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¿Por qué la ansiedad produce mareos?

¿Por qué la ansiedad produce mareos?

El mareo de la ansiedad es una sensación de inestabilidad o irrealidad producida por respirar de más, tensión cervical y atención puesta en el equilibrio; el vértigo giratorio verdadero es otra cosa.

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«No es que todo dé vueltas, doctora. Es como si el piso se moviera un poquito, o como si yo estuviera caminando sobre un colchón. Y en el supermercado, entre los pasillos, es lo peor».

Así lo describió una mujer de treinta y tres años que había ido dos veces a emergencias y ya tenía tomografía, resonancia y evaluación por otorrino. Todo normal. Llevaba cinco meses así y había dejado de hacer tres cosas: manejar por la Costa Verde, ir sola al mercado y subir al bus en hora punta.

Ese relato lo escucho varias veces al mes, casi con las mismas palabras. El mareo es uno de los síntomas de ansiedad más frecuentes y de los que más miedo producen: sentir que puedes perder el equilibrio en plena calle toca algo muy básico. Cuando entiendes el mecanismo, el síntoma pierde la mitad de su fuerza. El recorrido por el resto del cuerpo está en los síntomas físicos de la ansiedad; aquí vamos solo al mareo.

Qué tipo de mareo produce la ansiedad

Lo primero es afinar la palabra, porque en español usamos «mareo» para cosas muy distintas y esa confusión hace que la gente busque en el lugar equivocado.

La ansiedad produce, típicamente, alguna de estas cuatro sensaciones:

  • Inestabilidad. Sensación de irte de lado, de necesitar apoyarte, de piernas que no responden del todo. Peor al caminar, mejor al sentarse.
  • Sensación de flotar. Como si la cabeza estuviera separada del cuerpo, o como caminar sobre un colchón, sobre arena o sobre un barco.
  • Cabeza liviana o vacía. La sensación de que te vas a desmayar, sin desmayarte nunca.
  • Irrealidad. Ver el mundo a través de un vidrio o con un ligero retraso, sentir que las cosas no son del todo reales. Asusta muchísimo y es benigno.

Y hay algo que la ansiedad casi nunca produce: vértigo giratorio verdadero. El del oído interno se reconoce sin dificultad: el cuarto gira o tú giras, es intenso, obliga a quedarse quieto, empeora con movimientos concretos de la cabeza y suele venir con vómito y a veces con zumbido o pérdida de audición.

Otros dos rasgos ayudan. El mareo de la ansiedad tiende a ser continuo y de bajo grado: de fondo casi todo el día, semanas o meses, con momentos peores. Y tiene contextos: supermercados, centros comerciales, buses llenos, colas largas, autopistas, pasillos con luz fluorescente. No es casualidad: mucha información visual, poca referencia fija o difícil salida.

El mecanismo principal: estás respirando un poquito de más

Aquí está la explicación central, y es física, no psicológica.

Cuando estás en alerta respiras un poco más rápido y un poco más arriba del pecho de lo que tu cuerpo necesita. No es jadear —eso se nota—, es un exceso pequeño y sostenido durante horas. Al respirar de más eliminas más dióxido de carbono del que produces, y el CO2 en sangre baja.

Ese CO2 bajo tiene un efecto directo: los vasos sanguíneos del cerebro se estrechan y llega algo menos de flujo a la corteza. No es peligroso ni daña nada, y el cuerpo lo tolera perfectamente, pero produce exactamente esto: cabeza liviana, sensación de irrealidad, visión rara, dificultad para concentrarse e inestabilidad. También hormigueo en las manos y alrededor de la boca, que es la pista que confirma el mecanismo. Y añade un fenómeno contraintuitivo: sensación de que te falta el aire, que empuja a respirar todavía más profundo, lo que baja más el CO2 y aumenta el mareo.

Un detalle útil: la hiperventilación crónica se detecta más por los suspiros que por la velocidad. Si te descubres suspirando o bostezando muchas veces por hora, ahí está tu explicación; lo mismo si respiras por la boca o si el pecho y los hombros se levantan con cada inhalación.

El paso a paso para corregir el patrón está en las técnicas de respiración para reducir la ansiedad. Aquí importa la lógica: no te falta aire, te falta CO2. La corrección es respirar menos y más lento, no más profundo.

Los otros tres caminos

La hiperventilación explica la mayoría de los casos, pero rara vez viaja sola.

1. Tensión cervical. Tu sentido del equilibrio se construye con tres fuentes: el oído interno, la vista y los receptores de posición de músculos y articulaciones, muy concentrados en el cuello. Cuando el cuello y los trapecios llevan meses contracturados —alerta permanente, laptop, tráfico de Lima agarrando el timón—, esos receptores envían información distorsionada. El cerebro recibe tres versiones que no coinciden, y esa discrepancia se siente como inestabilidad. Es el mismo principio del mareo por movimiento: el sistema no se pone de acuerdo.

2. Hipervigilancia del equilibrio. Mantenerse de pie funciona bien porque no lo miras. Desde el día en que empezaste a vigilar si te estabas mareando, el proceso se volvió consciente, y lo consciente es más torpe: es lo que pasa si te pones a pensar cómo mueves los pies al bajar una escalera. Muchos pacientes cuentan que el mareo desaparece cuando están concentrados en algo —un partido, una conversación intensa, cocinar— y vuelve al primer momento de calma. Eso no significa que sea inventado: significa que la atención es parte del mecanismo.

3. Cambios de presión y estómago vacío. Todo el mundo tiene una pequeña caída de presión al pararse de golpe; es normal. Lo que cambia con la ansiedad es la interpretación: donde antes había un segundo de nubosidad que ni registrabas, ahora hay una alarma. Se agrava con calor, con poca agua y sobre todo si no comes: el estómago cerrado por ansiedad hace que la gente se salte comidas, y llegar a las tres de la tarde sin haber comido produce mareo de manual. Si tu estómago está siempre revuelto, el mecanismo está en si la ansiedad puede causar problemas digestivos.

Por qué el mareo y el miedo se alimentan

Este círculo es el que convierte un síntoma molesto en un problema que dura meses:

  1. Me mareo un poco, por cualquiera de los mecanismos de arriba.
  2. Me asusto e interpreto: me voy a desmayar, algo tengo en la cabeza, me va a pasar algo aquí en medio de la gente.
  3. El susto activa el cuerpo: adrenalina, y con ella respiración más rápida y superficial.
  4. Baja más el CO2 y el mareo aumenta.
  5. El aumento confirma el miedo: «ves, está empeorando».
  6. Y toda mi atención se queda pegada al equilibrio, lo que amplifica cada oscilación normal.

Es un circuito cerrado que se sostiene solo, sin que ocurra nada nuevo en el cuerpo. Y ahí está la buena noticia: si es la interpretación la que lo alimenta, cambiar la interpretación lo desarma.

Dos cosas que la gente teme y casi nunca ocurren. Con este tipo de mareo casi nadie se desmaya, porque en la ansiedad la presión tiende a subir y para desmayarse tiene que caer. Y nadie se cae: la sensación de irse de lado no se corresponde con una pérdida real de equilibrio, y por eso los familiares suelen decir que no notaron nada raro. Si esto sube en minutos hasta un pico de terror con sensación de muerte inminente, estamos en el terreno del ataque de pánico, explicado en qué son y cómo actuar durante uno.

Qué hacer en el momento

Cuando el mareo está encima, el objetivo no es hacerlo desaparecer: es no alimentarlo. Cinco cosas, en este orden:

  1. Frena la respiración. No respires hondo: respira lento y por la nariz, con la boca cerrada, dejando la exhalación más larga que la inhalación. Si te sirve la imagen: respira poco, como si quisieras que nadie note que estás respirando. Eso sube el CO2, que es lo que falta.
  2. Ancla la vista en un punto fijo a unos tres metros: el borde de una puerta, el logo de un estante. No cierres los ojos —al cerrarlos quitas la única información estable que te queda— y no barras el ambiente con la mirada, porque el exceso de estímulo visual empeora la sensación.
  3. Presiona el piso con los pies. Siente los talones, las plantas, el peso del cuerpo, y apoya una mano en algo firme. Le estás dando al sistema información táctil confiable.
  4. Baja el ritmo, no el lugar. Camina más despacio, sostén el carrito, apóyate en la baranda del bus. Reducir la velocidad ayuda; salir corriendo no.
  5. No salgas del lugar. La más importante y la más difícil. Quédate hasta que la sensación baje aunque sea un poco, y después decide si te vas. Si te vas en el pico, tu cerebro registra que escapar te salvó, y mañana el mareo será más fuerte en ese mismo pasillo.

Una frase que ayuda más de lo que parece, dicha en silencio: «esto es CO2 bajo y atención puesta en mi cuerpo; es incómodo y no es peligroso; va a bajar solo». No es autoengaño: es exactamente lo que está pasando.

Qué hacer a mediano plazo

El momento se administra; el cuadro se resuelve entre episodios.

  • Reeduca la respiración en calma, no en crisis. Cinco minutos, dos veces al día, cuando estás tranquilo.
  • Trabaja el cuello. Estiramientos suaves de trapecios y cervicales dos veces al día, la pantalla a la altura de los ojos, el celular arriba y no en el regazo, descansos cada cuarenta minutos. Si la contractura es importante, la fisioterapia se complementa bien con el trabajo psicológico.
  • Ordena la base física. Desayuna, no pases más de cinco horas sin comer, toma agua, y recorta el café y los energizantes: la cafeína es en muchas personas el gatillo directo. El alcohol empeora la inestabilidad del día siguiente.
  • Levántate en dos tiempos. De echado a sentado, cuenta hasta cinco, y luego de pie.
  • Ejercicio aeróbico regular, tres o cuatro veces por semana. Regula el sistema de alerta y te acostumbra a sentir el corazón acelerado donde sabes que no hay peligro.
  • Deja de comprobar. No te tomes el pulso cada vez que te marees, y no busques en internet «mareo constante causas».
  • Y baja la ansiedad de fondo. El mareo es la punta; si abajo hay preocupación permanente, insomnio o evitación, el síntoma va a seguir apareciendo.

Cuándo el mareo NO es ansiedad

Atribuirle todo a la ansiedad es un error que se paga caro. Estas señales requieren evaluación médica, y las agudas el mismo día:

  • Vértigo giratorio verdadero: el cuarto gira, con náuseas o vómitos.
  • Mareo que aparece solo con movimientos específicos de la cabeza —girarse en la cama, mirar hacia arriba— y dura segundos. Suele ser de origen vestibular y muchas veces se resuelve rápido con maniobras que hace un especialista.
  • Pérdida de audición, zumbido nuevo o sensación de oído tapado.
  • Desmayo real, con pérdida de conciencia, sobre todo si ocurrió durante el esfuerzo.
  • Síntomas neurológicos: visión doble, dificultad para hablar, desviación de la cara, pérdida de fuerza o sensibilidad en un lado, dificultad para caminar en línea, dolor de cabeza brusco y de máxima intensidad.
  • Mareo con palpitaciones muy rápidas que empiezan y terminan de golpe.
  • Pérdida de peso, fiebre o síntomas que te despiertan.
  • Mareo que empezó al iniciar o cambiar un medicamento. Consúltalo con el médico que lo indicó y nunca lo suspendas por tu cuenta.

Si tienes más de cincuenta años, presión alta, diabetes o antecedentes cardíacos, el umbral para consultar debe ser más bajo. Conviene además descartar anemia, tiroides, visión sin corregir y apnea del sueño: todo eso lo pide un médico general.

Lo razonable es descartar una vez, bien hecho, y después dedicarse a lo psicológico. Cuando alguien llega con tres estudios normales del mismo año, el problema ya no está en la imagen: está en el circuito de miedo y comprobación.

Por qué evitar el supermercado o el bus lo empeora

Esta es la parte que quiero que te lleves, porque es donde la mayoría se equivoca con la mejor intención.

Cuando el mareo te agarró en el pasillo de las conservas, la conclusión natural es «no voy más solo al supermercado». Y funciona: no te mareas ahí. El precio se paga en cuotas.

Cada vez que evitas ocurren tres cosas. Uno: tu cerebro concluye que ese lugar era peligroso y que evitarlo te salvó, así que el miedo sube en lugar de bajar. Dos: la lista crece. Primero el supermercado, después el centro comercial, el bus, la Vía Expresa, y en unos meses la vida cabe en cuatro cuadras. Tres: nunca llega la información que te curaría, que es la experiencia directa de marearte ahí, quedarte, y comprobar que la sensación bajó sola.

Hay una versión disimulada de lo mismo, las conductas de seguridad: ir siempre acompañado, cargar la botella de agua por si acaso, apoyarse en el carrito, quedarse cerca de la salida. Parecen inofensivas y hacen el mismo daño, porque cuando el episodio no ocurre tu cerebro le da el crédito al acompañante o al agua, no a ti.

El camino de salida es al revés, y por escalones:

  1. Ordena tus situaciones de menos a más difícil, con una nota del 0 al 10.
  2. Empieza por una de 4 o 5, no por la de 9: bodega del barrio a hora tranquila, diez minutos, solo.
  3. Quédate hasta que la sensación baje, aunque sea un poco. Salir en el pico arruina el ejercicio.
  4. Repite la misma situación tres o cuatro veces antes de subir de escalón. La repetición es el ingrediente activo.
  5. Retira una conducta de seguridad por vez. Primero el mismo lugar sin apoyarte en el carrito; después sin acompañante.
  6. Anota qué pasó realmente, no cuánto miedo tuviste: «estuve doce minutos, me mareé a los cuatro, no me desmayé, salí caminando». Ese registro es la prueba que tu cerebro necesita ver varias veces.

Va a ser incómodo, y esa incomodidad es el trabajo, no un signo de que lo haces mal. Cuando alguien lleva meses sin subir al bus, conviene hacerlo con acompañamiento profesional.

Qué hacer desde esta semana

  1. Si tienes cualquiera de las señales de alerta, o nunca te evaluaron, ve al médico. Una vez, completo.
  2. Revisa tu respiración durante tres días. Cuenta los suspiros, fíjate si respiras por la boca, si el pecho sube. Ahí suele estar la respuesta.
  3. Practica la respiración lenta cinco minutos, dos veces al día, en calma. No la estrenes en el supermercado.
  4. Haz la lista de lugares que estás evitando y elige el más fácil. Ve esta semana y quédate diez minutos.
  5. Quítale a tu día una comprobación: el pulso, la presión, la búsqueda en internet.

Si el mareo lleva más de un mes, si ya tienes estudios normales o si estás dejando de ir a lugares por miedo a marearte, ese cuarto punto es el que más va a cambiar tu vida y el más difícil de hacer solo. En el Centro Psicológico Nueva Mente, en San Miguel, puedes pedir una primera consulta para armar ese plan por escalones y trabajar la ansiedad que sostiene el síntoma.

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En el Centro Psicológico Nueva Mente atendemos de forma presencial en San Miguel, Lima, y también online por videollamada. Si algo de lo que leíste te resuena, escríbenos: la primera consulta sirve justamente para ordenar el panorama y saber qué tipo de acompañamiento necesitas.

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