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Lenguaje y TDAH: ¿qué dificultades pueden aparecer?

Lenguaje y TDAH: ¿qué dificultades pueden aparecer?

En el TDAH suele fallar la organización del lenguaje y no el lenguaje en sí: el niño tiene palabras de sobra y le falta el orden para sacarlas, y ese orden se puede entrenar en casa.

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Reunión de entrega de libretas, tercero de primaria. La tutora tiene el cuaderno abierto y dice algo que la mamá no esperaba: «Habla todo el día, es el que más participa, pero cuando le pido que explique algo no se entiende nada. Ayer contó lo del paseo y ninguno de sus compañeros supo de qué estaba hablando».

La mamá se queda pensando. En casa pasa exactamente lo mismo, solo que ella nunca lo había puesto en palabras: Mateo habla sin parar, tiene un vocabulario enorme, y sin embargo cuando le preguntas qué pasó en el cumpleaños arranca por la mitad, mete tres personajes sin presentarlos, se va a otra cosa y termina con «y ya».

Esa combinación desconcierta porque no encaja con la idea que la gente tiene de un problema de lenguaje. Un niño que habla poco preocupa; un niño que habla mucho tranquiliza. Y sin embargo, en el TDAH la dificultad de lenguaje más frecuente no es la cantidad: es la organización.

Habla mucho y se explica mal: el perfil que confunde a todo el mundo

Lo que suele estar razonablemente bien en un niño con TDAH es el equipamiento básico del lenguaje: el vocabulario, la gramática, la pronunciación. Muchas veces tiene incluso más palabras que sus compañeros porque escucha de todo y retiene lo que le interesa.

Lo que falla está un piso más arriba, en las funciones que organizan ese material: planificar lo que voy a decir antes de decirlo, elegir por dónde empezar, decidir qué información necesita el que me escucha, frenar lo que se me ocurrió a mitad de camino, y mantener el hilo hasta el final.

Esas son funciones ejecutivas, no funciones lingüísticas. Y esa distinción explica el cuadro completo: no le falta lenguaje, le falta el director de orquesta del lenguaje. Los instrumentos están afinados y suenan todos a la vez.

Si todavía te estás ubicando en qué consiste el cuadro de fondo, ayuda revisar antes qué es el TDAH y cómo afecta la vida diaria, porque casi todo lo que sigue se entiende mejor con ese marco puesto.

Pragmática: las reglas invisibles de la conversación

La pragmática es el uso social del lenguaje. Son las reglas que nadie enseña y todos esperan: esperar el turno, no cambiar de tema de golpe, ajustar cómo hablas según con quién hablas, saber cuándo el otro ya se aburrió.

Es el área que más se afecta en el TDAH, y se ve así:

  • Interrumpe. No por maleducado: la idea se le va si no la dice ahora, y él lo sabe. Es una carrera contra su propia memoria.
  • No espera el turno en el juego ni en la conversación, y responde antes de que termines la pregunta.
  • Cambia de tema sin aviso. Estaban hablando del examen y ahora está hablando de un video. Para él hubo un puente lógico; para el otro no existió.
  • No ajusta el registro. Le habla igual al director del colegio que a su primo de cinco años.
  • No lee las señales del otro. No registra que la cara del que escucha ya dijo «basta».
  • Cuenta cosas privadas en el momento menos apropiado, delante de quien no corresponde.

El costo de esto no es académico, es social. Los compañeros no dicen «tiene dificultades pragmáticas»; dicen «es cansón» o «no lo dejen jugar». Por eso muchos niños con TDAH terminan quedándose fuera de los grupos sin que nadie sepa explicar bien por qué.

Un matiz clínico importante, porque se confunde seguido: las dificultades pragmáticas también aparecen en el autismo, pero por otra razón. En el TDAH el niño quiere y sabe cómo, y se le escapa el control; en el TEA la dificultad está en leer al otro. Un niño con TDAH se da cuenta después de que metió la pata y se siente pésimo; esa culpa posterior es un dato que orienta bastante.

Contar lo que pasó: la narrativa que empieza por el final

Pídele a un niño con TDAH de ocho años que te cuente la película que vio y observa la estructura, no el contenido.

Suele empezar por la mitad, sin situar dónde ni cuándo ni quién. Usa pronombres sin antecedente: «entonces él le dijo que no, y ella se fue», y tú no tienes idea de quién es él ni quién es ella. Se va por una rama de detalle que no aporta nada. Vuelve, pero no exactamente al punto donde estaba. Y termina de golpe, muchas veces con un «y ya» o con «no me acuerdo».

Un buen relato exige mantener en la cabeza tres cosas a la vez: lo que pasó, el orden en que pasó y lo que el otro ya sabe. Es memoria de trabajo pura, y la memoria de trabajo es justamente lo que está corto en el TDAH.

Esto tiene consecuencias muy concretas en el colegio. La comprensión lectora se evalúa pidiendo que resuman. Las ciencias se evalúan pidiendo que expliquen un proceso. Personal social se evalúa pidiendo que cuenten una secuencia histórica. Un niño que sabe la respuesta y no logra organizarla saca una nota que dice «no estudió», cuando lo que ocurrió fue otra cosa.

Y hay un daño colateral que veo mucho en consulta: el niño empieza a creer que es tonto. No lo es, y conviene decírselo de forma explícita en casa, con ejemplos.

«Anda al cuarto, trae la mochila y ponte las zapatillas»

Instrucción de tres pasos. Va al cuarto, se distrae con algo, vuelve sin nada y pregunta qué había que hacer. La lectura habitual del adulto es «no me hace caso» o «no entiende».

Ninguna de las dos suele ser correcta. Entendió cada palabra perfectamente. Lo que no logró fue sostener las tres partes de la instrucción en la memoria mientras caminaba por un pasillo lleno de estímulos. La instrucción no se perdió al entrar; se perdió a mitad de camino.

La diferencia entre esto y una dificultad real de comprensión se comprueba fácil: si le das la misma instrucción de a una por vez, con contacto visual y sin ruido, la ejecuta bien. Si sigue fallando incluso así, ahí sí hay que mirar la comprensión del lenguaje.

Lo que funciona en casa, y no es teoría:

  1. Acércate y consigue su mirada antes de hablar. Desde la cocina y a gritos no llega.
  2. Una instrucción a la vez, o dos como máximo.
  3. Pídele que te repita el plan con sus palabras. No «¿entendiste?», que se responde que sí siempre, sino «a ver, ¿qué vas a hacer primero?».
  4. Deja un apoyo visual: una lista de tres dibujos pegada en la puerta del cuarto vale más que veinte recordatorios verbales.
  5. Frases cortas. Cuando el adulto se explaya con explicaciones largas, la información importante queda enterrada en la mitad.

Muchas de estas adaptaciones son las mismas que ordenan el resto del día y están desarrolladas en rutinas y organización en casa para un niño con TDAH.

El lenguaje interno: hablarse a uno mismo para poder frenar

Este apartado es el más técnico y a la vez el más útil.

Alrededor de los 3 o 4 años, los niños hablan solos mientras juegan: «ahora pongo el bloque, no, así no, así sí». Con los años esa habla se vuelve interna y se convierte en la voz con la que uno se organiza: «primero termino esto, después reviso». Esa voz interior es el principal freno de la impulsividad. Uno se dice qué hacer antes de hacerlo.

En el TDAH esa interiorización va más lenta y es más débil. El resultado no es solo que se distraiga: es que actúa antes de que aparezca la voz que le habría dicho «espera». Contestar sin pensar, salir corriendo, empezar la hoja sin leer la consigna. No es falta de reflexión moral; es falta de un instructivo interno funcionando a tiempo.

La parte esperanzadora es que se entrena, y se entrena con lenguaje. Se llama autoinstrucción y suena así: se le enseña a decirse en voz alta, y con el tiempo en voz baja, los pasos de la tarea. «¿Qué me piden? Leer y subrayar. ¿Cómo empiezo? Por el título. ¿Cómo voy? Bien. ¿Terminé? Reviso.» Al principio parece artificial y da algo de vergüenza; a las pocas semanas empieza a aparecer solo. Es una de las herramientas con mejor rendimiento para trabajar la impulsividad en niños, junto con las estrategias descritas en cómo mejorar la concentración de un niño con TDAH.

Lee bien y no entiende lo que leyó

Es una queja constante desde tercero de primaria. El niño decodifica sin problema, lee en voz alta con fluidez, y cuando le preguntas de qué trataba el texto no sabe.

Casi nunca es un problema de lectura. Es que leer y comprender al mismo tiempo exige sostener la atención durante varios minutos seguidos, ir armando el sentido, volver atrás cuando algo no cuadra y darse cuenta de que uno se perdió. Ese darse cuenta de que uno se perdió es una habilidad de supervisión, y suele estar débil: el niño llega al final de la página sin haber notado que se desconectó en el segundo renglón.

Cosas que ayudan de verdad: textos partidos en trozos cortos con una pausa entre cada uno, subrayar o anotar mientras lee (obliga a mantenerse presente), leer en voz alta cuando el texto es difícil, y decirle en una frase de qué va el texto antes de empezar, para que tenga dónde colgar la información.

Cómo se distingue lo atencional de lo lingüístico

Es la pregunta que más importa, porque el plan cambia. Algunas pistas que se usan en evaluación:

  • La consistencia. Un niño con un trastorno del lenguaje falla siempre, en todos los contextos. Un niño con TDAH rinde muy distinto según el momento, la motivación y el ruido: puede explicar de maravilla algo que le apasiona y ser incomprensible con la tarea del colegio.
  • La longitud. Si falla con instrucciones largas y no con cortas, huele a atención. Si falla incluso con las cortas, huele a comprensión.
  • El nivel donde falla. Vocabulario y gramática pobres apuntan a lenguaje. Vocabulario rico con organización caótica apunta a funciones ejecutivas.
  • La historia. Un trastorno del lenguaje deja huella desde los 2 o 3 años: habló tarde, decía pocas palabras. El TDAH suele hacerse evidente cuando aumentan las demandas de organización, hacia los 6 o 7.
  • Con apoyo estructurado. Si al reducir el ruido, mirar a los ojos y dar un paso a la vez el rendimiento mejora notoriamente, el cuello de botella es atencional.

Ninguna de estas pistas alcanza por sí sola, y por eso conviene una evaluación que mire las dos cosas. El proceso completo está descrito en cómo se evalúa el TDAH paso a paso. En nuestro consultorio de San Miguel, cuando un niño llega por «habla raro» o «no entiende las indicaciones», la evaluación de lenguaje y la de atención se hacen en paralelo, porque separarlas de entrada suele llevar a corregir lo que no era.

Cuando van juntos, que pasa más seguido de lo que parece

Hay que decirlo con claridad: TDAH y trastorno del desarrollo del lenguaje coexisten con bastante frecuencia. No son excluyentes.

El problema es que casi siempre se diagnostica solo el más ruidoso. Un niño inquieto que además tiene dificultades de comprensión recibe la etiqueta de TDAH, se le trabaja la atención y nadie mira el lenguaje. Y ocurre también al revés, sobre todo en el perfil inatento, ese niño tranquilo que se queda mirando por la ventana y al que nadie deriva porque no molesta.

La señal de que falta algo suele ser esta: se hace un tratamiento bien hecho para el TDAH, la conducta mejora, la organización mejora, y sin embargo la comprensión y la manera de explicarse siguen igual. Ahí toca ampliar la evaluación en lugar de subir la dosis de estrategias atencionales.

Qué cambiar en casa y qué pedir en el colegio esta quincena

En casa:

  1. Una instrucción por vez, con mirada y con repetición del plan. Dos semanas haciéndolo así y vas a poder medir la diferencia.
  2. Entrena la narrativa una vez al día, cinco minutos, con cuatro preguntas fijas: quién, dónde, qué pasó, cómo terminó. Al inicio guíalo con esas preguntas; después solo con un gesto.
  3. Fotos como andamio. Tres fotos del celular puestas en orden para contar el fin de semana. Estructura visible.
  4. No lo interrumpas para corregirle cómo cuenta. Que termine, y después ayúdalo a reordenar. Si lo corriges a mitad, deja de contar.
  5. Autoinstrucción para la tarea: que se diga en voz alta qué le piden, por dónde empieza y si terminó.

En el colegio, pide tres cosas concretas y no diez: que las consignas se den de a una y por escrito además de habladas, que se le permita repetir la instrucción con sus palabras antes de empezar, y que cuando tenga que exponer se le dé un guion con cuatro puntos. Son adaptaciones baratas y razonables, del tipo que se detalla en cómo apoyar a un hijo con TDAH en el colegio.

Mateo, el del inicio, no tenía nada malo con las palabras. Tenía un montón de palabras y ningún orden para sacarlas. Ocho meses después contaba las cosas empezando por el principio, y no porque hubiera aprendido palabras nuevas: porque alguien le enseñó, paso a paso, a poner la primera antes que la segunda. Eso se entrena, y casi siempre se entrena antes de lo que las familias imaginan.

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