La falta de deseo rara vez se soluciona buscando ganas: se soluciona identificando los frenos que están puestos, porque el deseo aparece cuando se retiran, no cuando se insiste.
Un lunes cualquiera, once y media de la noche. Los platos están lavados, los uniformes listos, el más chico se durmió recién. Ella se acuesta, él se acerca, y lo primero que ella siente no es rechazo ni cariño: es una especie de cansancio anticipado, como cuando te acuerdas de que mañana tienes que ir al banco.
Después viene la culpa, que suele ser peor que el problema. «¿Qué me pasa? Yo lo quiero. Antes no era así.»
La falta de deseo es la consulta sexual más frecuente que existe, y la que peor se maneja, porque casi todo el mundo la ataca por el lado equivocado: intentando tener ganas. Vamos a ver por qué eso no funciona, qué hay que descartar médicamente antes de psicologizar nada, cuáles son los frenos emocionales que aparecen una y otra vez en consulta, y en qué orden conviene abordarlos.
El deseo casi nunca es el punto de partida
Existe una idea muy instalada de cómo funciona esto: primero aparecen las ganas, y después uno se acerca al otro. Es la secuencia de las películas y de la adolescencia, y es real, pero corresponde a una sola forma de deseo, el llamado deseo espontáneo, que aparece sin estímulo previo y que es mucho más común al inicio de las relaciones y en algunas personas más que en otras.
Hay una segunda forma, igual de válida y bastante más frecuente sobre todo en mujeres y en relaciones largas: el deseo responsivo. Ahí la secuencia es al revés. Uno empieza sin ganas particulares, se genera cierta cercanía física, el cuerpo empieza a responder, y el deseo aparece después, como resultado del encuentro y no como su causa.
Esto tiene una consecuencia práctica enorme. Si esperas a tener ganas para acercarte, y tu deseo es responsivo, vas a esperar mucho tiempo. Miles de personas concluyen que perdieron el deseo cuando en realidad lo que perdieron es el contexto en el que su deseo podía aparecer.
Vale aclarar algo: esto no significa que haya que hacerlo sin ganas ni forzarse. Significa que la disposición a empezar es distinta del deseo, y que la primera se puede decidir mientras que el segundo no. Nadie debería acceder a un encuentro que no quiere; pero muchos se están negando la posibilidad de descubrir si querían, porque a las once de la noche del lunes nadie tiene ganas de nada.
Frenos y aceleradores: por qué insistir no sirve si el freno está puesto
Hay un modelo simple que ordena todo esto y que en consulta funciona muy bien como imagen. El sistema del deseo tiene un acelerador, que responde a todo lo que resulta atractivo y estimulante, y un freno, que responde a todo lo que resulta amenazante, incómodo o inhibidor.
Casi toda la conversación popular sobre el deseo se ocupa del acelerador: cómo poner más ganas, más novedad, más lencería, más planes. Y casi todos los casos reales que llegan a consulta son problemas de freno. La persona no necesita más estímulo; necesita que se retire lo que la está frenando.
Los frenos típicos no son eróticos en absoluto: la puerta sin seguro, el hijo que puede despertarse, el enojo de anteayer que nunca se habló, la sensación de que el propio cuerpo no está presentable, el correo del jefe que quedó sin responder, el miedo a que duela, la certeza de que si empieza algo hay que terminarlo.
Trabajar el deseo consiste, casi siempre, en hacer el inventario de los frenos y retirarlos uno por uno. Es menos glamoroso que buscar chispa y es lo que funciona.
Lo médico que hay que descartar antes de psicologizar nada
Antes de atribuirlo a lo emocional, hay una lista que se revisa siempre. Saltarse este paso es el error más caro que se comete con este tema, porque manda a la gente a terapia durante meses por algo que se resolvía con un análisis de sangre.
- Tiroides. El hipotiroidismo baja el deseo, la energía y el ánimo a la vez, y es frecuentísimo y subdiagnosticado.
- Anemia y déficit de hierro. Muy común en mujeres en edad fértil. El cansancio sostenido apaga el deseo antes que cualquier otra cosa.
- Menopausia y perimenopausia. Los cambios hormonales afectan la lubricación y pueden generar molestia o dolor, y el dolor apaga el deseo de forma completamente lógica.
- Testosterona baja en hombres. Menos frecuente de lo que sugiere la publicidad, pero real, sobre todo pasados los cincuenta o con determinadas condiciones médicas.
- Antidepresivos, sobre todo los ISRS. Efecto muy habitual sobre el deseo y el orgasmo. Se habla con el psiquiatra, que puede ajustar dosis, cambiar de familia o modificar el horario de la toma. Nunca se suspende por cuenta propia.
- Anticonceptivos hormonales. En algunas mujeres bajan el deseo de forma clara. La pregunta clave es si el cambio coincidió con el inicio del método.
- Diabetes, hipertensión y sus tratamientos, apnea del sueño, dolor crónico, posparto y lactancia.
Una pista que orienta muchísimo: si el deseo desapareció de forma global, en todas las situaciones, incluida la respuesta espontánea al despertar y la masturbación, hay que revisar lo médico con prioridad. Si el deseo aparece en algunas situaciones y no en otras, o con una persona y no con otra, el peso está en lo emocional y lo relacional. Ese criterio es el mismo que ordena el panorama completo de las dificultades sexuales en la pareja y conviene tenerlo siempre a mano.
El inventario emocional: los frenos que aparecen casi todas las semanas
- Resentimiento no hablado. El más frecuente y el más subestimado. Lo veremos aparte, más abajo.
- Depresión. La anhedonia, que es la incapacidad de sentir placer, no hace excepciones con el sexo. Y hay una cadena completa detrás: menos energía, peor imagen de uno mismo, menos iniciativa, y una pareja que lo lee como rechazo. Está desarrollado en detalle en el artículo sobre depresión y deseo sexual, incluida la parte incómoda de los antidepresivos.
- Ansiedad. Un sistema en alerta no se excita, y una persona que anticipa fracasar empieza a evitar. Si lo que te pasa no es tanto falta de ganas sino bloqueo en el momento, ese es otro cuadro y tiene su propio abordaje.
- Estrés y carga mental. El freno más cotidiano de todos. No es el estrés puntual, es la cabeza con cuarenta pestañas abiertas de la persona que lleva la agenda invisible de la casa. Tiene una lógica propia y bastante concreta, desarrollada en la relación entre estrés y deseo.
- Imagen corporal. Quien está pendiente de cómo se ve no está pendiente de lo que siente. Aparece con fuerza después del embarazo, tras cambios de peso, con la edad, con cicatrices.
- Aburrimiento del guion. Doce años haciendo exactamente lo mismo, en el mismo orden, a la misma hora. El deseo necesita algo de imprevisibilidad, y no hablamos de nada exótico: hablamos de que no todo sea el mismo procedimiento.
- Duelo y pérdidas. Después de una muerte, un aborto, un despido o una mudanza forzada, el deseo se apaga por meses. Es esperable y no requiere tratamiento por sí solo.
- Culpa aprendida. Personas que crecieron con la idea de que desear era sucio o peligroso, y que a los cuarenta siguen sintiendo una incomodidad que no saben nombrar. Suele notarse en que pueden funcionar pero no disfrutar, o en que sienten malestar justo después.
Casi nunca hay un solo freno. Lo habitual es encontrar tres o cuatro operando a la vez, y la mejoría llega cuando se retiran dos, no cuando se encuentra el culpable único.
El resentimiento no hablado es el freno número uno
Merece apartado propio porque es el que más veces está debajo y el que menos veces se declara. Nadie llega diciendo «no tengo deseo porque estoy molesta desde hace tres años». Llegan diciendo «no sé qué me pasa».
El mecanismo es bastante directo. El deseo necesita cierta disposición a acercarse y a bajar la guardia. El enojo acumulado hace exactamente lo contrario: instala una distancia protectora. Y el cuerpo es más honesto que la cabeza. Una persona puede decidir no discutir más por el reparto de tareas y seguir cumpliendo con su parte; lo que no puede es decidir tener ganas de alguien con quien está molesta.
Los resentimientos que más veces encuentro detrás de una falta de deseo son bastante prosaicos: el reparto desigual de la casa y de los hijos, la sensación de que el otro no ayuda sino que «colabora» cuando se le pide, una decisión importante que se tomó sin consultar, una familia política que invade sin que nadie ponga límites, una deuda o un gasto que se ocultó, y comentarios sobre el cuerpo que se dijeron una vez y no se olvidaron nunca.
La prueba práctica es simple. Pregúntate: si mañana se resolviera del todo el tema que me tiene molesta, ¿mi deseo sería distinto? Si la respuesta es sí, el trabajo no es sexual. Es la conversación que llevas meses evitando.
Cuando el guion se volvió previsible
Un freno que casi nadie nombra por vergüenza: el aburrimiento. Se siente como traición decirlo, y sin embargo es una de las causas más comunes en parejas de muchos años.
El deseo se alimenta parcialmente de novedad y de cierta distancia. Cuando dos personas conviven, comparten cuentas, se ven en pijama, coordinan pediatras y hablan de la tarea del colegio, esa distancia desaparece. No es un fallo de la pareja; es el precio de la intimidad cotidiana, y hay que compensarlo a propósito.
Compensarlo no significa lo que la gente cree. No hace falta nada elaborado. Significa cosas como: cambiar el horario y el lugar, dejar de tener siempre la misma secuencia, tener conversaciones que no sean de logística, pasar tiempo separados haciendo cosas propias (el otro se vuelve más interesante cuando tiene vida propia), y volver a hacer cosas juntos que no impliquen resolver nada.
También ayuda entender que en las parejas estables la diferencia de ritmo entre los dos es la norma y no la excepción. Cómo se administra esa diferencia sin que se convierta en un conflicto crónico está trabajado en el artículo sobre las diferencias de deseo dentro de la pareja, y conviene leerlo si lo que pesa en tu caso es la comparación con el otro más que la ausencia de ganas en sí.
«¿Y si simplemente soy así?»
Hay que responder esto sin apuro, porque la respuesta correcta a veces es que sí.
Existen personas con un deseo basalmente bajo que no genera ningún malestar. Personas asexuales, personas para quienes el sexo nunca fue central, personas que en determinadas etapas de la vida colocan su energía en otro lado. Nada de eso es un trastorno. El criterio clínico no es la cantidad de deseo: es si genera malestar y desde cuándo.
La pregunta útil no es «¿tengo poco deseo?», sino estas tres:
- ¿Esto me genera malestar a mí, o solo se lo genera a mi pareja?
- ¿Cambió respecto de cómo era antes, y puedo ubicar cuándo cambió?
- ¿Está condicionando mi relación o mi manera de estar en el mundo?
Si el malestar es solo del otro y tú estás bien, el trabajo es de pareja y es una negociación, no un tratamiento. Si el malestar es tuyo, o si hubo un cambio con fecha, hay algo que mirar.
Y hay un mito que conviene desmontar mientras estamos acá: el de la frecuencia normal. No existe. Las cifras que circulan son promedios de poblaciones enteras y no dicen nada sobre una pareja concreta. La única pregunta relevante es si a los dos les acomoda lo que tienen.
Qué hacer primero, y en este orden
No intentes atacar todo a la vez. El orden importa:
- Descarta lo médico. Análisis de tiroides y hemograma como mínimo, y control ginecológico o urológico según corresponda. Revisa la lista de medicamentos y las fechas. Este paso primero, siempre.
- Haz el inventario de frenos. Escribe todo lo que se te ocurra que te frena, sin filtrar y sin juzgarte. Casi todos llegan a ocho o diez cosas y se sorprenden de cuántas son logísticas y no eróticas.
- Retira los dos frenos más fáciles. No los más importantes: los más fáciles. Un seguro en la puerta, no a las once y media, media hora sin celular antes de acostarse. Los cambios pequeños mueven más de lo que parece.
- Ten la conversación pendiente. Si hay resentimiento identificable, esa es la intervención principal y ninguna otra cosa va a funcionar mientras siga ahí.
- Baja la presión de la meta. Acuerden un período de cercanía física sin obligación de que termine en nada. Quitar la obligación es lo que le devuelve el espacio al deseo.
- Consulta si lleva más de seis meses, si genera malestar sostenido, si ya está afectando la relación, o si sospechas que hay depresión o un antecedente difícil detrás. En nuestro consultorio de San Miguel esta consulta se atiende de forma individual o en pareja, según de dónde venga el freno principal.
El deseo no se recupera buscándolo. Se recupera creando las condiciones en las que puede aparecer y después dejándolo en paz. La mayoría de la gente hace lo contrario: se vigila, se mide, se compara y se exige, y todo eso son frenos nuevos que se suman a los que ya había. Empieza por retirar dos y date tres meses antes de sacar conclusiones.
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