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Terapia psicológica para superar una adicción

Terapia psicológica para superar una adicción

El tratamiento de una adicción sigue un orden: evaluación y motivación, estabilización, entrenamiento de habilidades, lo que estaba debajo, la familia y el mantenimiento. Sin tratar el fondo, la abstinencia no se sostiene.

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«¿Y qué me van a hacer ahí?» Me lo preguntó por teléfono un señor de cincuenta y dos años, con la voz de alguien que llevaba meses dándole vueltas. Lo que él imaginaba era una sala con sillas en círculo donde tendría que confesar cosas delante de desconocidos, o alguien que lo iba a sermonear una hora. Y como no quería ninguna de las dos cosas, había postergado la llamada dos años.

Esa confusión cuesta muchísimo tiempo, así que vale la pena explicar con claridad qué se hace en el tratamiento de una adicción. No es un misterio, no es un ritual y no es un juicio: es un proceso con fases, cada una con un objetivo distinto y con un orden que no conviene alterar. Si estás buscando el marco de por qué la adicción funciona como funciona, está en qué es una adicción y por qué no es un asunto de voluntad. Aquí te cuento el tratamiento.

Fase 1: evaluación y motivación, donde el sermón arruina todo

La primera sesión no es para convencerte de nada. Es para entender: qué consumes o qué haces, desde cuándo, con qué frecuencia, qué te alivia eso, qué has intentado antes, qué funcionó y por cuánto tiempo, qué te está costando, cómo está tu sueño, tu trabajo, tu dinero, tu casa, y si hay ansiedad, tristeza, insomnio o algo médico en curso. También se evalúa el riesgo: si hay peligro para tu salud, si hay pensamientos de no querer seguir, si hay menores en la casa.

Y después viene lo que casi nadie espera. No se trabaja contra tu resistencia; se trabaja con tu ambivalencia. Prácticamente todas las personas que llegan quieren dejarlo y no quieren dejarlo a la vez, y eso no es hipocresía: es exactamente el estado normal al inicio.

Aquí se usa lo que se llama entrevista motivacional, y su principio es contraintuitivo: cuando el terapeuta empuja, el paciente frena. Si yo me pongo a enumerar todas las razones por las que deberías dejarlo, en tu cabeza aparecen automáticamente las razones para seguir, y sales de la sesión más convencido de lo contrario. Es un fenómeno tan predecible que se cuenta con él. Por eso el terapeuta no discute, no advierte, no moraliza: pregunta y devuelve.

Una herramienta concreta de esta fase es el balance decisional. Cuatro casillas en una hoja: qué gano si sigo, qué pierdo si sigo, qué gano si dejo, qué pierdo si dejo. La casilla que casi nadie ha mirado nunca es la última, y es la más importante, porque ahí está lo que la persona teme perder de verdad: su forma de dormir, de bajar la ansiedad, de aguantar el trabajo, de socializar, de celebrar, de no pensar. Mientras esa casilla no tenga un reemplazo real, la abstinencia va a ser un ejercicio de aguante, y aguantar no funciona a largo plazo.

La fase 1 también sirve para algo práctico: definir el objetivo. En algunos casos es abstinencia total y no hay discusión; en otros se puede plantear una reducción supervisada como primer paso. Eso lo determinan la severidad del cuadro, la historia previa y el criterio médico cuando corresponde. No es una preferencia de estilo.

Fase 2: estabilización, o poner el piso antes de las paredes

Aquí el objetivo es simple de decir y difícil de hacer: que el consumo se detenga o baje lo suficiente como para que se pueda trabajar. Nadie aprende habilidades nuevas mientras el organismo y la rutina están en desorden.

Cuatro cosas ocurren en esta fase.

La decisión médica. En algunos casos de dependencia establecida, interrumpir de golpe puede ser peligroso para la salud, y esa retirada debe hacerse con supervisión médica y a veces con hospitalización breve. Esto lo evalúa un médico, no el psicólogo, y no es negociable ni se resuelve con fuerza de voluntad. Si además hace falta algún tratamiento farmacológico, la indicación la hace un médico psiquiatra: yo no receto, no ajusto ni recomiendo fármacos, y desconfía de quien lo haga sin ser médico. La psicoterapia se combina con ese tratamiento porque cumplen funciones distintas: la medicación puede bajar la intensidad del síntoma, y la psicoterapia cambia la conducta, el entorno y lo que sostiene el problema. Ninguna de las dos reemplaza a la otra.

Retirar la disponibilidad. Sacar de casa lo que haya que sacar, desinstalar aplicaciones, eliminar métodos de pago guardados, entregar temporalmente el manejo del dinero a alguien de confianza, cambiar rutas, silenciar contactos. Esto no es cobardía ni infantilización: es reducir el número de decisiones difíciles por día. Nadie aguanta cien decisiones difíciles diarias.

Estructura de horarios. Una agenda escrita para las primeras semanas, hora por hora, sobre todo en las franjas de riesgo. El vacío es el peor enemigo al comienzo. Muchas recaídas tempranas no ocurren por un impulso arrollador, sino por una tarde de domingo sin nada que hacer.

Sueño. Lo pongo aparte porque es el factor que más rinde. Hora fija de dormir, hora fija de levantarse, celular fuera del cuarto, luz de mañana. Es aburridísimo y cambia el pronóstico. Las primeras dos o tres semanas el sueño suele estar revuelto y hay que saberlo de antemano para no interpretarlo como que algo va mal.

Fase 3: las habilidades que hay que aprender

Esta es la fase larga y la más parecida a un entrenamiento. Se practican cosas, se ensayan, se llevan tareas a la semana. Buena parte de este trabajo se apoya en herramientas de la terapia cognitivo conductual, que es el enfoque con más respaldo en este campo. Lo que se trabaja:

Manejo del impulso. Reconocerlo temprano, saber que sube y baja, retrasar la decisión, cambiar de contexto físico, llamar a alguien. Se practica en frío, cuando estás bien, para que esté disponible cuando no lo estés.

Rechazo asertivo. Esta merece detalle porque en el Perú es la habilidad más necesaria y la que casi nadie tiene entrenada. En un almuerzo de domingo, en un matrimonio, en el cierre de mes de la oficina, decir que no una vez no basta: te lo van a volver a ofrecer tres veces y con cariño, que es lo que lo hace difícil. Se ensaya con guiones cortos, firmes y sin explicaciones largas, porque la explicación larga invita a la negociación:

  • «No, gracias, hoy no.» Y cambias de tema en la misma frase: «¿Cómo va el trabajo?»
  • «Estoy con tratamiento médico, así que paso.» Es cierto, es corto y cierra la conversación.
  • Si insisten: «Ya te dije que no, hermano, en serio.» Con una sonrisa y sin dar más.
  • Si alguien se pone pesado: «Si sigues insistiendo, mejor me retiro temprano.» Y te retiras.
  • Y una que funciona mejor que todas: tener el vaso ocupado desde que llegas, con lo que sea, para que nadie sienta que tiene que llenarlo.

Se ensaya en voz alta en sesión, con el terapeuta haciendo el papel del tío insistente. Suena ridículo hasta que uno lo prueba en la reunión real y se da cuenta de que salió automático.

Resolución de problemas. Muchas personas consumen porque tienen un problema que no saben cómo abordar: una deuda, un jefe imposible, un matrimonio callado, un trámite pendiente hace años. Se enseña un método para partir el problema, generar opciones y ejecutar la primera. Un problema resuelto vale más que diez conversaciones sobre motivación.

Manejo del enojo y de la ansiedad sin consumo. Aquí se instalan respuestas nuevas: respiración, actividad física, expresar antes de estallar, salir de la situación, pedir. Suena básico y es lo que estaba faltando.

Alternativas de refuerzo. Esto es central y se descuida siempre. Si le quitas a alguien lo único que le daba alivio, placer y compañía, y no pones nada en su lugar, la abstinencia se vuelve un desierto. Hay que construir cosas que compitan de verdad: deporte, un oficio, estudiar algo, música, un grupo, una responsabilidad que le importe. Con calendario y con nombres, no como buena idea.

Fase 4: lo que estaba debajo

Esta es la fase que separa un tratamiento serio de un curso de trucos. Cuando el consumo se detiene, aparece lo que el consumo estaba tapando, y casi siempre hay algo: ansiedad de años, un cuadro depresivo, experiencias traumáticas, un duelo que nunca se lloró, un maltrato en la infancia, un trabajo insostenible, un matrimonio roto que nadie nombró.

A la presencia simultánea de una adicción y otro trastorno mental se le llama patología dual, y es mucho más la regla que la excepción. Importa por una razón práctica: si el cuadro de abajo no se trata, la abstinencia no se sostiene, porque el consumo era la solución que la persona tenía para eso. Quitar la solución sin resolver el problema deja a alguien sin nada, y ahí es donde muchas personas vuelven.

Esta fase se hace cuando hay piso, no antes. Abrir un trauma en la segunda semana, sin habilidades ni estabilidad, es contraproducente. El orden importa tanto como el contenido.

Fase 5: la familia entra al tratamiento

En adicciones, trabajar solo con el paciente es trabajar con la mitad. La casa suele haberse organizado alrededor del problema durante años, con roles ya asignados: el que vigila, el que rescata, el que finge que no pasa nada, el hijo que se volvió adulto antes de tiempo.

En esta fase se hacen sesiones familiares o de pareja donde se ordenan tres cosas: qué deja de hacer la familia, qué límites se sostienen y cómo, y cómo se reconstruye la confianza, que no vuelve con promesas sino con hechos verificables y con tiempo. También se aborda algo que nadie plantea: la rabia acumulada de la pareja o de los padres, que es legítima y necesita un lugar donde ponerse que no sea el reproche diario.

La familia puede empezar incluso antes que el paciente. Es frecuente que la primera consulta la pida una esposa o una madre, y eso ya es una intervención válida, no una antesala.

Fase 6: mantenimiento

El objetivo cambia: ya no es dejar, es que la vida nueva se sostenga. Las sesiones se espacian, el trabajo pasa a ser de seguimiento y se arma por escrito el plan de prevención de recaídas, con las señales tempranas, los disparadores, las personas a las que llamar y las fechas de riesgo del año. Ese plan tiene su propio método y lo desarrollamos aparte en cómo se previenen las recaídas paso a paso.

Dos cosas de esta fase que conviene saber. Primera: el momento de más riesgo suele ser cuando la persona se siente bien, porque ahí concluye que ya no necesita nada. Segunda: espaciar sesiones no es alta. Un seguimiento cada tres o cuatro semanas durante un buen tiempo previene más recaídas que cualquier discurso.

Ambulatorio, intensivo o internamiento: con qué criterios se decide

Esta pregunta llega casi siempre desde el miedo, y por eso conviene responderla con criterios y no con impresiones.

Tratamiento ambulatorio. Una o dos sesiones por semana, la persona sigue con su vida. Es la modalidad adecuada en la mayoría de los casos: cuando hay una red de apoyo, un lugar donde vivir con cierta estabilidad, capacidad de mantener algunos períodos sin consumo y ausencia de riesgo médico grave. Tiene una ventaja enorme que se subestima: la persona practica lo que aprende en su vida real, que es donde va a tener que sostenerlo.

Ambulatorio intensivo. Varias sesiones por semana, a veces con grupo y actividades. Se plantea cuando el ambulatorio simple no alcanza, cuando hay recaídas repetidas o cuando la persona necesita más estructura durante el día pero no requiere internarse.

Internamiento. Se reserva para situaciones concretas: riesgo médico que exige supervisión, un entorno donde el consumo es constante y no hay ninguna posibilidad de estabilizarse, riesgo para la vida propia o de otros, varios intentos ambulatorios sin resultado, o un deterioro que impide sostener cualquier rutina. Es una herramienta, no un castigo, y no es el estándar. Y algo importante: el internamiento saca a la persona del ambiente, no la cura. Lo que decide el resultado es lo que se haga al salir, y por eso un internamiento sin plan de continuidad rinde poco.

Si lo que estás tratando de decidir es en qué momento pedir ayuda y qué convierte esto en una urgencia, los criterios están en cuándo buscar ayuda en una adicción a las drogas.

Cuánto dura de verdad y cómo se mide el progreso

Digo esto sin adornos porque la información honesta ayuda más que la esperanza vaga: esto no se resuelve en cuatro sesiones. La fase de estabilización y habilidades ocupa habitualmente varios meses, y el seguimiento se extiende bastante más, con sesiones cada vez más separadas. No hay plazos garantizados y desconfía de quien te ofrezca uno, o de quien te prometa una cura.

Y el progreso no se mide solo en días de abstinencia. Los días cuentan, claro, pero solos engañan: alguien puede llevar cuatro meses sin consumir, aislado, sin dormir, comiendo mal y a punto de estallar, y eso no es una recuperación, es una cuenta regresiva. Lo que también se mide:

  • Duerme mejor. Es el indicador más sensible.
  • Los impulsos son menos frecuentes, menos intensos y más cortos, y sabe qué hacer con ellos.
  • Hay vínculos que no giran alrededor del consumo.
  • Volvió a hacer cosas que había dejado, y hay algo en la semana que le importa.
  • El dinero está ordenado, aunque haya deuda.
  • Puede hablar de lo que le pasa en lugar de tragárselo.
  • Cuando algo sale mal, no vuelve a lo de antes. Esta es la prueba de fuego real.

Aquí quiero responder una objeción que aparece siempre: «¿esto significa que voy a estar en tratamiento toda la vida?» No. Significa que en los primeros años hace falta acompañamiento y que después queda una manera distinta de tratarse a uno mismo, que ya es tuya. Y otra que también aparece: «¿y si voy y me dicen que no era tan grave?» Perfecto, eso sería una excelente noticia y una consulta muy bien invertida. Nadie pierde nada averiguando.

Sobre los grupos de autoayuda: para muchas personas son una pieza valiosísima, porque dan lo que una consulta no puede dar, que es disponibilidad diaria, gente que pasó por lo mismo y un lugar donde no hay que explicar nada. No son terapia y no reemplazan el tratamiento, igual que el tratamiento no los reemplaza a ellos. Funcionan mejor juntos, y si a alguien un grupo determinado no le acomoda, conviene probar otro antes de descartar la idea.

Qué preguntar antes de contratar un centro, y por dónde empezar

En el Perú conviven servicios muy serios con lugares que no lo son, así que antes de firmar algo o de dejar a un familiar en un sitio, pregunta esto y pide ver la respuesta por escrito:

  • ¿Quién atiende y con qué título? Nombres, colegiatura, especialidad. Pregunta si hay médico y con qué frecuencia.
  • ¿Cuál es el plan de tratamiento, con qué fases, qué frecuencia y qué objetivos medibles?
  • ¿Se puede entrar y salir libremente? Un adulto no puede ser retenido contra su voluntad. Si un lugar te ofrece ir a recogerlo y encerrarlo, no es un tratamiento, y ahí no dejes a nadie.
  • ¿Se permiten visitas y llamadas? El aislamiento total de la familia es una señal de alarma.
  • ¿Cuánto cuesta todo, qué incluye, qué no incluye y qué pasa si hay una recaída?
  • ¿Qué hacen si hay una emergencia médica y a qué establecimiento derivan?
  • ¿Hay algún tipo de castigo, exigencia física, exposición pública o práctica religiosa obligatoria? Nada de eso tiene respaldo clínico.
  • ¿Qué seguimiento hay al salir? Si no hay ninguno, falta la mitad del tratamiento.

Y si el costo es el problema, el sistema público es una vía real: los Centros de Salud Mental Comunitaria del MINSA atienden por zona y son la puerta de entrada más accesible, además de la atención por ESSALUD o SIS según tu caso. Para orientación telefónica está la Línea 113, opción 5, del MINSA; para emergencias, el 106 y la emergencia del hospital más cercano. Si en algún momento hay pensamientos de no querer seguir viviendo, eso no espera a la próxima cita: se llama ese mismo día.

Un último consejo práctico. Si llevas meses dándole vueltas, no esperes a estar seguro, porque esa seguridad no llega antes: llega después. Pide una evaluación, que no te compromete a un tratamiento largo ni a ninguna etiqueta, y sal de ahí con un plan escrito. En el Centro Psicológico Nueva Mente, en San Miguel, puedes solicitar esa primera consulta, para ti o para un familiar.

Agenda tu consulta en San Miguel

En el Centro Psicológico Nueva Mente atendemos de forma presencial en San Miguel, Lima, y también online por videollamada. Si algo de lo que leíste te resuena, escríbenos: la primera consulta sirve justamente para ordenar el panorama y saber qué tipo de acompañamiento necesitas.

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