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Estrategias para mejorar la concentración en niños con TDAH

Estrategias para mejorar la concentración en niños con TDAH

La concentración de un niño con TDAH mejora cuando cambias el entorno y el formato de la tarea, no cuando le repites que se concentre: bloques cortos, un estímulo a la vez y premio inmediato.

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«Ya le quité el celular, apagué la tele, lo siento en la mesa limpia y ahí se queda. Cuarenta minutos mirando el cuaderno y no escribió ni el título. Y después me dice que sí estaba pensando en la tarea.»

Esa mamá no exageraba, y su hijo tampoco mentía. Ese momento —el niño sentado, el cuaderno abierto, la página en blanco y la hora avanzando— es donde se rompen las tardes de miles de familias en Lima. Y casi siempre se rompe por la misma razón: se le está pidiendo al niño que ponga de su parte justo aquello que su cerebro todavía no puede poner solo.

Este artículo es sobre eso: qué hacer en el momento concreto de sentarse a hacer algo que le cuesta. No es una lista de consejos generales, sino el repertorio que usamos en consulta cuando un niño de 6, 9 o 11 años tiene que sostener atención en una tarea aburrida. Si el que no logra concentrarse eres tú, el adulto de la casa, esas estrategias son distintas y las tienes en el artículo sobre cómo mejorar la concentración y reducir las distracciones en adultos: lo que viene aquí abajo está pensado para niños.

No es que no pueda atender: es que no puede regular a qué atiende

El nombre del trastorno confunde a todo el mundo. Un niño con TDAH puede quedarse dos horas y media enganchado a un videojuego, armando un Lego o viendo videos de dinosaurios. Los papás ven eso y concluyen lo obvio: «entonces sí puede, cuando le interesa». Y tienen razón en la observación y se equivocan en la conclusión.

Lo que está afectado no es la cantidad de atención disponible, es el sistema que decide dónde ponerla y la mantiene ahí cuando la tarea no da nada a cambio. El videojuego se sostiene solo: da estímulo nuevo cada dos segundos, recompensa inmediata, un objetivo clarísimo y consecuencia visible de cada acción. La página de sumas no da nada de eso. Da esfuerzo ahora y una nota dentro de tres semanas.

De ahí sale el principio que ordena todo lo demás: en el TDAH la atención se sostiene con estructura externa, novedad y refuerzo inmediato, no con voluntad. Cuando le repites «concéntrate», le estás pidiendo que use la herramienta que precisamente le falta. Cuando cambias el entorno, la duración y el formato de la tarea, le estás prestando esa herramienta desde afuera. Eso sí se puede hacer, y se puede hacer desde mañana.

Si quieres entender cómo esto mismo se traduce en el resto del día —las mañanas, las cosas que se pierden, la mesa, los amigos—, está desarrollado en qué es el TDAH y cómo afecta la vida diaria.

Lo que decides antes de sentarlo: sueño, movimiento y la hora

La mitad del resultado de una sesión de tarea ya está decidido antes de que el niño se siente.

El sueño. Un niño con TDAH mal dormido se ve exactamente igual que un niño con TDAH sin tratamiento, pero peor: más irritable, más lento, más impulsivo. En edad escolar hablamos de un rango de nueve a once horas, y lo que importa no es solo el total sino la regularidad: acostarse y levantarse a horas parecidas también sábado y domingo. Si tu hijo se duerme a las once porque a las diez todavía está con la tablet y a las seis y media hay que salir por el tráfico, ninguna técnica de concentración va a compensar eso. Empieza por ahí.

El movimiento. Media hora de actividad física de verdad —correr, fútbol, bicicleta, natación, saltar— antes de la tarea mejora la disponibilidad para trabajar durante un rato después. No es una teoría bonita: es de las intervenciones con mejor relación esfuerzo-resultado que existen y no cuesta nada. Si vuelve del colegio a la una y la tarea es a las cuatro, que entre las dos cosas haya movimiento y no pantalla.

La hora. Hay una franja del día en que tu hijo rinde y otra en que ya no hay nada que hacer. Obsérvala una semana y anótala. En la mayoría de los niños esa franja está entre media hora y hora y media después de haber comido y descansado un rato, y se cierra bastante antes de la cena. Pelear la tarea a las nueve de la noche es perder tiempo y relación.

Y dentro de la sesión: lo difícil primero. La batería de autorregulación se gasta. Si empiezas por colorear porque «así se anima», cuando llegue matemática ya no queda nada. Se empieza por lo que más le cuesta, cuando aún hay combustible, y se deja para el final lo que puede hacer casi en automático.

Un solo estímulo sobre la mesa

Regla literal: sobre la mesa está el cuaderno de esta tarea y el lápiz. Nada más. No el estuche con doce plumones, no los otros tres cuadernos «para que ya estén listos», no el celular boca abajo —boca abajo también distrae—, no el hermanito viendo videos al lado.

Dos detalles que se pasan por alto:

  • El estuche es el enemigo silencioso. Un niño con TDAH puede irse quince minutos ordenando colores. Saca dos lápices y guarda el resto.
  • De espaldas al movimiento. La mesa mirando a la pared, no a la puerta por donde pasa gente ni a la ventana que da a la calle. Suena rígido, pero para su cerebro cada persona que pasa es una interrupción completa: no es que se distraiga tres segundos, es que después tiene que volver a encontrar dónde estaba.
  • Ruido: depende del niño. A algunos les ayuda un fondo monótono, como un ventilador, porque tapa los ruidos irregulares de la casa; a otros les molesta cualquier cosa. Pruébalo una semana y quédate con lo que funcione.

Bloques cortos, temporizador visible y descanso de movimiento

Aquí está el cambio que más rápido se nota, y es el que más resistencia genera en los papás porque parece «poco».

La capacidad real de sostener atención en algo aburrido crece con la edad y en el TDAH va por detrás de lo que le toca por su edad cronológica. Como punto de partida razonable en consulta:

  • 5 a 7 años: bloques de 5 a 10 minutos.
  • 8 a 10 años: bloques de 10 a 15 minutos.
  • 11 a 13 años: bloques de 15 a 20 minutos.

Y después, descanso de tres a cinco minutos de movimiento, no de pantalla: tomar agua, subir y bajar la escalera, diez saltos, llevar algo a la cocina. Si el descanso es un video, no descansó; cambió de estímulo a uno mucho más potente y volver a la hoja va a costar el doble.

Empieza por debajo de lo que crees que aguanta. Si con diez minutos termina el bloque sin colapsar, ganaste: ganó una experiencia de haber podido. Si pones veinte y a los doce se cae, la sesión ya se llenó de reproches.

El temporizador es la pieza clave, y tiene que verse. En el TDAH el tiempo no se siente pasar —los quince minutos y las dos horas se parecen desde dentro—, así que el objetivo es sacar el tiempo de su cabeza y ponerlo delante de sus ojos. Un temporizador de cocina, un reloj de arena grande, uno de esos temporizadores visuales donde un disco de color va desapareciendo. Un reloj analógico en la pared del cuarto de tarea ayuda por lo mismo: muestra el tiempo como espacio, no como un número que aparece y desaparece.

Una frase que funciona mejor que «apúrate»: «Mira, cuando el rojo llegue hasta aquí paramos. Ahí vas a ir por agua.»

Y déjalo moverse mientras trabaja. El pie que golpea el suelo, el balanceo en la silla, girar un lápiz, apretar una pelotita, masticar chicle, trabajar de rodillas o parado en la mesa del comedor: ese movimiento no es distracción, es lo que muchos niños con TDAH usan para mantenerse alerta. Si se lo quitas, la energía no desaparece, se va a otra parte. Lo único que se negocia es que el movimiento no moleste a nadie y no salga de la silla. «Puedes mover el pie todo lo que quieras; los que no se mueven son tus ojos y la hoja.»

Instrucciones de un paso y pasos que se puedan tachar

Dos fallas muy frecuentes que no tienen nada que ver con la actitud del niño.

La primera: le das tres instrucciones y ejecuta una. «Guarda el cuaderno de comunicación, saca el de matemática y copia el título.» Su memoria de trabajo —la pizarra mental donde uno sostiene lo que le acaban de decir mientras lo hace— tiene menos espacio. Se le cae la segunda y la tercera. No fue desobediencia, fue que se borró.

Lo que sí funciona:

  1. Una instrucción por vez. Corta. Verbo al inicio: «Saca el cuaderno de matemática.»
  2. Que te mire. No desde la cocina y de espaldas.
  3. Verificación: «¿Qué vas a hacer ahora?» Que él lo diga con sus palabras. Esos cuatro segundos ahorran veinte minutos.
  4. Y solo entonces la siguiente.

La segunda falla: la tarea, vista completa, lo paraliza. Una hoja con veinte ejercicios no se lee como veinte ejercicios, se lee como una pared. De ahí el niño que se queda mirando la página cuarenta minutos: no está flojeando, está atascado en el arranque.

Solución física, no motivacional. Toma un papel y escribe los pasos, en concreto y en pequeño:

  • Copiar el título y la fecha
  • Ejercicios 1 al 5
  • Ejercicios 6 al 10
  • Revisar los que me faltaron

Y que él vaya tachando. Tachar hace visible el avance, y el avance visible es combustible. Si la hoja original abruma, tapa con otra hoja todo menos la línea en la que está trabajando. Parece un truco menor; en la práctica desbloquea a muchísimos niños.

Refuerzo inmediato: el premio del viernes no existe para su cerebro

«Si esta semana te portas bien y haces toda la tarea, el sábado vamos al cine.» Es un buen premio y no va a funcionar. Cinco días es una eternidad para un sistema que trabaja con lo que pasa ahora.

El refuerzo tiene que ser inmediato, concreto y específico, y no necesita costar dinero:

  • Al terminar el bloque, no al terminar la tarea.
  • Que describa la conducta, no la nota: «Terminaste los cinco ejercicios sin pararte. Eso hoy te salió» funciona mucho mejor que «qué inteligente eres».
  • Fichas, sellos o palitos en una hoja que se ven acumularse, y un canje corto: al final del día o, como mucho, al día siguiente.
  • El mejor refuerzo suele ser tiempo contigo: diez minutos de juego elegidos por él. Es más barato y más potente que cualquier cosa comprada.

Y una advertencia: los premios se desgastan. Cuando el sistema deje de emocionar —y va a pasar en dos o tres semanas—, cámbialo antes de que se caiga solo. La novedad no es un capricho, es parte del mecanismo.

«¿No lo estoy volviendo dependiente de mí?»

Esta pregunta aparece en consulta casi siempre, y normalmente la trae el papá: si le pongo temporizador, le divido la tarea, le recuerdo cada paso y le premio cada bloque, ¿no lo estoy haciendo más engreído y más incapaz? ¿No debería aprender a hacerlo solo, como su hermana?

Es una preocupación legítima y la respuesta es que no, si haces dos cosas.

La primera: entender que esto son apoyos, no privilegios. A un niño con miopía le pones lentes; no le pides que se esfuerce más en ver. Los andamios externos no reemplazan una capacidad que tiene, sustituyen una que todavía no está madura. Y aquí hay un dato que ordena expectativas: las funciones ejecutivas de un niño con TDAH suelen ir varios años por detrás de las de sus compañeros. Estás apoyando a un chico de nueve años que en organización funciona como uno de seis. No lo estás malcriando.

La segunda: traspasarle el sistema poco a poco. Al inicio tú pones el temporizador y tú escribes la lista de pasos. A las pocas semanas, él lo pone y tú supervisas. Después, él arma la lista y tú solo revisas al final. El objetivo no es que no necesite estructura —muchos la van a necesitar toda la vida, igual que los adultos organizados que viven de su agenda—, sino que la estructura sea suya. Cuando llegue la adolescencia esa diferencia lo va a ser todo.

Lo que no funciona y encima desgasta la relación

Si solo te llevas un apartado de todo el artículo, que sea este. Estas cuatro cosas se hacen con la mejor intención y empeoran el cuadro:

  • Repetir «concéntrate», «pon de tu parte», «si quisieras podrías». Es información inútil: él ya sabe que debería concentrarse. Lo único que aprende es que le falta algo.
  • Quitarle el recreo o la educación física por no haber terminado. Es exactamente al revés de lo que su cerebro necesita. Le quitas la herramienta que mejora su atención para castigarlo por no atender. Si en el colegio están haciendo esto, vale la pena conversarlo, y hay una forma de plantear esa reunión sin que nadie se ponga a la defensiva: la tienes en cómo ayudar a un hijo con TDAH en el colegio.
  • Castigar el resultado en vez de acompañar el proceso. Sancionar la nota baja o el cuaderno incompleto castiga algo que él no controla del todo. Se refuerza mucho mejor lo que sí controla: haberse sentado, haber empezado, haber vuelto después del descanso.
  • Sentarte a hacer la tarea con él dos horas todas las tardes. Termina en gritos, en llanto y en un niño que asocia estudiar con humillación. Es mejor una hora bien estructurada, con bloques y descansos, y una nota honesta para la tutora diciendo «hasta aquí llegó hoy» que dos horas de guerra. La relación con tu hijo vale más que un cuaderno completo, y a mediano plazo también rinde más.

Por dónde empezar mañana

No intentes las diez cosas a la vez; se cae el sistema y te desanimas. Elige tres y sostenlas dos semanas antes de evaluar:

  1. Fija la hora y el lugar. El mismo horario y la misma mesa todos los días, en su mejor franja del día, después de haberse movido.
  2. Pon un temporizador visible y define la duración del bloque según su edad, un poco por debajo de lo que crees que aguanta.
  3. Divide la tarea en pasos que se puedan tachar y dale una instrucción por vez, pidiéndole que te repita qué va a hacer.

Anota en el celular, cada día, dos cosas: cuántos minutos trabajó sin pararse y cuántas veces hubo pelea. En dos semanas vas a tener datos, y con datos las conversaciones con la tutora y con el profesional que lo atiende son otra cosa.

Si la organización se cae antes incluso de llegar a la mesa —la mochila que nunca está lista, la lonchera olvidada, la mañana que se convierte en carrera—, ese es otro frente y se trabaja distinto: lo tienes en rutinas y organización en casa para un niño con TDAH.

Y si llevas meses intentando y la tarde sigue terminando en llanto —el suyo o el tuyo—, eso no significa que lo estés haciendo mal: significa que hace falta una mirada externa que ajuste el plan a tu hijo concreto y, si corresponde, evalúe qué más está pesando. En el Centro Psicológico Nueva Mente, en San Miguel, puedes solicitar una evaluación o una primera consulta para eso.

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En el Centro Psicológico Nueva Mente atendemos de forma presencial en San Miguel, Lima, y también online por videollamada. Si algo de lo que leíste te resuena, escríbenos: la primera consulta sirve justamente para ordenar el panorama y saber qué tipo de acompañamiento necesitas.

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