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Terapia Cognitivo Conductual para mejorar la autoestima

Terapia Cognitivo Conductual para mejorar la autoestima

La baja autoestima se sostiene en una creencia nuclear y en reglas que la protegen, y no mejora repitiendo frases sino poniendo esas reglas a prueba y recuperando la información que uno descarta a diario.

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«¿Y qué pasó con el ascenso?»

«Ah, eso. Me lo dieron porque no había nadie más. La otra postulante estaba con licencia.»

Fabiana tiene 41 años, es ingeniera, lleva doce años en la misma empresa y acaba de contarme, en una sola frase y sin darse cuenta, el mecanismo completo de su problema. No es que le vaya mal. Es que cada dato bueno entra a la casa, se le busca una explicación externa y se lo saca por la puerta de atrás antes de que pueda ensuciar la conclusión.

Este artículo trata de cómo se desarma eso. No con frases de aliento, que no funcionan y a estas alturas ya lo sabes, sino con el modelo que se usa en terapia cognitivo conductual para trabajar autoestima, que es el que desarrolló Melanie Fennell y que tiene la virtud de explicar por qué los cumplidos rebotan.

La conclusión de fondo

En el centro de una autoestima baja hay una afirmación breve, absoluta y sobre uno mismo. No es un pensamiento del día; es una conclusión que la persona da por descontada, como quien da por descontado que el piso está abajo.

«No valgo.» «No soy suficiente.» «Soy un estorbo.» «Hay algo mal conmigo.» «No soy querible.»

Esas frases no aparecen de la nada. Se forman a partir de experiencias tempranas repetidas: comparaciones con un hermano, un padre imposible de satisfacer, burlas sostenidas en el colegio, un hogar donde el cariño llegaba solo cuando había resultados, la sensación de sobrar en una casa muy ocupada. También pueden instalarse después, en la adultez, tras una relación humillante o un despido vivido como veredicto.

Lo importante es que en su momento fueron una conclusión razonable. Un niño de siete años al que le dicen todos los días que es lento no tiene ninguna manera de concluir otra cosa. La creencia no es un error de razonamiento: es un resumen fiel de la información que había disponible entonces. El problema es que se quedó archivada como si fuera un hecho y nunca se volvió a revisar.

Las reglas que la protegen

Nadie puede vivir con «no valgo» encendido las veinticuatro horas. Así que la persona, sin decidirlo, construye un sistema de reglas para que eso no salte a la vista. Fennell las llama reglas para vivir y casi siempre tienen forma condicional:

  • «Si soy perfecta, no me van a rechazar.»
  • «Si nadie se molesta conmigo, estoy a salvo.»
  • «Si soy la que más trabaja, van a necesitarme.»
  • «Si no pido nada, no seré una carga.»
  • «Si no me arriesgo, no fracaso.»

Estas reglas funcionan. Ese es el punto que más cuesta aceptar. Fabiana es una profesional brillante justamente porque revisa todo cuatro veces; el perfeccionismo le ha dado resultados reales. Las reglas se sostienen porque pagan.

Lo que no se ve es la factura. Cansancio permanente, incapacidad de descansar sin culpa, imposibilidad de delegar, relaciones donde uno da mucho más de lo que recibe, y un radar hipersensible a cualquier señal de desaprobación. Muchas personas que viven así también arrastran una sensación de culpa que se activa por cualquier cosa, porque las reglas son tan exigentes que se incumplen todos los días.

El día que la regla se rompe

Mientras la regla se cumple, la creencia se queda dormida. El problema aparece cuando la vida hace lo que hace: un jefe nuevo que critica un informe, un embarazo que obliga a bajar el ritmo, una pareja que se va, una enfermedad, un error público, una jubilación.

Ahí la regla ya no se puede sostener, y la creencia se despierta entera. Es el momento en que la gente llega a consulta diciendo «yo antes no era así». Y no es que la autoestima se haya roto ese mes: es que se cayó el andamiaje que la venía tapando desde hace veinte años.

El circuito que se instala entonces es este: la persona anticipa el fracaso, se vuelve hipervigilante ante cualquier crítica, interpreta lo ambiguo como rechazo, se retira o se sobreexige, y después se autocritica por cómo lo hizo. Cada vuelta deposita una prueba más a favor de la creencia. Si quieres ver ese circuito descrito paso a paso, cómo la TCC descompone la cadena entre pensamiento y conducta lo explica con un caso seguido de inicio a fin.

Por qué las afirmaciones frente al espejo empeoran las cosas

Hay que decirlo con todas sus letras porque es el consejo más repetido de internet y uno de los pocos que tiene efecto documentado en la dirección contraria.

Cuando alguien con una creencia nuclear fuerte se para frente al espejo y repite «soy valiosa, soy suficiente, me amo», su propia mente hace lo que hace cualquier mente frente a una afirmación que no cree: produce contraargumentos. «¿Valiosa? ¿En serio? ¿Después de lo del viernes?» Y esos contraargumentos son mucho más creíbles que la frase, porque vienen con ejemplos.

El resultado es que la persona termina el ejercicio sintiéndose peor y con una prueba nueva: ni siquiera puede decirse algo bueno sin que le suene falso.

La alternativa no es una frase más grande. Es bajar el nivel de la afirmación hasta algo que sí se pueda sostener. En vez de «soy valiosa», algo como «hoy terminé el informe y respondí bien en la reunión». Concreto, verificable, chico. La autoestima no se levanta con declaraciones; se levanta con pruebas que se puedan sostener.

El registro de datos positivos

Este es el ejercicio central del modelo y también el más difícil de sostener. Consiste en anotar todos los días, durante varias semanas, entre tres y cinco datos que sean incompatibles con la creencia nuclear.

No son logros. Son datos. «Mi compañera me pidió opinión sobre su presentación.» «Me reí con mi hermana media hora.» «Cociné algo que salió bien.» «Le expliqué a la practicante cómo hacer el reporte y entendió.» «Dije que no a una reunión a las siete de la noche.»

Suena banal y no lo es, porque el sistema que hay que vencer es un filtro atencional que lleva décadas funcionando. Estas son las tres formas en que se sabotea el ejercicio, y aparecen las tres:

  • «Eso no cuenta.» Se descalifica el dato porque era fácil, porque cualquiera lo haría, porque era su trabajo.
  • «Fue casualidad.» Se atribuye a factores externos, como el ascenso de Fabiana.
  • «Sí, pero…» Se acepta el dato y se le agrega inmediatamente una compensación negativa.

En sesión, cuando aparece cualquiera de las tres, se detiene el ejercicio y se trabaja ahí mismo, porque ese momento exacto es el mecanismo en vivo. La instrucción práctica es sencilla: el dato se anota igual, aunque no te lo creas. No hace falta creérselo el día uno. El efecto no viene de la convicción, viene de la acumulación. A las cuatro o cinco semanas, leer treinta datos seguidos produce algo que ninguna frase produce.

La tarta de responsabilidad

Se usa cuando algo salió mal y la persona se adjudica el cien por ciento de la culpa, que es la operación automática de cualquier autoestima baja.

Funciona así. Primero se escribe el porcentaje de responsabilidad que uno se asigna: casi siempre 90 o 100. Después, antes de tocar la propia parte, se hace una lista de todos los demás factores que contribuyeron: la instrucción confusa, el plazo imposible, el error del otro equipo, la información que llegó tarde, el sistema que se cayó, la mala suerte. Se dibuja un círculo y se le va dando un pedazo a cada factor, dejando el propio para el final.

Lo que ocurre es previsible y funciona igual: cuando llega el turno de la porción propia, ya casi no queda espacio. Fabiana empezó con 100 % en un proyecto que se retrasó y terminó con 15 %, que además era una porción bastante razonable y sobre la que sí se podía hacer algo.

Este ejercicio no busca quitarte responsabilidad. Busca darte la que te corresponde, ni más ni menos, que es la única con la que se puede trabajar.

El criterio doble

Es la pregunta más simple del repertorio y la que más veces desarma a alguien en sesión: «si tu mejor amiga te contara exactamente esto, ¿qué le dirías?»

La respuesta siempre es distinta. Más suave, más justa, más razonable. Nadie le dice a su amiga «claro, es que eres un desastre». Le dice «estabas agotada», «te pasaron el proyecto con dos días», «cualquiera se hubiera equivocado ahí».

Ese contraste es el dato. Estás aplicando dos varas distintas: una para el resto del mundo y otra, mucho más dura, para ti. Y no porque seas objetiva contigo misma, sino porque la vara dura viene incorporada en la creencia.

El ejercicio de casa consiste en escribir la situación en tercera persona, como si le hubiera pasado a otra, responderla, y después leerse la respuesta. Es incómodo al principio y bastante eficaz después. Complementa bien lo que se trabaja en cómo manejar los pensamientos negativos sin pelearse con ellos, que es el otro frente que se abre en paralelo.

Los experimentos que ponen a prueba la regla

Todo lo anterior es trabajo de escritorio. Lo que de verdad mueve la creencia es romper la regla a propósito y ver qué pasa.

Si la regla es «si soy perfecta, no me rechazan», el experimento es entregar algo bueno pero no impecable y observar la reacción real. Si es «si no pido nada, no soy una carga», el experimento es pedir un favor pequeño. Si es «si no me arriesgo, no fracaso», el experimento es postular a algo para lo que no cumples el cien por ciento de los requisitos.

Se hacen igual que cualquier experimento conductual: se escribe antes la predicción concreta («van a notar el error y me lo van a hacer ver delante de todos») con su porcentaje de certeza, se hace, y se anota después qué ocurrió de verdad. Fabiana entregó un informe sin la cuarta revisión. Predicción: 85 % de que le devolvieran observaciones. Resultado: dos comentarios de forma y un «gracias, está claro».

Un experimento no derrumba una creencia de treinta años. Diez, sostenidos durante meses, empiezan a hacerle mella. Un proceso de este tipo suele tomar más tiempo que uno de ansiedad o pánico, porque no se está tratando un síntoma acotado sino una manera de leerse a uno mismo. En nuestro consultorio de San Miguel este trabajo se hace dentro de un proceso de terapia cognitivo conductual con objetivos revisados cada cierto número de sesiones, para que se pueda comprobar si hay avance real y no solo sensación de estar hablando.

«¿Y si de verdad tengo cosas malas?»

Sí las tienes. Todos. Y este es el malentendido que hay que aclarar antes de terminar: el objetivo de este trabajo no es que llegues a creer que eres maravillosa.

Una autoestima sana no es una opinión alta de uno mismo. Es una opinión completa: sé en qué soy bueno, sé en qué soy malo, y ninguna de las dos cosas define lo que valgo. La persona con autoestima baja no tiene una evaluación negativa de sí misma; tiene una evaluación global, y ese es el defecto. «Me equivoqué en el informe» es información. «Soy una inútil» es un juicio de identidad construido a partir de un informe.

La meta es pasar de juicios globales a descripciones específicas. De «soy un desastre» a «se me da mal organizarme y bien resolver problemas cuando aparecen». La segunda frase no es más bonita; es más exacta, y sobre todo es accionable.

Otro punto que conviene revisar antes de embarcarse en esto: si además hay falta de energía persistente, no disfrutas nada y llevas semanas así, puede que lo primero no sea la autoestima sino un cuadro depresivo, y el orden del tratamiento cambia. Vale la pena conversarlo en la evaluación inicial.

Qué puedes empezar esta semana

Tres cosas, y ninguna incluye espejos:

  1. Escribe tu regla. Completa esta frase varias veces hasta que una te incomode: «si yo ____, entonces ____». La que te haga sentir algo en el estómago es la buena.
  2. Empieza el registro de datos positivos hoy. Tres al día, en el celular, antes de dormir. Anótalos aunque te parezcan irrelevantes. Sobre todo si te parecen irrelevantes.
  3. Aplica el criterio doble una vez al día. Cuando te descubras diciéndote algo duro, escríbelo y al costado escribe qué le dirías a tu hermana si te lo contara ella.

Si además quieres trabajar la parte cotidiana de esto, hay un desarrollo aparte sobre hábitos que sostienen la autoestima en el día a día que funciona bien en paralelo con lo de acá.

Fabiana sigue revisando sus informes, aunque ahora tres veces y no cuatro, y todavía le cuesta contar el ascenso sin agregarle una explicación. La diferencia es que ahora se escucha hacerlo. Eso, en este tema, es más de la mitad del camino.

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