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Pareja

Problemas de comunicación sexual en la pareja: cómo abordarlos

Problemas de comunicación sexual en la pareja: cómo abordarlos

Hablar de sexo con la pareja es una habilidad que nadie nos enseñó: cuando falta, el mensaje sale igual por indirectas, ironías y silencios, y es justamente ahí donde se hace el daño.

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«¿Te gustó?» «Sí, todo bien.»

Esas seis palabras son, con toda literalidad, la conversación sexual completa que tienen muchas parejas con doce años de convivencia. Se dicen en voz baja, mirando al techo, y funcionan como la firma al pie de un documento que ninguno de los dos leyó.

Lo llamativo es que esas mismas dos personas hablan de todo lo demás sin problema. Negocian el presupuesto del mes, discuten el colegio de los hijos, deciden si conviene mudarse, opinan largamente sobre la mamá de él y sobre el vecino del cuarto piso. Y sobre lo que ocurre en su propio cuarto, nada: cero información intercambiada en años, salvo suposiciones.

Este artículo no trata de qué decir. Trata de por qué no se dice. De las barreras concretas que convierten una conversación de tres minutos en algo que se posterga media década, de los canales torcidos por los que la información sale igual, y de cómo se desbloquea la primera vez. El paso a paso de cómo formular un pedido para que no estalle nada está en el artículo sobre cómo plantear lo que necesitas sin que se convierta en pelea; acá vamos a lo que viene antes.

Nadie te enseñó a hablar de esto y aun así se supone que sabes

Empecemos por lo más básico y lo menos reconocido: hablar de sexo con la persona con la que te acuestas es una habilidad, y las habilidades se aprenden en algún lado. ¿Dónde ibas a aprender tú esta?

En casa no fue. En la mayoría de las familias peruanas el tema no existió como conversación; existió como silencio, como cambio de canal cuando aparecía una escena en la televisión, o como una advertencia dirigida solo a las hijas mujeres. En el colegio tampoco: hubo una charla, casi siempre separando a los chicos de las chicas, con láminas de aparato reproductor y una lista de enfermedades. Eso enseña biología, no conversación. Con los amigos se aprendió otro registro, el de la exageración y la burla, que sirve para la cancha y no sirve para las once de la noche con alguien a quien quieres.

Así, un adulto promedio llega a los treinta con dos vocabularios disponibles y ninguno usable: el clínico, que convierte cualquier frase en una consulta ginecológica, y el vulgar, que en boca de mucha gente suena agresivo o ridículo. Falta el registro del medio, que es el que hace falta: palabras propias, tranquilas, sin diminutivos infantiles y sin crudeza innecesaria.

La consecuencia se ve todo el tiempo en consulta: la persona intenta empezar la frase, no encuentra cómo nombrar lo que quiere nombrar, se traba y termina diciendo «nada, olvídalo». No fue falta de confianza. Fue falta de vocabulario, que es un problema bastante más fácil de resolver.

La barrera número uno: cualquier frase suena a calificación

De todas las barreras, esta es la que más consultas produce. En cualquier otro tema, un pedido es un pedido. En este, un pedido se escucha como una nota puesta a la persona.

«Me gustaría que fuéramos más despacio» sale de una boca como una preferencia y entra en el otro oído como «lo haces mal». «Me gustaría probar otra cosa» se recibe como «me aburres».

La razón de esa distorsión es que en la sexualidad el desempeño está pegado a la identidad. Nadie se siente menos hombre porque le digan que la sopa quedó salada. En cambio, para muchísimas personas, cualquier observación sobre lo que pasa en la cama toca directamente su valor como pareja y su capacidad de resultar deseable. El que habla lo intuye y se calla para no lastimar; el que escucha se pone a la defensiva antes de que la frase termine.

El asunto se agrava si el otro ya venía con dificultades. Cuando alguien atraviesa un problema de erección, de dolor o de orgasmo, hasta el comentario más cuidadoso cae sobre una herida abierta y confirma su peor temor. Ahí conviene entender primero qué le está pasando, porque el circuito de la autovigilancia tiene lógica propia y está descrito en el artículo sobre la ansiedad de desempeño y el evaluador interno.

Hay una diferencia de forma que cambia todo el resultado, y es tan simple que parece truco. Compara:

  • «No me gusta cuando haces eso.»
  • «Hay algo que a mí me encanta y casi no lo hacemos: cuando te quedas un rato así, sin apuro.»

La primera evalúa a la persona. La segunda describe lo que uno quiere. Dicen casi lo mismo y producen conversaciones opuestas.

La vergüenza que trajiste de la casa de tus papás

Muchas de las personas que no pueden hablar de esto con su pareja tampoco pueden hablarlo consigo mismas. La barrera no está en la relación: está instalada mucho antes.

Son reglas aprendidas sin que nadie las formulara en voz alta. Que el cuerpo se tapa. Que el placer propio es un tema sospechoso, sobre todo si eres mujer. Que las cosas «de casados» se hacen y no se comentan. Que si una mujer sabe lo que quiere, algo raro hay ahí. Que un hombre que necesita hablarlo no es tan hombre. Nadie las dijo así, pero se transmitieron perfecto, y treinta años después siguen operando en alguien que se considera moderno y jura que ya superó todo eso.

La señal más clara de que una de esas reglas está activa es corporal: se te cierra la garganta al intentar decir la frase. No es que no quieras hablarlo; es que el cuerpo se opone antes que la cabeza. Cómo se identifican y cómo se ponen a prueba está desarrollado en el artículo sobre las creencias aprendidas que siguen condicionando la intimidad.

Una precisión honesta: nadie tiene que renunciar a sus valores ni a su fe para poder conversar con su pareja. Lo que se revisa en terapia no son las creencias de fondo, sino las reglas automáticas que la persona nunca eligió y que hoy le impiden decir en su propia casa algo que quiere decir.

«Si tengo que pedirlo, ya no vale»

Esta frase merece un apartado propio porque es, de lejos, el mito más caro de todos. Se cree con una convicción impresionante y no resiste el primer examen.

Viene de un guion romántico conocido: si el otro me conoce de verdad, tiene que darse cuenta solo; pedirlo lo arruina. Suena bonito y funciona como una trampa perfecta, porque instala una condición imposible de cumplir.

Desármala con tres hechos. Primero: nadie adivina. Tu pareja no tiene acceso a tus sensaciones, y lo que a la persona anterior le encantaba puede resultarte incómodo a ti. Segundo: las preferencias cambian con los años, con un embarazo, con la edad, con la medicación; lo que funcionaba a los veinticinco puede no servir a los cuarenta y no hay manera de saberlo por telepatía. Y tercero, el más incómodo: muchas veces uno mismo tampoco sabe con precisión qué quiere, lo va descubriendo, y lo descubre mucho más rápido si puede hablarlo.

Además, la creencia se contradice sola. Nadie espera que su pareja adivine qué quiere almorzar ni qué regalo quiere para su cumpleaños. En todos esos rubros pedir es normal y no le quita romanticismo a nada. Solo en este se exige adivinación.

Y hay un costo escondido: esperar a ser adivinado fabrica resentimiento. Pasan los meses, el otro no adivina (obviamente), y cuando por fin se habla, ya no sale un pedido: sale un reclamo con dos años de intereses acumulados. Es la manera más eficaz de garantizar que la primera conversación termine en pelea.

Por dónde sale la información cuando no hay conversación

Acá conviene entender algo: el mensaje sale igual. Siempre sale. Lo que cambia es el canal, y los canales alternativos hacen bastante daño.

  • La indirecta. «Qué raro, hoy estás cariñoso.» Parece un comentario liviano y comunica un reproche completo. El otro lo capta perfecto, no puede responderlo sin quedar mal y se guarda la molestia.
  • La ironía, sobre todo en público. La broma en la reunión familiar sobre lo poco que pasa en esa casa. Quien la dice cree que suavizó el tema con humor; quien la recibe la vive como una humillación con testigos.
  • La queja desplazada. La discusión de tres días por la ropa tirada o por la plata, que en realidad es por otra cosa. Como el tema verdadero no se nombra, se pelea eternamente por temas falsos que nunca quedan resueltos.
  • La evitación física. Acostarse a horas distintas, quedarse con el celular hasta que el otro duerma, dejar de dar besos que podrían malinterpretarse. Comunica muchísimo y no permite ninguna respuesta.
  • El silencio con castigo. Un no seco, sin explicación, repetido. El otro no sabe si fue esa noche, si fue algo que hizo o si es la relación entera.

Todos estos canales comparten un defecto de diseño: transmiten el contenido en un formato que solo puede recibirse como ataque. La respuesta es defensiva, la conversación termina mal, y los dos aprenden que tocar el tema equivale a pelear. La próxima vez lo evitan más. Ese es el circuito que hay que romper, y es el mismo que explica por qué ciertas discusiones se repiten con distinto disfraz durante años.

Lo que el silencio construye en tres años

Existe la idea de que callarse conserva la relación. No la conserva: la reemplaza por una versión inventada. Cuando falta información, la cabeza la completa. Cada uno se arma una teoría del otro, la sostiene con la evidencia que va encontrando y, como nunca la verifica, la teoría se endurece.

Karina y Renzo llevaban cuatro años sin tocar el tema. Ella estaba convencida de que él ya no la buscaba porque su cuerpo había cambiado después del segundo hijo. Él estaba convencido de que ella se había apagado y que insistir era molestarla. Ninguno se acercaba, cada uno por cuidar al otro, y cada acercamiento que no ocurría confirmaba la hipótesis del otro. La primera sesión conjunta en la que escucharon lo que el otro creía terminó con los dos riéndose de alivio y con algo de rabia por el tiempo perdido.

Ese caso no tiene nada de excepcional; es casi la norma. Y deja una moraleja que conviene subrayar: la interpretación siempre es peor que la realidad, porque se construye con el material del propio miedo. Cuando además cada uno tiene un ritmo distinto y nadie lo nombra, la distancia se instala sola; ese escenario está trabajado en el artículo sobre cuando uno quiere y el otro no.

El marco importa más que las palabras

Buena parte de las conversaciones sobre este tema fracasan por dónde y cuándo se dieron, no por lo que se dijo. El contenido puede ser impecable y aun así naufragar si el marco está mal elegido.

Las condiciones que hacen la diferencia son bastante concretas:

  1. Fuera de la cama y lejos del momento. No después de un encuentro que no salió bien, no a las once de la noche, no desnudos. En ese contexto todo se escucha como evaluación de lo que acaba de ocurrir. Sirve mucho caminar: lado a lado, sin mirarse a la cara.
  2. Avisando antes. «Quiero conversar algo de nosotros, no es un reclamo ni pasó nada. ¿El domingo en la mañana?» El aviso evita que el otro entre en modo defensa desde la primera frase.
  3. Corta y sin balance de agravios. Diez minutos, no dos horas. Nada de «siempre», nada de «nunca», nada de «desde la luna de miel». Un solo tema por conversación, y del presente.
  4. En positivo y en primera persona. Qué te gustaría más, no qué está mal. La diferencia entre «me encantaría que tuviéramos más tiempo sin apuro» y «ya nunca me dedicas tiempo» es la que hay entre una propuesta y una acusación.
  5. Con una pregunta al final. «¿A ti cómo te viene pasando?» Si es un monólogo con evaluación incluida, no es una conversación: es un informe de desempeño.

Un formato que funciona bien como tarea: cada uno escribe por separado tres cosas que le gustan mucho, dos que le gustaría probar y una que no le acomoda. Se intercambian los papeles y se comentan después. Escribir salta la barrera de la garganta cerrada, y que los dos entreguen algo elimina la sensación de ser el único examinado.

Cuando el que escucha se desarma

Falta la otra mitad: escuchar esto también es una habilidad, y de ella depende que exista o no una segunda conversación.

Lo que hace el que escucha, casi sin querer, es defenderse en los primeros diez segundos. «Pero si tú tampoco...», «yo lo hago porque tú...», «entonces todo este tiempo estabas fingiendo». Es comprensible y es letal: el que habló acaba de hacer algo que le costó muchísimo y recibe una factura por hacerlo. No lo va a repetir.

Tres cosas ayudan del lado de quien recibe. No responder en el momento; se vale decir «déjame pensarlo, mañana te digo». Preguntar en vez de justificarse, aunque sea con un simple «cuéntame más». Y agradecer que te lo hayan dicho, aunque duela, porque lo que acaba de pasar es que alguien confió en ti con la parte más frágil que tiene.

Y si la conversación salió mal, se repara al día siguiente. «Ayer no supe recibirlo, me puse a la defensiva. Quiero que me lo vuelvas a contar.» Esa frase, dicha una sola vez, arregla más que diez conversaciones bien planificadas. En nuestro consultorio de San Miguel, buena parte del trabajo en terapia de pareja consiste justamente en sostener estas primeras conversaciones con alguien en la sala, porque en casa se descarrilan en el primer minuto y entonces nadie quiere una segunda.

Hay un límite que conviene nombrar con claridad. Si cada vez que intentas abrir el tema recibes burla, desprecio o castigo durante días, o si tu pareja insiste después de que dijiste que no, presiona o te hace sentir que se lo debes, eso ya no es un problema de comunicación y no se resuelve mejorando la forma de pedir. Es coerción dentro de la relación, se aborda de otra manera y conviene consultarlo de forma individual antes que en pareja. Si hay miedo o violencia física de por medio, corresponde buscar ayuda ese mismo día.

Tu primera conversación de tres minutos

No apuntes a la conversación definitiva. Apunta a la primera de muchas, que es corta y bastante menos épica de lo que temes.

  1. Escribe para ti antes de hablar con nadie. Tres líneas: qué extraño, qué me gusta y no lo digo, qué me cuesta nombrar. Si al escribirlo se te traba la mano, el problema es tuyo con el tema y no con tu pareja; ese es un buen dato.
  2. Elige el momento esta semana. Domingo en la mañana, caminando o en el carro. Nunca de noche ni en el cuarto.
  3. Ten lista la primera frase. Por ejemplo: «Hay algo de nosotros que quiero conversar hace tiempo y me da vergüenza, así que lo voy a decir mal. No es una queja.» Empezar reconociendo la incomodidad desarma casi cualquier defensa.
  4. Un solo tema y diez minutos. Se corta antes de que se ponga tenso, no después.
  5. Acuerden repetirlo una vez al mes. Lo que se conversa seguido deja de ser un tema grave y pasa a ser un tema más.
  6. Si dos intentos terminan en pelea, no insistas solo. Ahí no falla el tema sino el modo en que ustedes discuten, y eso se trabaja con ayuda.

Muchas parejas descubren, la primera vez que logran hablarlo sin que se caiga la casa, que el contenido era mucho menos grave de lo que suponían: dos o tres preferencias distintas, algo de cansancio y bastante mala interpretación acumulada. Lo pesado nunca fue lo que había que decir. Fue el peso de los años que se pasaron sin poder decirlo.

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