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Cómo ayudar a un hijo con TDAH en el colegio

Cómo ayudar a un hijo con TDAH en el colegio

Ayudar a un hijo con TDAH en el colegio es negociar adaptaciones concretas y revisables con la tutora, apoyarse en el PEP y el SAANEE, y cuidar que la agenda de conducta no destruya su vínculo con el colegio.

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«La profesora me llamó otra vez. Me dijo que es un niño inteligente pero que no se esfuerza, que interrumpe, que no termina nada. Salí de esa reunión con ganas de llorar y sin saber qué hacer el lunes.»

Esa escena se repite todos los años, en colegios estatales y privados, en San Miguel y en todo Lima. Y casi siempre por la misma razón: la reunión se convirtió en una lista de quejas sobre el niño en vez de un acuerdo de trabajo entre dos adultos que lo tienen a cargo ocho horas al día entre los dos.

Este artículo es sobre eso. No sobre técnicas para la tarde de la tarea —esas están en estrategias para mejorar la concentración en niños con TDAH—, sino sobre lo que pasa dentro del colegio y sobre cómo te sientas a negociarlo.

Antes de pedir nada: cómo preparar la reunión con la tutora

Una reunión improvisada, en la puerta del aula, a la salida, con la profesora apurada y treinta niños alrededor, no sirve. Pide una cita formal, con día y hora, en un ambiente cerrado. Y prepárala.

Lleva tres cosas:

  1. El informe, si tu hijo ya está evaluado. No la carpeta completa: la hoja con las conclusiones y las recomendaciones. Si además el profesional escribió qué apoyos sugiere en el aula, esa es la hoja más valiosa que puedes poner sobre la mesa.
  2. Tus propios datos. Una semana anotando en el celular: a qué hora se sentó, cuánto tardó la tarea, qué días hubo pelea. Diez líneas de datos cambian el tono de la conversación, porque dejas de ser el papá que se queja y pasas a ser el papá que trajo información.
  3. Un objetivo pequeño. No vayas a resolver el año. Vas a acordar dos o tres medidas concretas y una fecha para revisarlas.

Y el arranque importa. Entrar diciendo «usted no lo está apoyando» cierra la puerta. Entrar diciendo «vengo a ver qué podemos hacer entre los dos, porque en casa también nos cuesta» la abre. No es diplomacia vacía: la mayoría de docentes en aulas de treinta y cinco alumnos están tan desbordados como tú, y responden distinto según cómo llegues.

Pide observaciones concretas, no etiquetas. Cuando la tutora dice «es distraído», «es malcriado» o «no se esfuerza», no te está dando información con la que puedas trabajar. Pregunta como preguntaría un clínico:

  • «¿En qué momento del día se pierde más? ¿Primera hora o después del recreo?»
  • «¿En qué cursos sí termina y en cuáles no?»
  • «Cuando usted da una instrucción de tres pasos, ¿cuántos ejecuta?»
  • «¿Se para de la silla o se queda sentado pero en otra cosa?»
  • «¿Con qué compañeros se sienta y con quiénes se le complica?»

Esas respuestas valen oro. Sirven para ajustar los apoyos y sirven también para el profesional que lo atiende, porque en el TDAH la mirada del docente y la mirada de casa son dos fuentes distintas y las dos son necesarias.

Las adaptaciones que más funcionan y no cuestan nada

La lista siguiente es la que suelo llevar a las reuniones. Ninguna requiere presupuesto, personal extra ni bajar el nivel de exigencia. Elige tres, no las doce; una profesora que sale con doce compromisos no cumple ninguno.

  • Ubicación: adelante, cerca del escritorio de la docente, lejos de la ventana y de la puerta. Que quede al alcance de un toque en el hombro. No es castigo, es acceso.
  • Instrucciones escritas además de dichas. Lo que se dice en voz alta se le borra; lo que está en la pizarra o en un papelito pegado al pupitre se puede volver a leer. Para las tareas de la casa, que la instrucción quede escrita en la pizarra hasta el final del día.
  • Verificación de comprensión. Que la docente le pida, en corto y sin exponerlo delante del salón, que repita qué tiene que hacer. Cuatro segundos.
  • Tiempo extra en evaluaciones y, cuando el examen es largo, dividirlo en dos partes con una pausa en medio o en dos momentos del día. Un niño con TDAH suele saber el contenido y perderse en la gestión del examen.
  • Reducir el número de ejercicios sin reducir el contenido. Diez sumas bien resueltas demuestran lo mismo que veinticinco. Esto es lo que técnicamente se llama adaptar la cantidad, no el objetivo de aprendizaje.
  • Un encargo que le dé movimiento legítimo: repartir cuadernos, borrar la pizarra, llevar algo a la dirección. Le permite descargar sin romper la clase y, además, le da un rol positivo delante de sus compañeros, que suele estar muy dañado.
  • Avisos de transición. «En cinco minutos guardamos matemática.» Los cambios de actividad son el momento en que más se descontrola.
  • Agenda revisada antes de salir. Que la docente o un compañero designado verifique que copió la tarea y que la mochila lleva lo que necesita. Diez segundos que ahorran una tarde entera de llamadas al grupo de WhatsApp de las mamás.

El marco peruano: PEP, adaptaciones curriculares y SAANEE

Esta parte conviene conocerla porque en muchos colegios te van a decir que «no se puede», y a veces sí se puede.

En el sistema educativo peruano, un estudiante con TDAH puede tener necesidades educativas especiales y estudiar en el colegio regular con apoyos. Eso no es un favor del colegio: es el enfoque de educación inclusiva que la normativa del Ministerio de Educación establece para las instituciones públicas y privadas. De ahí salen dos herramientas:

El PEP (Plan Educativo Personalizado). Es un documento que elabora el colegio junto con la familia y, cuando participa, con el equipo de apoyo. Registra las necesidades del estudiante, los apoyos y adaptaciones acordados, quién es responsable de cada uno y cuándo se revisan. Su valor práctico es enorme: convierte los acuerdos verbales de una reunión —que se olvidan en marzo y desaparecen en mayo— en un compromiso escrito que sigue existiendo cuando cambia la tutora o cambia el director.

Las adaptaciones curriculares. Aquí hay una distinción que vale la pena tener clara para pedir bien:

  • Adaptaciones de acceso: cambian el cómo, no el qué. Ubicación, tiempo extra, instrucciones escritas, formato de examen, apoyos visuales. Son las primeras que se piden y las que resuelven la mayoría de los casos de TDAH sin dificultad de aprendizaje asociada.
  • Adaptaciones en la programación: ajustan cantidad, secuencia o forma de evaluar los aprendizajes. Se usan cuando hay además un desfase en el aprendizaje y requieren un trabajo más fino del docente.

El SAANEE. Es el servicio de apoyo y asesoramiento que, desde los centros de educación básica especial, orienta a los colegios regulares que tienen estudiantes con necesidades educativas especiales. Puede visitar el aula, observar, asesorar al docente y acompañar la elaboración del PEP. Dos advertencias honestas: la cobertura es desigual según el distrito y los equipos suelen estar sobrecargados, y priorizan casos de discapacidad. Aun así, pedir formalmente el acompañamiento del SAANEE por escrito, dirigido a la dirección del colegio, mueve cosas que la conversación de pasillo no mueve.

Qué puedes exigir y qué conviene negociar

Esta distinción evita muchas frustraciones.

Puedes exigir:

  • Que no le nieguen ni le condicionen la matrícula por su diagnóstico, ni lo presionen para que se retire «porque el colegio no está preparado». La normativa peruana de inclusión y la ley de la persona con discapacidad protegen ese derecho.
  • Que el colegio reciba y considere el informe profesional, y que la familia participe en los acuerdos sobre su hijo.
  • Que no lo excluyan de actividades, paseos o clases por su conducta como medida rutinaria.
  • Un trato sin humillación. Ningún objetivo pedagógico justifica ridiculizar a un niño delante del salón.

Conviene negociar, no exigir:

  • Las adaptaciones concretas del aula. Legalmente están respaldadas, pero quien las ejecuta día a día es una persona con treinta y cinco alumnos. Un acuerdo de tres medidas que la docente siente posibles se cumple; una lista impuesta se archiva.
  • La cantidad de deberes.
  • La forma de comunicación contigo: cuaderno, correo, WhatsApp, cada cuánto.

Y una regla de oro: todo acuerdo importante, por escrito y con fecha de revisión. «Revisamos esto en cuatro semanas» es la frase que hace que las cosas ocurran. Si el colegio no da respuesta, la ruta es dirección, luego coordinación de tutoría y, si hace falta, una carta con copia recibida. En el sistema estatal existe además la UGEL de tu distrito. Casi nunca hay que llegar tan lejos, pero saber que la ruta existe cambia cómo te sientas en la primera reunión.

«¿Y si por pedir esto lo marcan para siempre?»

Este es el miedo real y casi nadie lo dice en voz alta: si voy con un informe y pido adaptaciones, mi hijo pasa a ser oficialmente «el niño con problemas», los profesores lo van a mirar distinto y va a arrastrar esa etiqueta hasta quinto de secundaria.

Hablemos claro. La etiqueta ya está puesta. Un niño que interrumpe, que no termina, que pierde cosas y que recibe cuatro anotaciones por semana ya tiene una etiqueta en la sala de profesores, y es peor: es «flojo», «malcriado» o «engreído». La diferencia que hace un informe es que cambia una explicación moral por una explicación funcional. Y las explicaciones funcionales vienen con instrucciones; las morales solo vienen con sanciones.

Lo que sí tiene sentido cuidar es la dosis de información. No necesitas repartir el informe completo a cinco profesores. Basta una hoja con lo funcional: qué le cuesta, qué apoyos ayudan, a quién llamar. La historia clínica de tu hijo es privada y tú decides qué se comparte.

Y si el mayor problema no es la etiqueta de los adultos sino lo que pasa entre los compañeros, ese frente se atiende distinto y en serio: revisa las señales en bullying escolar: cómo identificarlo y actuar a tiempo.

La agenda de conducta: cómo manejarla sin que acabe odiando el colegio

La agenda con notas rojas todos los días es, en mi experiencia, uno de los mecanismos que más daño hace. El niño llega a casa sabiendo que la apertura de la mochila trae un castigo. Cuatro meses así y aprende algo muy simple: el colegio es el lugar donde soy malo.

Cómo darle vuelta:

  • Cambia el signo. Pide que la nota diaria registre una cosa que sí logró, y no solo la falla. «Hoy terminó los ejercicios» o «hoy levantó la mano en vez de interrumpir». Y que las faltas se comuniquen por otro canal, directo contigo, no en el cuaderno que él lee.
  • Concreta el objetivo. «Portarse bien» no es un objetivo. «Levantar la mano antes de hablar» sí lo es, porque se puede contar. Una o dos conductas por vez, no ocho.
  • Separa la información del castigo. Cuando abras la agenda, primero lee lo que salió bien. Sobre lo que salió mal, una sola frase y una acción: «Aquí dice que te paraste tres veces en clase. ¿Qué pasó?» Y escúchalo antes de decidir. Muchas veces detrás de un «se paró» hay un compañero que lo estaba molestando.
  • Cuida el saldo. Si el noventa por ciento de lo que oye de su colegio es negativo, la autoestima se hunde y aparece lo que más nos preocupa: el niño que deja de intentar porque intentar solo confirma que no puede. Cuando además empieza a decir que le duele la barriga los domingos por la noche o pide no ir, ahí hay que mirar con cuidado: puede estar pasando algo más que TDAH, y las razones posibles están revisadas en por qué mi hijo no quiere ir al colegio.

Los deberes: cuánto es razonable y cuándo negociar

Una referencia práctica que uso en consulta: alrededor de diez minutos por grado escolar. Segundo de primaria, unos veinte minutos. Sexto, alrededor de una hora. Es una guía, no una ley, pero sirve para saber cuándo lo que pasa en tu casa no es normal.

Porque un niño con TDAH tarda dos, tres o cuatro veces más. Eso significa que una tarea diseñada para cuarenta minutos le puede tomar dos horas y media, y ahí ya no estamos hablando de aprendizaje sino de desgaste familiar. Cuando eso pasa, se negocia, y se negocia con datos.

Lo que funciona pedir:

  • Un límite de tiempo en vez de un límite de cantidad. «Trabaja cuarenta minutos bien estructurados y firmo hasta donde llegó.» Muchas docentes aceptan esto cuando se lo planteas con honestidad, porque a ellas tampoco les sirve un cuaderno hecho a gritos a las diez de la noche.
  • Que no se manden a la casa las tareas que no terminó en clase, sumadas a las del día. Es la trampa que hunde a estos niños: acumulan deuda todos los días y nunca alcanzan.
  • Fin de semana con carga reducida, sobre todo si además va a terapia.

Y una cosa que a veces cuesta aceptar: si tu hijo llega del colegio agotado, va a terapia dos veces por semana y encima tiene tres horas de tarea, algo hay que sacar. Elegir es parte del tratamiento.

Si la profesora no colabora

Pasa. Hay docentes que no creen en el TDAH, que dicen que «en su época eso no existía» o que consideran que darle tiempo extra es injusto para los demás. Antes de asumir mala intención, prueba en este orden:

  1. Una medida sola, la más fácil. Cambiar de sitio, por ejemplo. Cuando ve que funciona, se abre a la siguiente. Convencer con resultados es más rápido que convencer con argumentos.
  2. Facilítale el trabajo. Lleva tú el papelito con los pasos para pegar en el pupitre, la lista de la agenda, el formato de una línea. Si le sumas trabajo, no ocurre.
  3. Sube un nivel, sin declararle la guerra. Coordinación de tutoría o psicología del colegio, presentando el caso como un pedido de apoyo conjunto.
  4. Por escrito, a dirección, pidiendo la elaboración o revisión del PEP y el acompañamiento del SAANEE. Aquí ya no depende de una persona.
  5. Cambio de aula o de colegio solo como último recurso y con criterio. Cambiar de colegio no cura el TDAH y cuesta un año de adaptación; solo tiene sentido cuando el ambiente es hostil de verdad y no hay disposición a moverse.

Por dónde empezar

Si tuvieras que hacer una sola cosa esta semana: pide la cita con la tutora, lleva el informe o tus notas de una semana, y sal de ahí con tres medidas escritas y una fecha de revisión a cuatro semanas.

Después, ordénalo en casa. La coordinación con el colegio se sostiene mucho mejor cuando la mochila, la agenda y las mañanas ya no son un caos, y eso se construye aparte: lo tienes en rutinas y organización en casa para un niño con TDAH.

Y una nota necesaria: si en algún momento un médico plantea la posibilidad de un tratamiento farmacológico, esa indicación la evalúa y la hace un médico psiquiatra —nunca el colegio, nunca la psicóloga, nunca la vecina que tiene un hijo igual—. El trabajo psicológico corre en paralelo, porque los apoyos del aula, los hábitos y la autoestima no se resuelven con nada más que con enseñanza y práctica.

Si llegas a la reunión con el colegio sin informe, sin datos o sin saber qué pedir, tiene sentido preparar ese material con apoyo profesional: en el Centro Psicológico Nueva Mente, en San Miguel, puedes solicitar una evaluación o una primera consulta para eso.

Agenda tu consulta en San Miguel

En el Centro Psicológico Nueva Mente atendemos de forma presencial en San Miguel, Lima, y también online por videollamada. Si algo de lo que leíste te resuena, escríbenos: la primera consulta sirve justamente para ordenar el panorama y saber qué tipo de acompañamiento necesitas.

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