar

Si terminaste de leer con dudas sobre tu hijo, esto es lo que rinde en la próxima semana:

  1. Anota las palabras distintas que le escuches durante tres días seguidos, sin repetir ninguna en la lista. Cuenta también las que no suenan perfecto pero significan siempre lo mismo. Ese número vale más que cualquier impresión.
  2. Mira los gestos, no solo las palabras. ¿Señala para compartir? ¿Te trae cosas para mostrarlas? ¿Dice adiós, niega con la cabeza?
  3. Haz la prueba de comprensión sin pistas, con un pedido simple y sin señalar.
  4. Pide una evaluación auditiva si hay cualquier duda. Es rápida, no duele y descarta la causa más frecuente y más silenciosa de todas: el líquido en el oído medio tras otitis repetidas.
  5. Habla más, pero distinto. No se trata de hablarle todo el día, sino de hacerle sitio: nombrar lo que hace, esperar en silencio unos segundos después de preguntarle, y darle opciones en vez de preguntas de sí o no. Los juegos que hacen esto dentro de la rutina de la casa rinden mucho más que una hora de tarjetas.
  6. Si vas a consultar, hazlo con datos. En nuestro consultorio de San Miguel la evaluación del lenguaje empieza justamente por esa lista, la grabación y el informe de audición.

Los hitos no existen para poner nota a un niño. Existen para que el que se está quedando atrás sea detectado a tiempo, porque los mismos meses de trabajo rinden muchísimo más a los dos años que a los cinco. Guarda esta escala, mira a tu hijo con calma, y si algo no cuadra, pregunta. Preguntar temprano no le hace daño a nadie; esperar por si acaso, a veces sí.

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