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Adicción al alcohol: señales de alerta

Adicción al alcohol: señales de alerta

El consumo de alcohol va de social a riesgo, perjudicial y dependencia. Reconocer en qué punto estás importa, y en dependencia establecida dejar de golpe puede ser peligroso sin supervisión médica.

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«Yo no tomo todos los días, doctora. Yo tomo cuando hay.» El problema de esa frase, dicha en Lima, es que siempre hay. Hay cumpleaños, hay almuerzo de domingo, hay cierre de mes, hay partido, hay cena de trabajo, hay bienvenida, hay despedida, hay velorio. Si el criterio para preocuparse fuera «tomar sin motivo», casi nadie calificaría nunca, porque el motivo aparece solo tres o cuatro veces por semana.

Esta es la razón principal por la que el consumo problemático de alcohol se detecta tarde entre nosotros: no destaca. La misma conducta que en otro contexto llamaría la atención aquí se disuelve en la costumbre, y quien empieza a tener un problema encuentra a la mano una coartada social perfectamente honorable. Sumemos que la palabra «alcohólico» carga una vergüenza tan grande que nadie quiere acercarse a ella, y el resultado es previsible: entre los primeros indicios y la primera consulta pasan, muy habitualmente, más de diez años.

Este artículo es para acortar esa distancia. No para diagnosticarte —eso no se hace leyendo— sino para que puedas ubicar con criterios claros en qué punto del espectro estás.

No es «alcohólico o no alcohólico»: es un espectro

La pregunta «¿soy alcohólico?» es mala pregunta, porque solo admite dos respuestas y la realidad tiene cuatro tramos. En clínica trabajamos así:

1. Consumo de bajo riesgo. Cantidades moderadas, en contextos sociales, con días de la semana sin nada, sin episodios de embriaguez marcada y sin consecuencias. La persona decide y lo que decide se cumple.

2. Consumo de riesgo. Todavía no hay daño visible, pero el patrón lo hace probable. Aquí entran los excesos concentrados en pocas ocasiones, el consumo que sube de forma sostenida y el que empieza a cumplir una función (bajar la tensión del día, poder dormir, poder hablar en una reunión). Es el tramo más importante de todos, porque es donde una conversación de veinte minutos puede cambiar el curso de los siguientes veinte años, y casi nadie consulta en él.

3. Consumo perjudicial. El daño ya llegó y es identificable: peleas, un accidente, análisis alterados, faltas al trabajo, gastritis, presión alta, la relación deteriorada. Todavía no hay dependencia física, pero el precio se está pagando.

4. Dependencia. Aparecen la tolerancia, el malestar al reducir o al parar, el fuerte impulso a beber, la pérdida de control una vez que se empieza y la persistencia a pesar de todo lo anterior. Este tramo tiene implicancias médicas y lo desarrollo más abajo, porque es donde se cometen los errores más peligrosos con la mejor de las intenciones.

Moverse entre tramos es habitual, y se mueve en las dos direcciones. Nadie está condenado a llegar al cuarto. Pero para bajar hay que saber en cuál se está, y para eso hacen falta números.

Cuánto es demasiado: la unidad estándar

Medir en vasos no sirve, porque el vaso de una casa no es el de otra. En salud se mide en unidades de bebida estándar, y una unidad equivale, de manera aproximada, a un vaso pequeño de cerveza, a una copa de vino o a un trago corto de un destilado. La lógica es simple: lo que cuenta es el alcohol total, no el envase.

Con eso a la mano, los umbrales que se usan habitualmente para hablar de consumo de riesgo en personas adultas sanas:

  • Más de dos unidades diarias de manera habitual en varones y más de una en mujeres. La diferencia no es un prejuicio: tiene que ver con el metabolismo y con la proporción de agua corporal, y hace que la misma cantidad produzca más concentración en sangre.
  • Menos de dos días por semana completamente sin alcohol.
  • Episodios de cinco o más unidades en una sola ocasión en varones, o cuatro o más en mujeres. Esto es lo que se llama consumo intensivo episódico, y es lo que aquí conocemos como el sábado de siempre.

Dos aclaraciones, porque estos números se usan mal en las dos direcciones. La primera: estar por debajo no es un certificado de salud. Si bebes poco pero no puedes parar cuando decides parar, o si organizas tu semana alrededor de eso, el número no te salva. La segunda: hay situaciones donde el umbral es cero. Embarazo o búsqueda de embarazo, manejo de vehículos o maquinaria, cuidado de niños pequeños a cargo, algunas enfermedades del hígado o del páncreas, y cuando hay tratamiento médico en curso —cualquier interacción la evalúa el médico que te atiende, no un artículo.

El patrón cuenta tanto como la cantidad

Aquí está el punto que más resistencia genera en consulta: el atracón de fin de semana cuenta, aunque de lunes a viernes no se pruebe una gota.

La creencia de que la abstinencia semanal compensa el sábado es de las más extendidas y de las más equivocadas. Concentrar en una noche lo que otra persona reparte en siete días produce concentraciones de alcohol en sangre mucho más altas, y es esa concentración —no el promedio semanal— la que está detrás de los accidentes, las peleas, las lagunas de memoria, las decisiones de las que uno se arrepiente el domingo y el daño acumulado en el hígado y en el cerebro. Un promedio bajo con picos altos no es un consumo moderado: es un consumo de riesgo con buena contabilidad.

Otros rasgos del patrón que miro con atención:

  • Beber para algo. Para dormir, para relajarse, para poder conversar, para aguantar una reunión familiar, para no pensar. Cuando el alcohol pasa de acompañar a cumplir una función, se vuelve difícil de soltar, porque soltarlo deja un hueco funcional sin reemplazo.
  • Beber solo, o sin ocasión que lo justifique.
  • Adelantar la hora. De la noche a la tarde, de la tarde al almuerzo.
  • Que la ocasión aparezca sospechosamente seguido. Cuando alguien celebra algo cuatro veces por semana, lo que hay no es una vida social intensa.

Señales de alerta que conviene no dejar pasar

Estas son las específicas del alcohol. No hace falta tenerlas todas; tres o cuatro ya son motivo suficiente para pedir una cita.

  • Necesitar más para llegar al mismo lugar. Y su versión que suele confundirse con una virtud: aguantar mucho más que antes. En clínica el aguante no es buena noticia, es tolerancia.
  • Beber para arrancar el día o para calmar el malestar del día siguiente. Esta es la señal más pesada de toda la lista.
  • Beber para poder dormir, de manera habitual.
  • Temblor fino en las manos, sudoración, náusea o inquietud a la mañana siguiente, o cuando pasan varias horas sin beber.
  • No recordar tramos de la noche. Que otros te cuenten conversaciones que no ubicas. No es «me quedé dormido»: es un fallo de memoria por efecto del alcohol y es una señal médica seria.
  • Ocultar. Botellas guardadas, comprar en distintos sitios para que no se note, tirar los envases fuera de casa.
  • Beber antes de la reunión, en casa, para llegar nivelado.
  • Prometer y no cumplir. No un domingo: una serie de domingos, con la misma promesa.
  • Discusiones, golpes, choques, multas o situaciones vergonzosas asociadas a haber bebido.
  • Defenderte antes de que nadie te acuse. Cuando alguien explica, sin que le pregunten, por qué su consumo es normal, una parte de él ya sabe que no lo es. Es una de las señales más tempranas y casi nunca aparece en las listas.
  • Haber intentado controlarlo y no haber podido. Solo los fines de semana, solo dos, no en la semana, un mes sin. Este es el indicador más fiable, y por eso lo trabajo con más detalle en el artículo sobre cómo reconocer una adicción a tiempo.

Lo que se atribuye a otra cosa

Una parte grande de los pacientes con consumo problemático llega a mi consultorio por otro motivo. Vienen por ansiedad, por insomnio, por ánimo bajo, por irritabilidad, por problemas de pareja. El alcohol aparece en la sexta o séptima sesión, y con frecuencia era la pieza que faltaba.

  • Insomnio. Es el malentendido más costoso. El alcohol acelera el inicio del sueño y por eso se siente útil, pero destruye la segunda mitad de la noche: fragmenta el sueño profundo y el sueño REM, produce despertares hacia las tres o cuatro de la mañana y hace que uno se levante sin descanso. Entonces al día siguiente hay más cansancio, más tensión, y en la noche se vuelve a necesitar ayuda para dormir. Es un círculo que se cierra solo. Si te reconoces ahí, vale la pena entender cómo se enganchan las dos cosas en insomnio y ansiedad, por qué suelen aparecer juntos.
  • Ansiedad de rebote. Mientras el alcohol se elimina, el sistema nervioso queda en un estado de excitación aumentada. Eso se siente como ansiedad a media mañana, palpitaciones, opresión en el pecho, sensación de que algo malo va a pasar, y para muchas personas es indistinguible de un cuadro de ansiedad primario. La consecuencia práctica es cruel: beber para calmar la ansiedad produce más ansiedad al día siguiente, y la persona concluye que necesita beber más.
  • Ánimo bajo. El alcohol es un depresor del sistema nervioso central. Un consumo sostenido aplana el ánimo, quita iniciativa y aumenta la irritabilidad, y eso se confunde fácilmente con una depresión. En muchos casos hay que retirar el alcohol y esperar unas semanas para saber qué queda debajo. A veces queda bastante y hay que tratarlo; a veces mejora más de lo que nadie esperaba.
  • Irritabilidad y discusiones. No solo por lo que pasa al beber, sino por el estado de las horas siguientes.
  • Presión alta, molestias digestivas, azúcar y triglicéridos alterados. Cuando el médico te dice que algo salió alterado y no encuentra causa, el consumo de alcohol es una de las primeras cosas a revisar, con honestidad en el número.

Una advertencia que no puedo dejar de darte

Esto es lo más importante del artículo y quiero que quede sin ambigüedad.

Si hay dependencia establecida, dejar de beber de golpe y sin apoyo médico puede ser peligroso. No es una figura retórica ni una exageración para que consultes. Cuando el sistema nervioso lleva mucho tiempo adaptado a la presencia continua de alcohol, retirarlo bruscamente puede producir un cuadro de abstinencia que va desde temblor, sudoración, náusea, taquicardia y ansiedad intensa hasta complicaciones graves como convulsiones o un estado confusional agudo, que constituyen una emergencia médica.

¿Cómo saber si estás en ese grupo? Las señales que obligan a hacerlo con un médico y no por tu cuenta:

  • Beber a diario, o casi a diario, y en cantidades importantes, durante meses.
  • Temblor, sudoración o náusea en la mañana, o cuando pasan varias horas sin beber.
  • Necesitar beber temprano para sentirte mejor.
  • Haber tenido antes, al reducir, temblor intenso, alucinaciones, confusión o una convulsión.
  • Tener alguna enfermedad médica de fondo, o estar tomando cualquier tratamiento indicado por un médico.

En cualquiera de esos casos, el paso correcto no es prometer que a partir de mañana no se toma nada. Es una consulta médica antes de reducir, para que la desintoxicación se haga con supervisión. Existen esquemas para hacerla de forma segura, ambulatoria u hospitalaria según el caso, y la indicación de cualquier fármaco la hace exclusivamente un médico —habitualmente un psiquiatra o un médico de familia—, nunca un psicólogo y nunca un familiar bien intencionado. La psicoterapia se combina con eso: el médico se ocupa de que el cuerpo salga con seguridad, y el trabajo psicológico se ocupa de que la abstinencia se sostenga después, que es donde se decide todo. Cómo se organiza ese trabajo está descrito en la terapia psicológica para superar una adicción.

Y por favor: botar las botellas de la casa no es un tratamiento de desintoxicación. Si alguien de tu familia está en el cuarto tramo, quitarle el alcohol de un día para otro sin apoyo médico puede ponerlo en riesgo. Lo que hay que conseguir esa semana es una cita, no un vacío en la despensa.

«¿Y si voy y resulta que solo estoy exagerando?»

Es la objeción que más veces me han puesto, y tiene tres versiones.

«Me van a decir que soy alcohólico.» En una evaluación no se reparten etiquetas. Se describe un patrón, se ubica un nivel de riesgo y se acuerda un plan. Hay una enorme distancia entre un consumo de riesgo y una dependencia, y la mayoría de las personas que consultan están en los tramos intermedios, donde el pronóstico es bueno y el trabajo es más corto de lo que temen.

«Me van a obligar a no tomar nunca más.» En algunos casos la abstinencia completa es la única meta segura, y cuando corresponde se explica por qué con argumentos, no con moral. En otros la meta puede ser reducir a un consumo de bajo riesgo. Esa decisión se toma con el paciente, con datos sobre la mesa, y no en la primera consulta.

«Y si no era nada, perdí el tiempo.» No. Sales con tu número real, con dos o tres cosas concretas que cuidar y con un punto de comparación para el año siguiente. Nadie sale peor de una evaluación honesta.

Agrego una cuarta, que casi nunca se dice en voz alta: «¿se va a enterar mi trabajo?». Lo que se conversa en consulta está protegido por el secreto profesional. La única excepción es el riesgo grave para tu vida o para la de otra persona, y en ese caso se actúa para proteger. Fuera de eso, no se informa a nadie.

Qué hacer esta semana

Cuatro pasos, en este orden, empezando mañana.

  1. Cuenta unidades por escrito durante siete días. Todos los días, apuntando en el momento y no de memoria al final de la semana. Anota también la hora y qué estabas sintiendo antes del primer trago. La mayoría de la gente descubre que su número real es entre una vez y media y dos veces el que creía. Ese papel vale más que cualquier lista de señales.
  2. Haz la prueba de los dos días. Elige dos días seguidos de esta semana, decididos con anticipación, y pásalos sin nada de alcohol. Es la prueba diagnóstica más simple que existe. No mide tu carácter: mide si el plan se cumple y qué aparece cuando no bebes. Si aparecen inquietud, insomnio marcado, sudoración o temblor, no sigas solo: eso ya es información médica y toca consultar antes de reducir más.
  3. Revisa qué se lleva el alcohol de tu semana. Cuántas horas de sueño de verdad, cuánta plata en soles al mes, cuántos domingos, cuántas conversaciones. Escribirlo cambia la conversación interna más que cualquier advertencia externa.
  4. Pide una cita. No cuando estés seguro de tener un problema, sino ahora que tienes la duda. La duda es exactamente el motivo de consulta.

Dónde acudir en Lima. En el sistema público, los Centros de Salud Mental Comunitaria del MINSA atienden consumo de alcohol y adicciones, están distribuidos en distintos distritos y en general basta acercarse a pedir cita; también los hospitales generales y los servicios de salud mental de ESSALUD. Para orientación telefónica, la Línea 113, opción 5 del MINSA. Y si en cualquier momento hay una intoxicación con somnolencia profunda o vómitos que no cesan, una convulsión, un cuadro confusional, violencia en la casa o ideas de quitarse la vida, eso es una emergencia: llama al 106 o acude a emergencias de inmediato, sin esperar a que amanezca. En el Centro Psicológico Nueva Mente, en San Miguel, puedes solicitar una evaluación o una primera consulta para revisar tu caso y coordinar con un médico si hiciera falta.

Una cosa más, para quien esté leyendo con la lista en la mano y el estómago apretado: el hecho de que hayas llegado hasta este párrafo ya te distingue de la frase con la que empezó el artículo. Y si además necesitas entender por qué esto se instala así, sin que uno lo decida, la explicación de fondo está en qué es una adicción. Nadie llega aquí por falta de carácter.

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En el Centro Psicológico Nueva Mente atendemos de forma presencial en San Miguel, Lima, y también online por videollamada. Si algo de lo que leíste te resuena, escríbenos: la primera consulta sirve justamente para ordenar el panorama y saber qué tipo de acompañamiento necesitas.

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