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Crisis sensoriales en niños con TEA: qué hacer antes, durante y después

Crisis sensoriales en niños con TEA: qué hacer antes, durante y después

La rabieta persigue un objetivo y se detiene al conseguirlo; la crisis sensorial es una sobrecarga que se agota sola. Distinguirlas cambia por completo cómo respondes antes, durante y después.

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«Estábamos en la cola de la caja del supermercado y de un segundo a otro se tiró al piso, gritando, se tapaba las orejas, se pegaba en la cabeza. Yo trataba de levantarlo y era peor. Una señora me dijo desde atrás que a ese chico le falta mano. Terminé llorando en el estacionamiento con las compras a medio pagar.»

Si has vivido una escena así, lo primero que necesito decirte es que no fue una malcriadez y no fue tu culpa. Y lo segundo, que es lo que cambia todo: lo que pasó ahí no fue una rabieta. Fue una crisis sensorial, lo que en la literatura se llama meltdown, y confundir las dos cosas es el error que más sufrimiento le he visto causar a las familias que atiendo. Porque si crees que es una rabieta, vas a responder con firmeza, límites y consecuencias. Y con una crisis sensorial, la firmeza no solo no funciona: la alarga y la empeora.

Este artículo es para que sepas distinguirlas y para que tengas un plan concreto en las tres fases: antes, durante y después.

Una crisis no es una rabieta: qué pasa por dentro

Una rabieta es una conducta con propósito. El niño quiere algo —el chocolate de la góndola, quedarse en el parque, la tablet— y usa el llanto y el grito como herramienta para conseguirlo. Es normal en el desarrollo, es aprendible y se maneja con límites cálidos y consistentes. Si el chocolate aparece, la rabieta se apaga en segundos.

Una crisis sensorial no persigue nada. Es lo que ocurre cuando el sistema nervioso recibe más información de la que puede procesar y se desborda. Piénsalo así: el cerebro de tu hijo procesa los estímulos con un filtro distinto. Lo que para ti es ruido de fondo del supermercado —el zumbido de las neveras, la música, el pitido de la caja, las conversaciones cruzadas, los tubos fluorescentes, el olor del pescado, la gente rozándolo— para él llega todo al frente, todo con el mismo volumen, todo al mismo tiempo. Sumemos que quizá lleva una hora aguantando la etiqueta de la camiseta, que no durmió bien, que le cambiaron la rutina y que tiene hambre. La capacidad se llena, y cuando se llena, el sistema se apaga y descarga.

De ahí salen todas las consecuencias prácticas:

  • No hay intención, entonces no hay nada que negociar ni que enseñar en ese momento.
  • No responde al razonamiento, porque las áreas del cerebro que procesan lenguaje y toman decisiones están, literalmente, fuera de servicio durante la descarga. Hablarle es echar más estímulo a un sistema que ya está desbordado.
  • No responde al castigo. Castigar una crisis es como castigar un estornudo, o como retar a alguien por vomitar. Y hace un daño extra: enseña a tu hijo que en el peor momento de su día, la persona que más lo quiere se convierte en amenaza.
  • Se agota sola. Termina cuando se descarga, no cuando consigue algo.
  • Deja al niño exhausto. Después de una crisis puede quedar dormido, apagado, con la mirada perdida, o pegado a ti. Eso no es manipulación: es agotamiento real.

Hay un tercer fenómeno que conviene que conozcas porque casi nadie lo nombra: el shutdown. Es la misma sobrecarga pero hacia adentro. El niño no grita: se apaga. Se queda quieto, mudo, mirando un punto, no responde a su nombre, se tapa la cara o se mete debajo de la mesa. Se ve tan tranquilo que se confunde con desobediencia o con estar «de malas». Es igual de agotador para él y se maneja igual: bajar estímulos y esperar.

Cómo distinguirlas en el momento

En caliente, con la adrenalina arriba, no es fácil. Estas cinco preguntas suelen alcanzar:

  1. ¿Está mirándote? En una rabieta el niño chequea tu cara para ver el efecto que produce. En una crisis, no. Su atención no está en ti.
  2. ¿Se detiene si le das lo que quería? Si le das el chocolate y para, era rabieta. Si le das el chocolate y la crisis sigue —o lo tira— era sobrecarga.
  3. ¿Hay público? Las rabietas suelen necesitar audiencia. Las crisis ocurren igual estando solo.
  4. ¿Empezó de golpe, aparentemente sin motivo? Las crisis casi siempre son el final de una acumulación que llevaba una hora o un día entero.
  5. ¿Cómo termina? La rabieta se corta cuando el objetivo se cumple o cuando el niño se calma. La crisis se descarga hasta que se apaga, y deja un cansancio muy notorio.

Dos advertencias importantes. Primero: los niños con TEA también tienen rabietas comunes, y ahí sí corresponde poner límites con calma. Los dos fenómenos existen en el mismo niño, y hay que leer cada episodio por separado. El manejo de las rabietas normales tiene sus propias reglas y lo desarrollé en cómo manejar las rabietas de forma respetuosa y efectiva.

Segundo: un episodio puede empezar como rabieta y volverse crisis. El niño quiere algo, no lo consigue, se frustra, sube el grito, y a los pocos minutos ese grito y esa descarga de adrenalina ya son un estímulo más que lo termina desbordando. Cuando eso ocurre, cambias de estrategia en el aire: se dejó de tratar de un límite y ahora se trata de bajar el volumen del mundo.

Los disparadores más frecuentes, y en Lima en particular

Hay que mirarlo como una suma, no como una causa única. Casi nunca es «el ruido»: es el ruido más el cansancio más el cambio de plan más la ropa que molesta.

Disparadores típicos en nuestro entorno:

  • Ruido: el claxon a las seis de la tarde, el altoparlante del mercado, el cobrador gritando la ruta del micro, los cohetes de fiestas patrias, el secador de manos del centro comercial, el timbre del colegio.
  • Luz: los fluorescentes del supermercado y de muchas aulas, que además de brillar parpadean a una frecuencia que muchos niños perciben.
  • Tacto: etiquetas, costuras de las medias, el cuello del polo del uniforme, un abrazo inesperado, el corte de pelo, el corte de uñas.
  • Comida: texturas mezcladas, algo que se le pegue en la boca, olores intensos.
  • Aglomeración: el micro lleno, la cola del banco, el patio en la hora del recreo, un cumpleaños con animador y música fuerte.
  • Cambios sin aviso: una ruta distinta por una obra en la avenida, la profesora que faltó, la visita de sorpresa, el paseo cancelado por lluvia.
  • Estados internos: hambre, sed, sueño, dolor —de oído, de muela, de barriga—, estreñimiento. Un niño que no puede decir que le duele, se desborda.

ANTES: el mapa, las señales propias de tu hijo y el kit

Aquí está el ochenta por ciento del trabajo. Las crisis no se manejan bien en el momento; se previenen.

1. Arma el mapa de disparadores. Durante tres semanas, anota cada episodio en el celular con cinco datos: hora, lugar, qué pasó justo antes, cuánto duró, qué había en la hora previa —sueño, comida, cambios—. En tres semanas vas a tener un patrón, y suele sorprender: muchas familias descubren que casi todas las crisis ocurren entre seis y siete de la tarde, o los días que no hubo siesta, o siempre en el mismo lugar.

2. Aprende sus señales de aviso. Todos los niños dan avisos, y son propios de cada uno. Los que más veo: se tapa los oídos, empieza a aletear más rápido o a balancearse, la voz sube de tono, camina en círculos, repite una frase una y otra vez, se pone rojo o muy pálido, deja de responder, busca meterse debajo de algo, se muerde la manga. Escribe los de tu hijo en una lista y pégala en la refrigeradora, para que también los conozcan la abuela, la persona que lo cuida y la tutora. Esos treinta segundos de aviso son la diferencia entre una crisis y una crisis evitada. Al primer aviso, sales del lugar. No termines la compra, no esperes que pase, no vayas por lo último de la lista. Sales.

3. Anticipa. Avisar los cambios con tiempo previene más crisis que cualquier técnica de manejo. Cuenta el día en tres frases en el desayuno, avisa dos veces antes de terminar algo, avisa el cambio en cuanto lo sepas. La forma exacta de decir estas cosas —cuántas palabras, con qué apoyos visuales— la desarrollé en cómo mejorar la comunicación con un niño autista.

4. La dieta sensorial. No tiene nada que ver con comida: es un conjunto de actividades distribuidas a lo largo del día para mantener regulado el sistema nervioso, como comer a horas para no llegar con hambre voraz. Suelen incluir movimiento intenso, presión profunda, columpio, saltos, empujar o cargar peso, ratos en un espacio tranquilo. Esto lo diseña una terapeuta ocupacional según el perfil sensorial de tu hijo, porque lo que regula a un niño puede desbordar a otro: no lo copies de internet. Cómo encaja esa terapeuta en el resto del plan lo puedes ver en qué terapias ayudan a los niños con autismo.

5. El kit portátil. Una bolsita que va siempre en tu mochila: audífonos de cancelación de ruido o tapones, un objeto para apretar, algo para masticar si eso lo regula, una gorra o lentes de sol para la luz, su juguete o tela de siempre, agua, una galleta que le guste. Los audífonos son, para muchos niños, el cambio más grande por el menor costo. Y planifica las salidas: al supermercado temprano o en horas de poca gente, nunca a las siete de la noche con el niño sin comer.

6. Cuida las bases. Sueño, comida y previsibilidad. Un niño que duerme mal se desborda con la mitad del estímulo. Las rutinas de la casa, los apoyos visuales y el uso del refuerzo positivo en el día a día están desarrollados aparte, en cómo apoyar a tu hijo con TEA y TDAH desde casa.

DURANTE: menos es más

Cuando la crisis ya arrancó, tu objetivo no es que pare. Es que pase con la menor cantidad de daño posible para él y para ti. Estos son los pasos, en orden:

  1. Baja los estímulos. Es lo primero y lo más importante. Sal del lugar si puedes, o llévalo a un rincón, al pasillo, al carro, a un cuarto con la luz apagada. Baja la música, aléjalo de la gente, apaga la tele. Si no puedes moverlo, sácale el mundo de encima: ponle los audífonos, tápalo con tu casaca.
  2. Cállate. Esto cuesta enormemente, porque el impulso es hablar, explicar, calmar. Pero tu voz, en ese momento, es un estímulo más. Como máximo una frase corta, muy tranquila, cada tanto: «estoy acá». Nada de preguntas, nada de razonamientos, nada de «¿qué te pasa?».
  3. Quítale el público. Ponte entre él y la gente que mira. Si hay hermanos, que un adulto se los lleve. El público sube el nivel de tensión de todos, empezando por el tuyo, y tu tensión él la siente.
  4. Asegura, no contengas. Retira lo que pueda lastimarlo, aleja objetos duros, cuida las esquinas. No lo sujetes ni lo abraces a la fuerza: en plena sobrecarga, el contacto físico impuesto es más estímulo y suele intensificar todo. La única excepción es el riesgo real de que se lastime o lastime a alguien, y ahí se usa la contención mínima, con el cuerpo, sin fuerza y sin enojo, solo el tiempo indispensable. Si tu hijo se golpea la cabeza o se muerde con fuerza de manera habitual, eso necesita un plan hecho por un profesional, no improvisación.
  5. Espera. Las crisis duran lo que duran, entre unos minutos y bastante más. Respira tú. Cuenta tus propias respiraciones si te ayuda. Tu calma es el único regulador externo que sirve.

Y lo que no se hace: no alzar la voz, no amenazar, no contar hasta tres, no negociar, no razonar, no ridiculizar, no llevárselo a rastras, no dejarlo solo en un lugar desconocido, no filmarlo, no explicarle en ese momento lo que hizo mal, y no ceder a un pedido para que pare —si era rabieta, le enseñas que gritar funciona; si era crisis, no va a parar igual—.

DESPUÉS: recuperación, reparación y registro

La fase de después se maneja mal casi siempre, porque los padres llegan agotados y con vergüenza acumulada, y de ahí sale el sermón.

Recuperación primero. Tu hijo acaba de gastar una cantidad enorme de energía. Necesita un rato de baja demanda: silencio, poca luz, agua, su objeto de siempre, quizá dormir. No lo lleves de vuelta al supermercado. No sigas con el plan del día como si nada. Cancela lo que sigue, o al menos recórtalo.

Cero sermones. No hay nada que enseñar sobre lo que acaba de pasar. Ni ese día. Ni «ya ves lo que hiciste», ni «te portaste mal», ni pedirle que se disculpe con la señora del supermercado. Lo que sí puedes hacer, más tarde y con calma, es ponerle palabras neutras a lo ocurrido: «hoy había mucho ruido, te sentiste mal, salimos y ya estás mejor». Eso lo ayuda a construir un lenguaje para lo que le pasa, que es la base para que en unos años pueda avisar antes.

Repara el vínculo. No porque él haya hecho algo mal, sino porque el episodio fue duro para los dos y probablemente hubo un momento en el que le hablaste fuerte. Un rato juntos de algo que él disfrute, sin exigencias, sin conversación. Si tú perdiste la paciencia, una frase corta alcanza: «grité y no debí, lo siento». Los niños con autismo registran eso perfectamente, aunque no lo respondan.

Registra. En cuanto puedas, apunta los cinco datos del mapa. Cada crisis registrada te acerca a evitar la siguiente. Y si el patrón muestra que las crisis aumentan en frecuencia o intensidad, o si aparecen en un niño que antes no las tenía, conviene descartar dolor —oído, muelas, estreñimiento— y luego consultar: un cambio así casi siempre está diciendo algo.

Qué responder a la gente que opina en la calle

«Le falta mano.» «En mi época eso se arreglaba con una palmada.» «Está muy engreído.» Lo escucharás en el supermercado, en la reunión familiar y a veces de tu propia familia.

Lo primero: en medio de una crisis no debes explicaciones a nadie. Tu atención completa va a tu hijo. Lo demás puede esperar o puede quedarse sin respuesta.

Si quieres tener algo listo, sirve una frase corta y firme que cierre la conversación en lugar de abrirla: «Mi hijo es autista, está teniendo una crisis, gracias». O más breve todavía: «Gracias, lo tengo». Y si alguien insiste, la mejor respuesta es darle la espalda y seguir con lo tuyo.

Con la familia cercana el asunto es distinto, porque ahí sí vale invertir tiempo, y no en medio del episodio sino en un momento tranquilo. Explica la diferencia entre rabieta y crisis, pide dos cosas concretas —no opinar delante del niño, y llevarse a los primos cuando pasa— y comparte este artículo si te sirve. A veces funciona y a veces no; con quienes no, se reducen las visitas. Proteger a tu hijo vale más que evitar un roce familiar.

Hay una variante que duele más: la tutora o los papás del colegio que interpretan la crisis como indisciplina. Ahí no alcanza pedir comprensión: conviene una reunión con indicaciones concretas por escrito, y sobre eso vuelvo al final.

El cansancio de los padres, que también cuenta

Casi nadie pregunta por esto y es la mitad del problema. Vivir en alerta permanente —calculando el ruido de cada lugar, la hora, la ropa, la comida, la ruta— agota de una manera que quien no lo vive no entiende. A eso se le suma la vergüenza en público, la culpa por haber gritado, las noches interrumpidas, el gasto en terapias y muchas veces la soledad, porque las invitaciones se van reduciendo.

Tres cosas que sí ayudan. Turnarse de verdad: que no siempre sea la misma persona la que maneja las crisis, y que quien no está a cargo salga de la casa un rato de manera real. Buscar otras familias: los grupos de padres de niños con TEA en Lima son, para muchas mamás y papás que atiendo, el único lugar donde no tienen que explicar nada. Atenderse. No como lujo: un cuidador desbordado tiene menos capacidad de mantener la calma en el momento exacto en que la calma es la herramienta principal. Si estás llorando a diario, durmiendo mal, sintiéndote incapaz o pensando que estarías mejor sin estar, eso necesita atención ahora. En el Perú puedes llamar a la Línea 113, opción 5, del MINSA, para orientación en salud mental, y si hay riesgo para tu vida o la de alguien más, al 106 o a la emergencia del hospital más cercano.

Qué hacer con esto a partir de mañana

No intentes todo. En este orden:

  1. Esta semana: empieza el registro. Cinco datos por episodio en las notas del celular.
  2. Esta semana también: escribe la lista de señales de aviso de tu hijo y pégala donde todos la vean.
  3. Esta semana: arma el kit portátil. Si tienes que elegir un solo elemento, que sean los audífonos.
  4. Próximos quince días: decide y practica tu plan de salida. A dónde vas cuando aparece la primera señal, en el supermercado, en el colegio, en la casa de la abuela.
  5. Este mes: una reunión con la tutora, con tres indicaciones por escrito.
  6. Cuando puedas: consulta con una terapeuta ocupacional para el perfil sensorial y la dieta sensorial de tu hijo.

Y una medida de éxito realista, porque conviene tenerla clara: el objetivo no es que tu hijo no tenga más crisis nunca. El objetivo es que sean menos frecuentes, más cortas y menos intensas, y que tú sepas qué hacer cuando ocurren. Eso sí se consigue, y en muchas familias se nota en pocos meses.

Si las crisis son muy frecuentes, si hay conductas que lo lastiman o si sientes que ya no puedes sostener el día a día, en el Centro Psicológico Nueva Mente, en San Miguel, se puede solicitar una evaluación para armar un plan de manejo junto contigo.

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En el Centro Psicológico Nueva Mente atendemos de forma presencial en San Miguel, Lima, y también online por videollamada. Si algo de lo que leíste te resuena, escríbenos: la primera consulta sirve justamente para ordenar el panorama y saber qué tipo de acompañamiento necesitas.

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