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Cómo controlar los pensamientos negativos de forma saludable

Cómo controlar los pensamientos negativos de forma saludable

El objetivo no es dejar de tener pensamientos negativos, porque eso no lo consigue nadie. Es que aparezcan sin arrastrarte: reconocer la distorsión, revisar la evidencia y seguir haciendo lo que ibas a hacer.

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«No pienses en eso, distráete». Es el consejo más repetido y el que peor funciona con los pensamientos negativos. Quien lo da tiene buena intención; el problema es que le está pidiendo a tu cabeza justo lo único que no sabe hacer.

Haz la prueba un minuto: intenta no pensar en un oso blanco. Lo que pasa es previsible. Para comprobar que no estás pensando en el oso, una parte de tu mente tiene que estar revisando si aparece, y al revisar lo trae. Con las preocupaciones reales ocurre exactamente lo mismo, solo que ahí el oso además te importa.

¿Se pueden eliminar los pensamientos negativos?

No, y tampoco es el objetivo. Todo el mundo tiene pensamientos desagradables, absurdos o catastróficos varias veces al día. Lo que marca la diferencia no es tenerlos, sino qué haces con ellos. El trabajo psicológico no busca borrarlos, sino quitarles peso: que aparezcan, que no te arrastren y que sigas haciendo lo que ibas a hacer.

Por qué intentar no pensar en algo lo vuelve más fuerte

Hay tres mecanismos detrás y conviene conocerlos, porque explican por qué el esfuerzo sincero de mucha gente termina empeorando las cosas.

El primero ya lo viste: para vigilar que un pensamiento no aparezca hay que buscarlo, y buscarlo lo mantiene activo. El segundo es el alivio. Cada vez que empujas el pensamiento fuera sientes un descanso momentáneo, y ese descanso enseña a tu cerebro que el pensamiento era peligroso y que hiciste bien en huir. Aprendes a tenerle miedo a una idea. El tercero es la importancia: dedicarle energía a algo le comunica a tu mente que ese contenido es prioritario, así que te lo vuelve a traer con más frecuencia.

La alternativa no es resignarse. Es cambiar de estrategia: en vez de sacar el pensamiento, aprender a mirarlo con calma y a evaluarlo.

Las distorsiones cognitivas más frecuentes (con ejemplos de todos los días)

La mayoría de los pensamientos que te hacen sentir mal no son mentiras completas: son atajos deformados. En terapia se les llama distorsiones cognitivas y casi todas caben en estas seis.

  • Catastrofizar: tu jefe te escribe un viernes a las siete de la noche «mañana conversamos» y a las nueve ya estás calculando cuánto te dura la liquidación.
  • Leer la mente: saludas a una amiga en el mercado, te contesta corto y das por hecho que está molesta contigo. Nunca se te ocurre que le duele la cabeza.
  • Todo o nada: comiste mal el martes, entonces «ya arruiné la semana», y el miércoles comes peor todavía.
  • Filtro mental: expones en el trabajo, nueve personas asienten y una revisa el celular; de camino a casa solo piensas en esa.
  • Personalización: tu hijo jala un curso y concluyes que eres mala madre, sin contar el cambio de colegio, el profesor nuevo ni la edad que tiene.
  • Razonamiento emocional: «me siento un inútil, entonces soy un inútil». El sentimiento se usa como prueba, cuando solo es un dato más.

Cuando estas distorsiones apuntan siempre hacia ti —eres tonto, molestas, no das la talla—, no estás ante un pensamiento aislado sino ante una forma de mirarte que se instaló hace tiempo. Ahí el trabajo se parece más a las estrategias para fortalecer la autoestima día a día que a discutir frase por frase.

Cómo cambiar pensamientos negativos: registrar y revisar la evidencia

El trabajo real es aburrido y por eso funciona. Se hace por escrito, porque en la cabeza los pensamientos se mueven demasiado rápido para examinarlos.

  1. Anota la situación en concreto: qué pasó, dónde, con quién. Sin interpretaciones todavía.
  2. Escribe el pensamiento tal cual apareció: «me van a botar», no «me sentí mal».
  3. Separa el hecho del pensamiento: el hecho es «me escribió a las siete»; lo demás lo pusiste tú.
  4. Busca evidencia a favor y en contra: qué datos reales sostienen esa idea y cuáles la contradicen.
  5. Formula una alternativa realista: no positiva, realista. La diferencia importa.

Ese último punto es donde casi todos fallan. La alternativa no es «todo va a salir bien», porque no te lo crees y tu mente lo rebate en dos segundos. La alternativa es «puede que quiera hablar del proyecto; si fuera un despido, normalmente avisa recursos humanos, y hasta el lunes no tengo forma de saberlo». Eso sí es sostenible.

Cuidado con confundir este examen con darle vueltas al asunto. Un registro tiene inicio y final; la rumiación no llega a ninguna parte y se disfraza de análisis. Si tu cabeza se queda horas repasando escenarios, primero conviene entender cómo dejar de sobrepensar las cosas, porque ningún registro funciona mientras el motor siga encendido.

Discutir el pensamiento o tomar distancia: dos caminos distintos

No todos los pensamientos se trabajan igual, y elegir mal el camino desgasta.

Cuando el pensamiento tiene contenido comprobable —«voy a reprobar», «nadie va a venir a mi cumpleaños»— se examina la evidencia y se busca una versión más ajustada. Ese es el terreno de la terapia cognitivo conductual y para qué sirve, el abordaje con más respaldo de evidencia para este tipo de problemas.

Cuando el pensamiento es repetitivo, absurdo o no se puede comprobar —«¿y si me pasa algo horrible?»— discutirlo es entrar a un debate infinito. Ahí se toma distancia: en lugar de responderle, lo etiquetas. «Estoy teniendo el pensamiento de que algo malo va a pasar». Suena a tontería, pero cambia tu posición: pasas de estar dentro del pensamiento a estar mirándolo. Y desde ahí puedes seguir con tu día aunque el pensamiento siga ahí de fondo.

Pensamientos intrusivos: tener la idea no significa querer hacerla

Esta parte casi nadie la habla, y produce mucho sufrimiento en silencio. Una madre reciente que tiene la imagen fugaz de que su bebé se cae. Alguien en un balcón al que le cruza la idea de saltar. Una persona creyente a la que le viene una blasfemia justo en misa.

Un pensamiento intrusivo es involuntario, aparece sin que lo llames y choca de frente con tus valores. Precisamente por eso te horroriza. Y ese horror es la mejor prueba de que va en contra de lo que quieres: quien de verdad desea hacer algo no sufre por pensarlo, lo planifica. La intención se acompaña de intención; la intrusión, de espanto.

El problema aparece cuando empiezas a comprobar: evitar la cocina, no cargar al bebé, buscar en internet si eres peligroso, pedirle a alguien que te confirme que no lo eres. Cada comprobación calma un rato y devuelve el tema más fuerte. Salir de ahí requiere dejar de responder al pensamiento, y eso suele necesitar acompañamiento.

¿Cuándo conviene tratarlo con un profesional?

Conviene consultar si los pensamientos negativos te ocupan buena parte del día, si te impiden dormir, si has empezado a evitar situaciones para no tenerlos, si aparecen imágenes que te asustan o si el contenido gira alrededor de hacerte daño. En ese último caso no esperes una cita: busca atención el mismo día o acude a emergencias de un hospital.

Un tratamiento estructurado con terapia cognitivo conductual trabaja precisamente esto, con registros, práctica entre sesiones y exposición cuando hace falta. En una evaluación inicial en San Miguel lo primero que se revisa es qué tipo de pensamiento es el que te está costando, porque de ahí depende todo lo demás.

Mientras tanto, sostener el sueño, el movimiento y los vínculos hace que los pensamientos pesen menos: es parte de cuidar tu salud mental todos los días, y una cabeza descansada discute mucho mejor consigo misma.

Un pensamiento no es un hecho ni una orden. Es una frase que tu mente produjo, y como toda frase, se puede examinar antes de obedecerla.

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