Doce mitos sobre la homosexualidad con la evidencia al lado: no es enfermedad, no se elige, no la causa la crianza ni el abuso, y no se cambia. Incluye qué protege la ley peruana y qué no.
«Mi mamá dice que es porque su papá nunca estuvo. Mi tía dice que es una moda de las redes. Y mi abuela dice que con oración se le quita.» Es lo que me contó una señora de San Miguel que había venido, en realidad, a preguntarme cuál de las tres tenía razón.
Ninguna. Y no lo digo por corrección: lo digo porque cada una de esas frases ya fue puesta a prueba y ninguna se sostuvo. Lo que sí tienen en común es el efecto que producen dentro de la persona de la que hablan.
Eso es lo que hace que esto no sea un debate de opiniones. Los mitos sobre la homosexualidad no son inofensivos: son la materia prima con la que se construyen el ocultamiento, la vergüenza y el rechazo, y esos tres sí producen consecuencias en la salud mental. Van uno por uno, con lo que realmente se sabe al lado. Si lo que buscas son respuestas clínicas a preguntas concretas —qué pasa en terapia, qué decirle a un hijo, cómo se define la orientación—, eso está en las preguntas frecuentes sobre orientación sexual respondidas por un psicólogo. Aquí el formato es otro: mito y realidad.
Mitos sobre qué es: enfermedad, moda y contagio
Mito 1: «Es una enfermedad.»
Realidad: no lo es, y esto está zanjado desde hace décadas en las clasificaciones que usan psicólogos y médicos en todo el mundo, incluido el Perú. La Asociación Psiquiátrica Americana la retiró de su manual diagnóstico en 1973 y la Organización Mundial de la Salud la sacó de su clasificación internacional de enfermedades en 1990.
Lo interesante es el motivo del retiro. Para que algo sea un trastorno mental tiene que producir por sí mismo malestar o deterioro del funcionamiento. Cuando se empezó a estudiar a personas homosexuales que no estaban en tratamiento —antes solo se estudiaba a las que ya habían llegado a un consultorio— no apareció ninguna diferencia en funcionamiento psicológico ni estabilidad. El malestar que se veía no venía de la orientación: venía de lo que el entorno hacía con ella.
Mito 2: «Es una moda.»
Realidad: lo que cambió es la visibilidad, no la cantidad. La homosexualidad está descrita en registros históricos de prácticamente todas las culturas y todas las épocas, mucho antes de que existieran las redes sociales o el internet.
El mecanismo se entiende con otro ejemplo: durante décadas casi nadie era zurdo en las escuelas, porque a los zurdos se les corregía la mano a golpes. Cuando se dejó de corregir, la cifra «subió» de golpe. Nadie se volvió zurdo: dejaron de esconderlo. Que hoy tu sobrino lo diga a los dieciocho y tu primo de cincuenta no lo haya dicho nunca no indica que haya más, indica que ahora se puede decir.
Mito 3: «Se contagia o se aprende.»
Realidad: no se contagia, no se enseña y no se aprende por imitación. Si se aprendiera del ambiente, no existirían personas gay o lesbianas criadas en familias, colegios y comunidades absolutamente heterosexuales, que es de donde viene la inmensa mayoría de ellas.
La consecuencia práctica de este mito es una crueldad silenciosa: es lo que lleva a una familia a prohibirle a un adolescente ver a su mejor amigo o a cambiarlo de colegio. Se le quita justo la red de apoyo que necesita, sin ningún efecto sobre su orientación.
Mitos sobre la causa: trauma, abuso y la culpa de los padres
Mito 4: «La causa un trauma o un abuso sexual.»
Realidad: el abuso sexual no produce una orientación sexual. Produce consecuencias serias —eso sí, y son tratables—, pero no reescribe hacia quién se orienta el deseo. Hay muchísimas personas homosexuales sin ninguna historia de abuso, y muchísimas personas heterosexuales que sí fueron abusadas.
Este mito hace daño en dos direcciones. A quien sí sufrió abuso le añade la idea de que su orientación es una secuela, o sea, un daño más. Y a quien no lo sufrió lo pone a excavar su memoria buscando un trauma que no existe. He visto años de terapia perdidos en esa excavación.
Mito 5: «Es culpa de una madre sobreprotectora o un padre ausente.»
Realidad: no. Esta idea viene de teorías construidas a mediados del siglo pasado, formuladas a partir de la observación de pacientes que ya estaban en tratamiento psiquiátrico y sin grupos de comparación. Cuando se pusieron a prueba con familias corrientes, no se sostuvieron. Hay padres muy presentes con hijos gay y padres ausentes con hijos heterosexuales, en la misma cuadra y a veces en la misma casa.
El problema es que este mito organiza toda la reacción familiar en la dirección equivocada: la madre se pasa dos años preguntándose qué hizo mal, el padre se enoja con la madre, y nadie está disponible para lo único que importa, que es el vínculo con el hijo. La pregunta útil nunca es «¿qué hicimos mal?»; es «¿qué necesita de nosotros ahora?».
El mito más dañino: «se puede cambiar con terapia o con fe»
Mito 6: «con la terapia adecuada, con oración o con suficiente esfuerzo, esto se revierte.»
Realidad: no se puede, y esta parte no admite matices.
Las llamadas terapias de conversión, reparativas, restaurativas o de reorientación no funcionan. No cambian la orientación sexual de nadie. Lo que sí producen está documentado: aumento de la ansiedad, de la depresión, del consumo de alcohol y sustancias, del aislamiento y del riesgo suicida. Ninguna sociedad científica ni asociación profesional seria las respalda; al contrario, están expresamente rechazadas por las asociaciones de psicología y psiquiatría, y varios países han prohibido su práctica.
El mecanismo del daño es directo. Estas intervenciones parten del supuesto de que hay algo roto que reparar. Como no hay nada roto, la única conclusión disponible para la persona es que el fallo es suyo: no se esforzó bastante, no tuvo fe suficiente. A la vergüenza que ya traía se le suma la de haber fracasado en la cura. Y como estos programas suelen exigir cortar amistades y confesar recaídas, la persona termina más aislada de lo que empezó.
Cuando uno de ellos se presenta como exitoso, lo que hay detrás casi nunca es un cambio de orientación: es una supresión de conducta. La persona deja de tener pareja, se casa, se calla. La atracción sigue donde estaba. He atendido a personas que salieron de ahí veinte años después, con un matrimonio roto, hijos en medio y una desconfianza enorme hacia cualquier psicólogo.
Una aclaración importante para quien tiene fe: nada de esto es un argumento contra la religión ni contra la espiritualidad, que para muchas personas son un sostén real. Es un argumento contra un procedimiento que se ofrece como tratamiento y no lo es. El enfoque profesional serio hace lo contrario: no toca la orientación y trabaja el sufrimiento. Está explicado en en qué consiste la terapia afirmativa y por qué no busca cambiar la orientación.
Mitos sobre cómo viven: promiscuidad y relaciones estables
Mito 7: «Todos son promiscuos.»
Realidad: la conducta sexual varía enormemente entre personas de cualquier orientación. Hay personas homosexuales con una sola pareja en toda su vida y personas heterosexuales con muchísimas. La orientación indica hacia quién se dirige la atracción, no con cuánta frecuencia ni con cuántas personas.
Hay además un sesgo de observación: durante décadas los únicos espacios donde dos personas del mismo sexo podían encontrarse sin arriesgarse fueron los anónimos, porque los ordinarios —presentar a alguien en casa, ir al cine de la mano— estaban cerrados. Cuando la única puerta abierta es la clandestina, lo que pasa detrás de esa puerta no describe al grupo.
Mito 8: «No pueden tener relaciones estables.»
Realidad: las tienen, y lo que hace que una relación funcione o se rompa es lo mismo en todas: cómo se manejan los conflictos, si hay respeto, si hay proyecto común, si hay apoyo mutuo, cómo se administra el dinero.
Dicho eso, hay un factor de estrés que sí es específico: la falta de reconocimiento externo. Una pareja que no puede presentarse como tal en el trabajo, en el edificio o en el velorio de un familiar carga una tensión que las demás no tienen, y ese desgaste suele atribuirse por error a la relación cuando viene de afuera. El mecanismo completo está en qué le hace a una persona el rechazo de su propia familia.
«No pueden criar hijos»
Mito 9: «un niño criado por dos papás o dos mamás sale con problemas.»
Realidad: lo que se observa en las familias homoparentales —estudiadas ya durante varias décadas— es que los niños criados por dos madres o dos padres no presentan diferencias significativas en ajuste psicológico, rendimiento escolar, desarrollo de su identidad de género ni en su propia orientación sexual, comparados con los criados por parejas heterosexuales.
Lo que sí predice el bienestar de un niño es otra cosa: la calidad del vínculo con quienes lo crían, la estabilidad del hogar, la ausencia de violencia, los límites y el afecto, y las condiciones económicas. La orientación de los padres no aparece entre las variables que hacen diferencia.
La objeción que viene después es «pero va a sufrir bullying». Puede ocurrir, y es real. Solo que la fuente no es su familia: es la discriminación. Con ese razonamiento habría que haberles prohibido tener hijos a las madres solteras de los años cincuenta, que era exactamente lo que se decía entonces. El acoso escolar se trabaja en el colegio, no eliminando a la familia del niño.
Mitos sobre la apariencia y la identidad
Mito 10: «Se les nota.»
Realidad: no hay una apariencia, una voz ni una manera de caminar que indique la orientación de nadie. Lo que existe es un sesgo de confirmación: recordamos los casos en que acertamos y no contamos las personas homosexuales con las que nos cruzamos a diario sin notar nada, ni las veces que asumimos algo de alguien heterosexual y nos equivocamos. Y no es un detalle menor: el «se les nota» es la base de la vigilancia que muchas personas ejercen sobre su propia voz y sus gestos durante años, uno de los desgastes más silenciosos que veo en consulta.
Mito 11: «Es lo mismo que ser trans.»
Realidad: son cosas distintas y se confunden todo el tiempo, incluso en la prensa.
- Orientación sexual: hacia quién sientes atracción afectiva y sexual.
- Identidad de género: qué género sientes que eres, independientemente de lo que diga tu documento.
- Expresión de género: cómo lo muestras hacia afuera, en la ropa, la voz, los gestos.
Son tres ejes independientes y se combinan de cualquier forma: una persona trans puede ser heterosexual, gay o bisexual, igual que cualquiera; un hombre gay puede tener una expresión de género completamente convencional.
Y aprovecho para corregir una palabra que se escucha mucho en el Perú, incluso con buena intención: no es preferencia sexual, es orientación sexual. «Preferencia» supone que hubo un menú y alguien escogió, que es justamente lo que no ocurrió.
«Hablar de esto con niños los confunde»
Mito 12: «si le explicas a un niño que existen parejas del mismo sexo, lo confundes.»
Realidad: no los confunde. Los niños entienden desde muy temprano que existen familias distintas —de hecho, ya las ven en su salón: hay quien vive con la abuela, quien tiene padres separados, quien tiene un solo padre— y no se desorientan por eso.
Lo que debe ajustarse a la edad es el nivel de detalle, y aquí se mezclan dos conversaciones distintas. Explicarle a un niño de seis años que hay familias con dos mamás es una conversación sobre vínculos y afecto, y se responde en dos frases: «Sí, hay familias con dos mamás. Lo que hace una familia es cuidarse.» No hay nada sexual en eso. Hablar de sexualidad es otra conversación y llega después.
Lo que sí confunde a un niño es lo contrario: percibir que hay un tema prohibido en su casa, con una tensión que no entiende. Los silencios cargados producen mucha más ansiedad infantil que las respuestas claras. Y hay un efecto práctico: en las familias donde esto se puede nombrar con naturalidad, un hijo que años después necesite contar algo propio tiene a dónde ir. En las que no, se calla y espera. A veces veinte años.
Contexto peruano: qué protege la ley y qué no
Esto conviene tenerlo claro porque tiene efectos concretos en la salud mental, y porque va cambiando; para un caso específico lo correcto es consultar con un abogado o acudir a la Defensoría del Pueblo.
En términos generales, hasta hoy en el Perú:
- Sí está tipificada la discriminación en el Código Penal, y desde 2017 la orientación sexual y la identidad de género se consideran motivación de delitos de odio y circunstancia agravante.
- Sí hay ordenanzas municipales contra la discriminación en varios distritos de Lima, y la Defensoría del Pueblo recibe quejas por discriminación en servicios.
- No existe matrimonio ni unión civil para parejas del mismo sexo: dos personas que llevan veinte años juntas no tienen entre sí derechos de herencia, seguro de salud, pensión ni decisión médica en un hospital.
- No hay una ley integral de identidad de género, y la protección frente al despido por orientación sexual existe solo en el plano de los principios generales, difícil de probar.
Lo que quiero subrayar es que el vacío legal no es abstracto. Quien sabe que su pareja no podría decidir por ella en una emergencia, o que podría quedarse sin nada, vive con una ansiedad de fondo que no es irracional: es una lectura correcta de su situación. Por eso parte del trabajo en estos casos es muy poco emocional y muy práctico: ordenar poderes, testamento y contactos de emergencia, para que la incertidumbre baje de verdad.
Por qué desmontar estos mitos es un asunto clínico
Cada uno de estos mitos tiene una traducción interna. «Es una enfermedad» se vuelve «estoy mal». «La causa un trauma» se vuelve «estoy dañado». «Se puede cambiar» se vuelve «si sigo así es porque no me esfuerzo». «Se les nota» se vuelve una vigilancia de la propia voz que dura décadas. «No pueden tener relaciones estables» se vuelve «esto no va a durar», y desde ahí se sabotea.
Eso es lo que llega a consulta, y no llega con el nombre de mito: llega como insomnio, como gastritis, como una relación que se rompió sin motivo aparente. Por eso buena parte del trabajo consiste en devolverle a cada frase su origen. Y si lo que te frena es la desconfianza hacia la terapia en general —razonable, sobre todo si alguien alguna vez te ofreció cambiarte—, hay un artículo sobre los mitos y verdades más comunes acerca de asistir a terapia psicológica.
Qué hacer con lo que acabas de leer
Tres cosas concretas:
- Si eres familiar, elige el mito que tú creías y déjalo caer explícitamente delante de la persona: «Yo pensaba que era por algo que pasó en la casa y ya vi que no.» Reconocerlo en voz alta hace más que cualquier declaración de aceptación.
- Si el mito lo tienes tú adentro, escríbelo en una nota tal cual suena y anota al lado quién te lo dijo por primera vez. Cuando una frase recupera su autor, deja de sonar como una verdad y empieza a sonar como una cita ajena.
- Si alguien te está ofreciendo cambiar tu orientación, retírate de ese espacio. No es un tratamiento, no es inofensivo y no funciona.
Y algo que no se puede omitir: si aparecen pensamientos de quitarte la vida —o los notas en un hijo o en un amigo—, no lo dejes para después. Llama a la Línea 113, opción 5 del MINSA, que atiende salud mental, o al 106 de emergencias, y acude a urgencias del hospital más cercano. Cuando hay riesgo vital, lo que corresponde es pedir ayuda de inmediato, aunque implique que otra persona se entere.
Si quieres conversar todo esto con un profesional que no va a tratar tu orientación como un problema a resolver, en el Centro Psicológico Nueva Mente, en San Miguel, puedes solicitar una evaluación o una primera consulta.
Agenda tu consulta en San Miguel
En el Centro Psicológico Nueva Mente atendemos de forma presencial en San Miguel, Lima, y también online por videollamada. Si algo de lo que leíste te resuena, escríbenos: la primera consulta sirve justamente para ordenar el panorama y saber qué tipo de acompañamiento necesitas.