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Homosexualidad: preguntas frecuentes respondidas por un psicólogo

Homosexualidad: preguntas frecuentes respondidas por un psicólogo

La homosexualidad no es un trastorno ni se trata: lo que se atiende en terapia es el sufrimiento que produce el rechazo, el ocultamiento y la discriminación. Aquí las dudas más frecuentes, respondidas.

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«Yo no vengo a que me cambie. Vengo porque ya no aguanto la doble vida.» Lo dijo un hombre de treinta y cuatro años, ingeniero, con el saco todavía puesto porque venía directo del trabajo, en el minuto tres de la primera sesión. Y agregó algo que se me quedó: «Es la primera vez que digo esto en voz alta con alguien que no me va a interrumpir.»

En consulta, las preguntas sobre orientación sexual casi nunca llegan como preguntas de manual. Llegan disfrazadas de insomnio, de dolores de cabeza sin causa médica, de una pelea con la mamá, de un rendimiento que se cayó en la universidad. Y llegan también de la mano de padres que preguntan lo mismo que preguntaron sus abuelos: por qué, desde cuándo, qué hicimos mal, se puede arreglar.

Este artículo responde esas preguntas una por una, de forma breve, con lo que la psicología y la medicina tienen establecido hoy. Algunas de ellas tienen su propio artículo en el blog, más largo y más detallado: cuando sea así, te lo dejo enlazado en lugar de repetirlo aquí a medias.

¿La homosexualidad es un trastorno?

No. Y esto no es una opinión amable ni un gesto de tolerancia: es una conclusión técnica, tomada hace décadas y sostenida desde entonces.

La Asociación Psiquiátrica Americana la retiró de su manual diagnóstico en 1973. La Organización Mundial de la Salud la sacó de su clasificación internacional de enfermedades en 1990. En el Perú, el Colegio de Psicólogos y las instituciones de salud mental se alinean con ese consenso.

Vale la pena entender por qué se retiró, porque ahí está lo importante. Para que algo sea considerado un trastorno mental hace falta que produzca, por sí mismo, malestar o deterioro en el funcionamiento de la persona. Cuando se empezó a estudiar a personas homosexuales que no estaban en tratamiento —hasta entonces solo se estudiaba a quienes ya habían llegado a un consultorio— la diferencia se desvaneció: no había un perfil psicológico distinto, ni una fragilidad particular, ni una alteración del juicio. El malestar que se encontraba no venía de la orientación. Venía de lo que el entorno hacía con ella.

Dicho de otro modo: lo que estaba enfermo no era la persona, era el diagnóstico.

¿Se elige? ¿Y por qué se da?

No se elige. Se descubre.

Esto es algo que la gente entiende rápido cuando se lo devuelvo en primera persona: ¿tú elegiste de quién te enamoraste la primera vez? ¿Te sentaste a decidirlo? Nadie elige la dirección de su atracción. Lo que sí se elige —y esto es distinto— es qué hacer con ella: si contarlo, a quién, cuándo, si tener pareja, si ocultarse.

Sobre el por qué, la respuesta honesta es que no hay una causa única identificada. Lo que se sabe apunta a una combinación de factores biológicos y del desarrollo temprano que no dependen de la crianza ni de una decisión. No hay un gen de la homosexualidad, no hay un acontecimiento que la produzca, no hay un patrón familiar que la explique.

Y aquí va una observación clínica que digo casi siempre, sobre todo a padres: la pregunta por la causa, cuando aparece con mucha urgencia, casi nunca es una pregunta científica. Es una pregunta por la reversibilidad. El padre que insiste en «¿por qué?» muchas veces está preguntando «¿se puede deshacer?». Sacar eso a la luz suele ser más útil que darle datos.

¿Se puede cambiar? ¿Y las llamadas «terapias de conversión»?

No se puede cambiar, y esta parte la voy a decir sin suavizarla, porque en el Perú todavía se ofrecen estos servicios.

Las llamadas terapias de conversión, reparativas, restaurativas o de reorientación no funcionan. No cambian la orientación sexual de nadie. Lo que sí producen está documentado: aumento de la ansiedad, de la depresión, del consumo de alcohol, del aislamiento y del riesgo suicida. Ninguna sociedad científica ni asociación profesional seria las respalda; al contrario, están explícitamente rechazadas.

El mecanismo del daño es bastante simple de explicar. Estas intervenciones parten de que hay algo roto que hay que reparar. Al no poder reparar nada —porque no hay nada roto—, el único resultado posible es que la persona concluya que el fallo es suyo, que no se esforzó lo suficiente, que no rezó bastante, que es un caso perdido. A la vergüenza que ya traía se le suma la de haber fracasado en la cura. He atendido a personas que salieron de esos programas veinte años después, y lo que quedó no fue una orientación distinta: quedó una desconfianza enorme hacia cualquier psicólogo y una idea instalada de sí mismos como defectuosos.

Cuando alguno de esos programas se presenta como exitoso, lo que suele haber detrás no es un cambio de orientación, sino una supresión de la conducta: la persona deja de tener pareja, se casa, se calla. La atracción no cambió. Solo se guardó, con un costo altísimo.

Si te interesa cómo trabaja un profesional que no se plantea cambiar nada, aquí se explica en qué consiste el enfoque afirmativo y por qué no busca modificar la orientación.

¿La crianza, un padre ausente o un trauma la causan?

No. Ni la madre sobreprotectora, ni el padre ausente, ni el divorcio, ni el colegio mixto, ni haber jugado con muñecas.

Esas explicaciones vienen de teorías construidas a mediados del siglo pasado, a partir de la observación de pacientes que ya estaban en tratamiento psiquiátrico, sin grupos de comparación. Cuando se pusieron a prueba con familias que no estaban en consulta, no se sostuvieron. Hay padres presentes con hijos gay y padres ausentes con hijos heterosexuales, en la misma cuadra de San Miguel.

El caso del abuso sexual merece una frase aparte, porque es una confusión que hace mucho daño. El abuso no produce una orientación sexual. Puede producir consecuencias serias —eso sí, y son tratables—, pero no reescribe a quién te atrae. Cuando se mezclan las dos cosas, ocurre lo peor de los dos mundos: una persona sobreviviente de abuso carga además con la idea de que su orientación es una secuela, y una persona sin ninguna historia de abuso empieza a buscar en su memoria un trauma que no existe.

Hay una lista bastante completa de estas ideas heredadas con la evidencia al lado en el artículo de mitos y realidades sobre la homosexualidad.

¿Puede ser una etapa? ¿Un adolescente puede estar seguro?

Aquí hay que ser preciso, porque la respuesta tiene dos partes y las dos importan.

Primera parte: la adolescencia es un período en el que muchas cosas se están ordenando, y sí, hay chicos que exploran, se preguntan y con el tiempo se ubican en un lugar distinto del que creían. Eso ocurre. La orientación de algunas personas se define más tarde, y en otras hay una etapa de duda genuina.

Segunda parte, y es la que suelo subrayar con los padres: que exista esa posibilidad no autoriza a decirle «es una etapa». Cuando un chico de quince años reúne el valor para decirte algo que probablemente lleva años pensando, y la respuesta que recibe es «ya se te va a pasar», lo que aprende no es que tenga dudas. Aprende que contigo no se puede hablar de esto. Y cuando dentro de dos años tenga un problema serio, no va a volver.

Sobre los tiempos, lo que vemos en consulta es bastante consistente: la mayoría recuerda haber notado algo alrededor de los diez a trece años, y suelen pasar varios años entre ese primer registro interno y el momento de contárselo a alguien. Es decir: cuando tu hijo te lo dice, no lo está pensando desde la semana pasada. Lo viene pensando desde mucho antes de que tú te enteraras.

Orientación sexual, identidad de género y expresión: no son lo mismo

Se confunden todo el tiempo, incluso en la prensa. Van separadas:

  • Orientación sexual: hacia quién sientes atracción afectiva y sexual.
  • Identidad de género: qué género sientes que eres, independientemente de lo que diga tu DNI.
  • Expresión de género: cómo lo muestras hacia afuera —la ropa, la voz, los gestos, la forma de moverte.

Son tres ejes independientes y se combinan de cualquier manera. Un hombre gay puede tener una expresión de género totalmente convencional o no tenerla; una mujer heterosexual puede tener una expresión que a algunos les parezca masculina; una persona trans puede ser heterosexual, gay o bisexual, igual que cualquiera.

Aprovecho para una precisión de lenguaje que en el consultorio corrijo con frecuencia: no se dice preferencia sexual. Se dice orientación. «Preferencia» supone que hubo un menú y alguien escogió, y eso es justamente lo que no ocurrió.

¿Por qué hay más ansiedad y depresión en personas gay, lesbianas y bisexuales?

Esta pregunta se usa a veces para intentar reinstalar la idea de la enfermedad: si hay más depresión, algo debe estar mal en ellos. La lectura correcta es la contraria.

La mayor frecuencia de ansiedad, depresión, consumo problemático y conductas de riesgo no viene de la orientación. Viene de la carga crónica de vivir en un entorno que estigmatiza: los insultos, la exclusión, el chiste en la cena familiar, el miedo a que se enteren en el trabajo, el cálculo mental antes de darse la mano en la calle. Es lo que en clínica llamamos estrés por minoría, y funciona como cualquier estrés crónico: desgasta aunque ese día no pase nada, porque el cuerpo se queda en guardia.

A eso se suma una segunda capa, más silenciosa: cuando esos mensajes llevan años entrando, dejan de venir de afuera y se instalan como voz propia. Eso tiene nombre y tiene tratamiento; lo desarrollo en qué es la homofobia interiorizada y cómo se trabaja en terapia.

La prueba de que el problema no es interno es sencilla: en entornos donde hay apoyo familiar y no hay discriminación, esas diferencias se reducen mucho.

¿Un psicólogo debe tener una postura? ¿Y qué se trabaja si la orientación no es el problema?

Sí debe tenerla, y debe poder decirla. En este tema la neutralidad no es neutral: si un paciente pregunta «¿usted cree que esto está mal?» y el terapeuta responde con un silencio profesional, el paciente escucha un sí. Un profesional puede tener sus creencias personales; lo que no puede es convertirlas en el tratamiento sin avisar, ni poner la orientación del paciente como el objeto a corregir.

Y entonces, ¿qué se trabaja? Casi siempre lo mismo que con cualquier otra persona que entra por esa puerta: ansiedad, ánimo bajo, insomnio, problemas de pareja, duelos, dificultades laborales, conflictos con la familia. Más lo específico, si aparece: decisiones sobre a quién contarle y a quién no, la relación con una familia que no acepta, el conflicto con la comunidad religiosa de toda la vida, aprender a construir una relación de pareja sin haber visto nunca una parecida en casa, y el rechazo que se metió adentro.

Nota lo que no está en esa lista: la orientación. No está porque no es un síntoma.

¿Es obligatorio contárselo a la familia?

No. No hay obligación, no hay plazo y no hay una forma correcta de hacerlo. Salir del clóset no es un examen que haya que aprobar para tener derecho a estar tranquilo.

Hay situaciones en las que esperar es una decisión sensata y no una cobardía: cuando dependes económicamente de tu familia, cuando vives en la misma casa y hay riesgo de que te echen, cuando ya hubo violencia. En esos casos, en terapia lo primero que se trabaja no es la conversación, es el plan: dónde dormirías, con quién contarías, cómo sostienes tus estudios. Si estás en ese punto, aquí tienes cómo prepararse para esa conversación y qué esperar de las reacciones.

Qué hacer con lo que acabas de leer

Si llegaste hasta aquí buscando permiso para dejar de pelear contra ti mismo, considéralo dado por escrito: no hay nada en tu orientación que necesite tratamiento.

Tres cosas concretas para esta semana:

  1. Si estás cargando esto en silencio, elige una persona segura —no necesariamente de la familia— y cuéntale una parte. Una parte, no todo. La descompresión empieza ahí.
  2. Si alguien te está ofreciendo «ayudarte a cambiar», retírate de ese espacio. No es un tratamiento y no es inofensivo.
  3. Si eres padre o madre y acabas de enterarte, aguanta la pregunta de la causa y ocúpate del vínculo. Tu hijo no necesita que entiendas la biología; necesita saber que sigue siendo tu hijo.

Y una advertencia que no me puedo saltar: si aparecen ideas de quitarte la vida, o si notas eso en tu hijo, no esperes a la próxima cita. Llama a la Línea 113, opción 5 del MINSA, que atiende salud mental, o al 106 de emergencias, y acude a urgencias del hospital más cercano. En riesgo vital, la prioridad es la seguridad, y eso incluye involucrar a alguien más aunque cueste.

Si quieres hablar de esto con un profesional que no va a tratar tu orientación como un problema a resolver, en el Centro Psicológico Nueva Mente, en San Miguel, puedes solicitar una evaluación o una primera consulta.

Agenda tu consulta en San Miguel

En el Centro Psicológico Nueva Mente atendemos de forma presencial en San Miguel, Lima, y también online por videollamada. Si algo de lo que leíste te resuena, escríbenos: la primera consulta sirve justamente para ordenar el panorama y saber qué tipo de acompañamiento necesitas.

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