El formato importa menos que la calidad del vínculo y que el tratamiento sea el adecuado. Hay casos en que la videollamada es la mejor opción y otros en los que conviene sentarse en el consultorio.
«Yo prefiero por video, pero siento que así no va a servir igual»
Me lo dijo una ingeniera que trabaja en el Centro de Lima y vive en Comas. Había calculado que venir al consultorio le costaba tres horas entre ida y vuelta, y que a la tercera semana iba a empezar a cancelar. Su miedo no era el tráfico: era que la terapia por pantalla fuera una versión descafeinada, algo que se hace cuando no se puede hacer lo bueno.
Es una creencia extendida y conviene desarmarla con precisión, porque en el otro extremo también hay un error: gente que insiste en atender por video casos que necesitan un consultorio, y que se pregunta por qué no avanza.
Lo que de verdad decide el resultado
Empiezo por la conclusión, porque es la parte que más tranquiliza: para la mayoría de los motivos de consulta frecuentes —ansiedad, ánimo bajo, estrés laboral, duelo, dificultades de pareja, autoestima, manejo de la ira— la psicoterapia por videollamada obtiene resultados comparables a la presencial. No es un parche de pandemia. Es una modalidad con respaldo clínico propio.
Ahora el mecanismo, que es lo que importa. Lo que hace que una terapia funcione no es la sala. Son tres cosas: que el tratamiento sea el adecuado para tu problema, que haya un buen vínculo de trabajo con el profesional (lo que en clínica llamamos alianza terapéutica: acuerdo en los objetivos, sensación de estar entendido, confianza para decir lo que da vergüenza) y que la persona haga entre sesión y sesión lo acordado. Ninguna de las tres depende de estar en el mismo ambiente. La alianza se construye por cómo escucha alguien, no por la distancia física.
Dicho eso, hay factores que la pantalla sí modifica: se pierde parte del lenguaje corporal, se pierde el control del entorno, y aparece un tipo de interrupción que en consultorio no existe. Esos factores son manejables, pero hay que manejarlos, y en algunos casos son decisivos. De eso va el resto del artículo.
Cuándo conviene la modalidad online
Por experiencia, la videollamada suele ser la mejor decisión en estos casos:
- Cuando el traslado es el enemigo. En Lima esto no es un detalle: si llegar te toma más de una hora en cada sentido, la modalidad presencial no es más eficaz, es más frágil. La terapia funciona por continuidad semanal, y el tráfico es la primera causa de sesiones perdidas que veo.
- Horarios imposibles. Turnos rotativos, jornadas partidas, mamás con niños chicos sin quién los cuide. Una sesión a las siete de la mañana o a las nueve de la noche desde tu casa es viable; ir al consultorio a esas horas, casi nunca.
- Movilidad reducida, embarazo avanzado, enfermedad, un familiar a cargo del que no puedes ausentarte varias horas.
- Vivir en provincia o en el extranjero. Muchos pacientes peruanos en el exterior quieren atenderse en su propio idioma y con alguien que entienda su contexto familiar. Ahí el online no es una alternativa: es la única opción razonable.
- La vergüenza que frena la primera cita. Esta la subestiman todos. Hay personas que llevan años postergando y que sí se animan a una videollamada porque no tienen que cruzar una sala de espera. Prefiero mil veces una primera sesión por video que una primera sesión que nunca ocurre. Y después, muchos pasan a presencial sin problema.
- Continuidad durante un viaje o una mudanza, para no cortar un proceso en marcha.
- Sesiones de seguimiento en la fase final de un tratamiento, cuando ya se está espaciando y el trabajo es de mantenimiento.
Cuándo conviene la modalidad presencial
Y acá van los casos en los que yo pediría consultorio, con el motivo de cada uno:
- Evaluaciones psicométricas. La mayoría de las pruebas están estandarizadas para una aplicación presencial y controlada. Aplicarlas por pantalla puede invalidar el resultado, y un informe con datos poco fiables es peor que no tenerlo.
- Evaluación y terapia con niños. Un niño de cinco años no sostiene una videollamada, y no debe hacerlo. Buena parte del trabajo infantil es juego, dibujo, material concreto y observación de cómo se mueve y se frustra ese chico en un espacio. Eso se hace en persona. Lo que sí funciona bien por video es la orientación a los padres, que en muchos casos es la mitad del tratamiento.
- Primeras sesiones cuando hay riesgo. Si hay pensamientos de no querer seguir viviendo, autolesiones o una crisis aguda, la primera atención debe ser presencial y con una red identificada. Ahí lo que se necesita es contención en el mismo espacio y coordinación rápida. Si estás en ese punto ahora: Línea 113, opción 5 del MINSA, 106 para emergencias, y urgencias del hospital más cercano.
- Cuadros graves con desorganización del pensamiento, consumo activo, trastornos alimentarios con compromiso físico. Suelen requerir un equipo, controles y coordinación con un médico psiquiatra.
- Cuando en tu casa no hay un espacio privado. Esta es, en el Perú, la razón práctica número uno. Casas compartidas, cuartos con hermanos, paredes delgadas, suegra en la sala. Si no puedes hablar de lo que de verdad te pasa porque alguien puede oírte, la sesión se vuelve una conversación editada, y una terapia editada no sirve. En ese caso el consultorio es tu único lugar privado, y vale cada minuto de traslado.
- Cuando te distraes o te desconectas con facilidad. Hay personas que frente a la pantalla se ausentan, revisan notificaciones o se disocian sin darse cuenta. La presencia física ancla.
- Terapia de pareja con conflicto alto. Cuando hay gritos, interrupciones constantes o riesgo de que la conversación se desborde, el terapeuta necesita poder regular el ritmo en la misma habitación. Por video eso es mucho más difícil, y una sesión que termina peor de lo que empezó hace daño.
Los requisitos que casi nadie menciona
Esta es la parte que marca la diferencia entre una terapia online que funciona y una que se siente tibia. No es la plataforma: son las condiciones.
- Cincuenta minutos sin interrupciones, agendados como una cita real. No es una llamada que atiendes mientras cocinas. Bloquéalo en el calendario, avisa en casa que no te toquen la puerta, y deja diez minutos antes y después.
- Audífonos. Suena menor y no lo es: mejoran lo que escuchas, evitan que se oiga la voz del terapeuta en el ambiente, y te permiten hablar más bajo.
- Un lugar donde nadie te escuche. Si no lo tienes en casa, se busca: el auto estacionado (con el motor apagado y sin manejar), una sala de reuniones vacía en el trabajo, un ambiente de un familiar. Que nadie te oiga es un requisito clínico, no un capricho.
- Conexión estable y el celular cargado. Si tu internet falla, usa datos móviles como respaldo.
- Cámara encendida y a la altura de los ojos. La imagen es información clínica: tu cara, tus manos, tu postura. Sin video, el profesional trabaja a ciegas y tú te escondes con más facilidad.
- Silenciar las notificaciones y cerrar el correo. El chat que aparece en pantalla se lleva la sesión.
- Un plan acordado por si algo se corta. En la primera sesión debe quedar definido: si se cae la llamada, quién llama a quién y por qué vía; qué número de contacto queda registrado; y —esto es importante— dónde estás físicamente durante la sesión y a quién se puede contactar si aparece una crisis. Un profesional que atiende online sin pedirte tu dirección y un contacto de emergencia no está haciendo bien su trabajo.
Lo demás de cómo se estructura ese primer encuentro, en cualquiera de las dos modalidades, está explicado en qué esperar de tu primera sesión de terapia.
La confidencialidad cuando la sesión es por video
La pregunta que la gente no se atreve a hacer: ¿quién puede ver esto?
Lo que corresponde exigir. Que la plataforma sea la que el profesional indique, con enlace privado por sesión, y no un grupo abierto ni una sala reutilizada donde puede entrar cualquiera con el enlace. Que las sesiones no se graben: ni por él ni por ti. La regla es simple: no se graba, y si alguna vez hubiera un motivo clínico o docente, se pide autorización por escrito y tú puedes negarte sin que eso afecte tu atención. Grabar por tu cuenta rompe el encuadre, y además pone tu propia intimidad en un archivo que puede perderse con el celular.
Dos cosas que en consulta digo siempre. La primera: no se hace terapia manejando. No es solo peligroso, es que la sesión toca temas que te descolocan y necesitas poder quedarte quieto con eso. La segunda: no se hace terapia caminando por la calle ni en una cafetería. Con gente alrededor no vas a contar lo que importa, y la persona de la mesa de al lado va a escuchar cosas que no le corresponden.
El alcance completo de lo que un psicólogo está obligado a guardar y los pocos límites que existen está desarrollado en el secreto profesional en psicología: qué se guarda y qué no. Vale la pena leerlo antes de la primera cita, sobre todo si lo que te frena es justamente ese miedo.
El formato mixto, que es lo que muchos terminan eligiendo
En la práctica, la pregunta del título tiene truco: casi nunca hay que elegir de forma definitiva.
La combinación que mejor funciona, y la que más recomiendo, es esta: evaluación inicial presencial, seguimiento mayormente online, y sesiones presenciales en momentos clave. La primera cita en persona permite una historia clínica más completa, ver a la persona entera, y construir el vínculo más rápido. Después, el trabajo semanal por video sostiene la continuidad, que es lo que de verdad produce el cambio. Y se reserva el consultorio para lo que lo necesita: una evaluación, una sesión de pareja difícil, un momento de crisis, o simplemente cuando la persona siente que necesita estar ahí.
En familias con niños suele ser al revés: el chico presencial, los padres por video. Funciona muy bien y ahorra traslados a gente que no los tiene.
Si ya empezaste y sientes que no te está funcionando
Antes de cambiar de modalidad, revisa si el problema es realmente la modalidad. Hazte estas preguntas con honestidad:
- ¿He tenido las condiciones mínimas? Es decir: privacidad, sin interrupciones, cámara encendida, sin celular. Si has hecho tres sesiones desde el auto con tu hijo en el asiento de atrás, no has probado la terapia online.
- ¿Termino las sesiones con la sensación de haber dicho lo que importaba, o me quedo en la superficie?
- ¿Hay algo que no le cuento a mi terapeuta porque alguien podría escucharme?
- ¿Me distraigo, me desconecto, mirando la pantalla?
- ¿Falta un plan y objetivos claros, o falta el formato?
Si los problemas son de los puntos 1 al 4, prueba tres sesiones presenciales y compara. Si el problema es el punto 5, cambiar de pantalla a consultorio no va a arreglar nada: eso se conversa con tu terapeuta, y si no se resuelve, se revisan los criterios de cómo elegir al psicólogo adecuado para ti.
Y dilo. Decirle a tu psicólogo «siento que por video no me llega igual» es material de sesión, no una queja incómoda. Un profesional serio lo agradece y ajusta.
Cómo decidir la tuya
Resumido en tres pasos que puedes hacer hoy:
- Mira tu motivo de consulta. Si se trata de un niño, de una evaluación con pruebas, de una situación de riesgo o de una pareja en conflicto alto: presencial. Si es ansiedad, ánimo, estrés, duelo, autoestima o crianza: cualquiera de las dos sirve.
- Mira tu logística real, no la ideal. Cuánto tardas en llegar, a qué hora puedes de verdad, y si tienes en casa un lugar donde nadie te escuche. Sé honesto: la modalidad que puedes sostener doce semanas gana a la que suena mejor.
- Empieza. Si dudas, pide la primera cita presencial y decide el resto con tu terapeuta al final de esa sesión, cuando ya tengan un plan.
En el Centro Psicológico Nueva Mente, en San Miguel, se atiende en ambas modalidades y puedes consultar cuál se ajusta mejor a tu caso al solicitar la primera consulta.
Agenda tu consulta en San Miguel
En el Centro Psicológico Nueva Mente atendemos de forma presencial en San Miguel, Lima, y también online por videollamada. Si algo de lo que leíste te resuena, escríbenos: la primera consulta sirve justamente para ordenar el panorama y saber qué tipo de acompañamiento necesitas.