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Pareja

Diferencias de deseo en la pareja: cuando uno quiere y el otro no

Diferencias de deseo en la pareja: cuando uno quiere y el otro no

Las diferencias de deseo son habituales y tratables. La clave está en entender el deseo responsivo, quitar frenos antes de buscar ganas y romper el ciclo de presión y evitación que desgasta a los dos.

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«Ya ni lo intento, porque sé que va a decir que no.» Lo dice él, mirando al piso. Y ella, al lado, responde algo que él nunca había escuchado así: «Yo no digo que no a ti. Digo que no a que sea otra cosa que tengo que cumplir hoy.»

Esa escena la he visto decenas de veces, con los roles en cualquier orden, porque no es un tema de hombres y mujeres: es un tema de dos personas con ritmos distintos que llevan años interpretándose mal. Y llega a consulta muy tarde, cuando ya se acumularon cinco o seis años de silencio, porque esto no se conversa con nadie. Se aguanta y se supone.

Que uno quiera más que el otro es la norma, no la excepción

En casi todas las parejas estables hay una diferencia de deseo. No es una anomalía, no es una señal de que la relación fracasó y no significa que alguien esté roto. Dos personas distintas, con distinta carga laboral, distinto reloj, distinta historia y distinto cuerpo, no van a tener ganas al mismo tiempo y con la misma frecuencia. La pregunta clínica útil no es «¿tenemos la misma frecuencia?», sino «¿esta diferencia se puede conversar o se convirtió en una herida?».

Y ahí está el punto: el sufrimiento casi nunca viene de la diferencia, viene del significado que cada uno le pone. Quien tiene más ganas concluye «no me desea, algo malo tengo». Quien tiene menos concluye «solo me busca para eso, no le interesa cómo llego yo». Los dos se sienten rechazados al mismo tiempo y ninguno lo sabe del otro. Ese cruce es lo que hay que desarmar, y se puede desarmar.

Dicho sea de paso: no existe un número que indique salud. Lo normal es lo que a los dos les acomoda, y lo que hay que trabajar es la distancia entre lo que uno quiere y lo que el otro puede, no la comparación con nadie.

Deseo espontáneo y deseo responsivo: el malentendido que dura años

Este es el concepto que más matrimonios he visto reordenarse con una sola explicación.

Hay personas cuyo deseo aparece antes: se les ocurre solo, sin estímulo particular, en medio del día, y llegan a la situación ya con ganas. Es lo que se llama deseo espontáneo, y es el que retratan las películas, de modo que casi todos crecimos creyendo que ese es el único deseo que existe.

Y hay personas cuyo deseo aparece durante: no sienten ganas de antemano, no se les ocurre, si les preguntas a las siete de la tarde te dicen honestamente que no; pero si hay un contexto tranquilo, cercanía, tiempo, sin presión, el deseo se enciende en el camino. Eso es deseo responsivo, y es completamente normal. Es muy frecuente en relaciones de años y es más habitual —aunque no exclusivo— en mujeres.

Ahora mira lo que pasa cuando uno de cada tipo vive junto sin saber esto. El de deseo espontáneo pregunta, obtiene un «no» sincero y concluye desinterés. El de deseo responsivo se escucha decir «no» y concluye que algo le falla, porque nunca siente ganas primero. Los dos están midiendo el deseo responsivo con la vara del espontáneo, y así el responsivo siempre queda como defectuoso.

El cambio práctico que produce entender esto es enorme: la pregunta deja de ser «¿tienes ganas?» y pasa a ser «¿estarías dispuesta a que nos quedemos un rato juntos, sin que tenga que llevar a nada?». Son preguntas distintas y se responden distinto.

Frenos y aceleradores: empieza por los frenos

Una imagen que uso siempre en consulta: el deseo funciona como un auto con acelerador y con freno. Los aceleradores son las cosas que lo encienden. Los frenos son las cosas que lo apagan. Y aquí está lo importante: si el freno está pisado, no importa cuánto aceleres. El auto no avanza.

La mayoría de las parejas gasta toda su energía buscando aceleradores —el viaje, la lencería, la sorpresa, el hotel— y ninguna en soltar frenos. Y en la práctica clínica, soltar frenos rinde mucho más. Los frenos que aparecen una y otra vez:

  • El cansancio real. No el cansancio metafórico: haber salido a las 6:20, dos horas de tráfico, ocho horas de trabajo, y llegar a hacer tareas y a lavar. El deseo es de los últimos sistemas en encenderse cuando el cuerpo está en modo supervivencia.
  • La carga mental. Quien lleva en la cabeza la lista completa de la casa —qué falta, quién tiene control médico, qué hay que pagar— no puede apagarla a voluntad a las diez de la noche. Esto no se arregla con romanticismo, se arregla repartiendo la lista.
  • El enojo acumulado. Resentimiento sin conversar es el freno más potente que existe. Nadie se acerca con el cuerpo a quien siente que la dejó sola el domingo.
  • La falta de intimidad no física. Cuando en toda la semana no hubo una sola conversación que no fuera logística, el cuerpo lo nota.
  • La imagen corporal. Después de un embarazo, de una cirugía, de un cambio de peso, muchas personas se retiran no por falta de ganas sino por incomodidad consigo mismas.
  • El miedo al rechazo. Quien recibió muchos «no» deja de proponer, y quien siente que cada acercamiento es una prueba que puede fallar, se aleja.
  • El dolor físico o la incomodidad. Nunca es psicológico por descarte. Si hay molestia física, eso se evalúa médicamente y punto.

Si el estrés es el freno principal, ahí hay un trabajo específico que va más allá de este tema y lo desarrollé en cómo el estrés que viene de fuera desgasta la relación.

El ciclo de presión y evitación: por qué empeora solo

Este es el mecanismo que mantiene el problema, y casi siempre se instala sin que nadie lo elija.

Uno de los dos siente distancia y se acerca. El otro no está disponible en ese momento y dice que no. El primero se siente rechazado, y como se siente rechazado, insiste más, o pregunta más seguido, o hace comentarios («ya van tres semanas», «con razón, ya ni te importo»). El segundo empieza a sentir que cada gesto de cariño es una solicitud, así que evita el contacto para no tener que negarse: ya no lo abraza en la cocina, ya no se acuesta a la misma hora, se queda con el celular hasta que el otro se duerme. Al desaparecer esos gestos, el primero se siente aún más rechazado y aumenta la presión.

El resultado es que los dos terminan con menos cariño físico del que tenían, los dos se sienten rechazados y los dos creen que el problema es del otro. Y hay un detalle cruel: cuanto más se presiona, menos deseo aparece, porque la presión es en sí misma un freno. El que empuja está apagando exactamente lo que quiere encender.

Romper ese ciclo es el primer objetivo terapéutico, y por eso el trabajo suele empezar por algo que sorprende a la gente: bajar la exigencia. No subir la frecuencia.

Qué hacer: bajar la presión y recuperar contacto sin agenda

Cuatro movimientos concretos, en este orden.

1. Separar el cariño físico de cualquier expectativa. Es la intervención más importante y la más incómoda al inicio. Se trata de recuperar el contacto cotidiano —el abrazo largo, tomarse de la mano, dormir cerca, un beso que no sea de despedida— con un acuerdo explícito de que eso no es una antesala de nada. Cuando quien tiene menos ganas comprueba, durante varias semanas, que un abrazo es solo un abrazo, el cuerpo se relaja y el deseo responsivo tiene por dónde aparecer. Si el cariño siempre es una solicitud encubierta, no hay manera.

2. Hablar del tema fuera del dormitorio y fuera del momento. Nunca a los dos minutos de un «no», nunca a oscuras, nunca desnudos. Un domingo en la mañana, caminando, tomando un café. La conversación no es «tenemos que hacerlo más seguido»; es «quiero entender cómo llegas tú al final del día y qué te ayudaría a estar más cerca». Las herramientas generales para sostener estas conversaciones sin que se conviertan en pelea están en el artículo sobre cómo mejorar la comunicación en la pareja; acá basta con no hacerlo en caliente.

3. Acordar cómo se dice que no. Esto cambia casas enteras. Un «no» seco duele, y el que lo recibe lo interpreta como rechazo a su persona. Un «no» con dos piezas cambia todo: qué está pasando y cuándo sí. Por ejemplo: «Hoy no puedo, estoy vaciada; mañana temprano sí, quedémonos en la cama antes de que despierten los chicos». O «no tengo ganas ahora, pero quédate acá conmigo, quiero estar contigo». La regla la propongo así: quien dice que no ofrece cercanía de otra forma, y quien recibe el no lo acepta sin cobrarlo después. Cobrarlo con cara larga tres días es lo que enseña al otro a evitar el tema por completo.

4. Hacer espacio de verdad. Suena poco romántico y es lo que funciona: en una pareja con hijos pequeños, trabajo y Lima de por medio, la cercanía necesita hora y lugar. Muchas parejas descubren que su ventana real no es la noche —cuando los dos están destruidos— sino la mañana del sábado o el rato después del almuerzo del domingo. La espontaneidad de los veinte años no se recupera con voluntad; se reemplaza por planificar la disponibilidad, que es distinto y no le quita nada.

El deseo baja donde hay resentimiento

Hay un grupo de casos en los que el deseo no es el problema: es el síntoma. Y suele ser evidente cuando uno pregunta por el resto de la relación.

Si hay un reparto de tareas que una de las dos personas siente profundamente injusto; si hay una conversación pendiente de hace tres años; si uno se siente permanentemente criticado; si hubo una traición que nunca se reparó; si la sensación de fondo es «yo aquí no importo», entonces trabajar solo la parte física no va a rendir. El cuerpo es bastante honesto: no se abre donde no hay seguridad emocional.

En esos casos, lo que hay que reconstruir es el vínculo cotidiano —responder al otro, reconocerlo, tener rituales propios, sostener la curiosidad—, y eso tiene su propio terreno en cómo fortalecer el vínculo emocional en la pareja. Cuando eso mejora, muy a menudo el deseo se mueve solo, sin haberlo trabajado directamente.

Y hay un límite que quiero decir con claridad. Nadie tiene una deuda física con su pareja. La insistencia sostenida, el chantaje («si no lo hacemos, voy a buscar en otro lado»), la culpa como herramienta o cualquier forma de presión que no admita un no, no son diferencias de deseo: son coerción. Si en tu relación un no no está permitido, eso no se resuelve con estas estrategias; revisa las señales de una relación tóxica y cómo salir de ella y ten presente la Línea 100 del MIMP, que atiende gratis todos los días.

Cuándo esto se evalúa con un médico

El deseo no es solo psicológico, y saltarse esta parte hace perder meses. Conviene una consulta médica cuando:

  • La caída fue brusca y sin un motivo de vida que la explique. Los cambios graduales suelen tener causas de contexto; los cambios de un mes a otro merecen revisión.
  • Hay dolor o molestia física en el contacto. Nunca se asume que es psicológico.
  • Coincide con el posparto, la lactancia, la perimenopausia o la menopausia, con un problema de tiroides, con anemia, con diabetes o con dolor crónico.
  • Hay fatiga marcada, cambio de peso, caída de cabello o alteraciones del sueño junto con la baja de deseo.
  • Estás tomando un tratamiento. Algunos medicamentos, entre ellos varios de uso frecuente en salud mental y en presión arterial, pueden afectar el deseo. Eso no se suspende ni se ajusta por cuenta propia ni por consejo de internet: se conversa con el médico que lo indicó, que es quien puede evaluar alternativas. Yo, como psicóloga, no toco eso, y hago bien en no tocarlo.

La combinación que mejor funciona en estos casos es justamente esa: descartar lo médico con el médico, y trabajar lo relacional en terapia.

«¿Esto significa que ya no me quiere?»

Es la pregunta que está detrás de casi todas las consultas por este tema, y merece respuesta directa: no necesariamente, y en la mayoría de los casos que veo, no.

Amor y deseo no son el mismo sistema. Puede haber muchísimo amor con poco deseo, y también lo contrario. Que tu pareja no tenga ganas los martes no dice nada sobre cuánto le importas; dice algo sobre su cansancio, su carga, su forma de encender el deseo y el estado del vínculo esta temporada. Lo que sí sería una señal de alerta no es la baja frecuencia: es la desaparición completa de la cercanía, el fastidio ante cualquier contacto, el desprecio y la falta total de interés en conversarlo. Eso es otra cosa y sí merece atención.

Y al revés, para quien tiene menos ganas: pedir cercanía no te convierte en objeto ni la insistencia de tu pareja significa por sí sola que solo le interesa eso. Muchas veces el que empuja está pidiendo algo que no sabe nombrar, que es sentirse elegido.

En consulta, en San Miguel, el patrón que más vemos es este: dos personas que se quieren, con años de malentendido acumulado, cada una convencida de que el problema es propio y sin haberlo dicho nunca en voz alta.

Qué puedes hacer esta semana

  1. Elige un momento neutro y abre el tema con una sola frase, sin reproche: «Quiero conversar de algo que hace tiempo no conversamos, y no vengo a reclamar nada.» El objetivo de esa primera charla es entenderse, no acordar nada.
  2. Identifica los dos frenos principales de cada uno y ataca uno solo. Si es la carga mental, repartan la lista concreta esta semana. Si es el cansancio, muevan la ventana horaria.
  3. Acuerden la forma del no y respétenla los dos: quien dice no ofrece cercanía de otro modo, quien lo recibe no lo cobra después.
  4. Recuperen el contacto sin agenda durante dos o tres semanas, con el acuerdo explícito de que no lleva a nada. Es la base de todo lo demás.

Si llevan más de seis meses en el ciclo de presión y evitación, si el tema ya no se puede conversar sin pelea o si uno de los dos está pensando en irse por esto, es razonable buscar ayuda; en el artículo sobre cuál es el mejor momento para buscar ayuda como pareja explico los criterios. Y si prefieren empezar acompañados, en el Centro Psicológico Nueva Mente pueden solicitar una primera consulta, individual o en pareja, para trabajar este tema con la seriedad que merece.

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En el Centro Psicológico Nueva Mente atendemos de forma presencial en San Miguel, Lima, y también online por videollamada. Si algo de lo que leíste te resuena, escríbenos: la primera consulta sirve justamente para ordenar el panorama y saber qué tipo de acompañamiento necesitas.

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