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Pareja

¿Por qué algunas parejas repiten siempre los mismos conflictos?

¿Por qué algunas parejas repiten siempre los mismos conflictos?

Los problemas perpetuos de una pareja no se resuelven, se administran: el objetivo de esas conversaciones no es llegar a un acuerdo, sino que los dos terminen sintiéndose comprendidos.

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Si le pides a una pareja de quince años que te cuente sus peleas más importantes, va a nombrar tres o cuatro. Siempre las mismas. Con distintos escenarios, distintos años y distintos detalles, pero el mismo esqueleto: él y su familia, ella y el desorden, él y las horas de trabajo, ella y las ganas de salir.

Eso, que suele leerse como el fracaso de una pareja, es en realidad la descripción más exacta de cómo funcionan todas. La investigación sobre parejas viene mostrando desde hace décadas algo bastante incómodo: una parte importante de los conflictos de cualquier relación no tiene solución. No porque las personas sean tercas, sino porque nacen de diferencias estables de personalidad, de valores o de historia, y esas diferencias no se van a ir.

Lo que sigue no es una explicación de por qué se producen las escaladas ni un método para desactivar una pelea; eso ya está desarrollado en otros artículos y te los voy a enlazar. Esto es otra cosa: por qué hay conflictos que vuelven siempre, cómo se distinguen de los que sí se arreglan, y qué se hace con unos y con otros.

Problemas resolubles y problemas perpetuos: no son lo mismo

Un problema resoluble es concreto, situacional y se agota cuando se resuelve. Quién recoge al chico los martes. Cómo se dividen las cuentas del mes. Si este año van a la casa de tus papás o a la de los míos en Navidad. Se conversa, se acuerda, se cumple, y el tema desaparece del repertorio.

Un problema perpetuo es distinto: es la diferencia entre dos personas expresada en un tema. Uno necesita planificar y el otro improvisa. Uno es más sociable y el otro necesita más soledad. Uno es puntual hasta la obsesión y el otro llega quince minutos tarde a todo. Uno creció en una familia que se mete en todo y el otro en una donde cada quien se ocupa de lo suyo. Uno quiere ahorrar y el otro disfrutar hoy.

Eso no se resuelve, porque para resolverlo alguien tendría que dejar de ser quien es. Y ninguna pareja funciona con uno de los dos convertido en otra persona.

La buena noticia es que esto no distingue a las parejas felices de las infelices. Todas las parejas tienen problemas perpetuos, muchos y desde el primer año. La diferencia entre las que funcionan y las que se rompen no está en la cantidad de perpetuos, sino en cómo los llevan: las parejas que están bien conversan sus problemas perpetuos con humor y con cariño; las que están mal se atascan en ellos.

Esto también quiere decir que cambiar de pareja no elimina el problema, solo cambia el catálogo. Te vas a llevar a otra relación un juego distinto de diferencias irreconciliables, y en algún momento vas a discutir por ellas con la misma intensidad.

Cómo reconocer cuál tienes delante

En consulta se distingue con bastante rapidez y tú también puedes hacerlo en casa. Señales de que estás frente a un perpetuo:

  • Lleva más de un año dando vueltas y ya lo conversaron varias veces.
  • Se puede predecir la discusión completa: sabes lo que va a decir, en qué orden y con qué tono. Y él sabe lo mismo de ti.
  • Cambia de tema pero no de contenido. Una semana es la mamá de él, otra semana es el almuerzo del domingo, otra son las vacaciones. Debajo siempre está lo mismo.
  • Cuando lo negocian, el acuerdo dura dos semanas y después todo vuelve exactamente a donde estaba.
  • Ninguno de los dos puede explicar racionalmente por qué le importa tanto. Esta es la señal más clara de todas: cuando la intensidad no se explica con el contenido, es porque debajo hay algo mucho más grande.

Un ejemplo que se repite: ella quiere que salgan con amigos dos veces al mes, él prefiere quedarse en casa. Discutido así, parece un tema de agenda. No lo es. Para ella salir es sentirse viva y no estar encerrada como estuvo su mamá durante veinte años. Para él la casa es el único lugar donde puede bajar la guardia después de una semana de exigencia. No están negociando un sábado. Están defendiendo dos necesidades bastante serias.

Qué se hace con los resolubles, para no gastar energía donde no toca

Antes de meternos en los perpetuos, vale ordenar los otros, porque muchas parejas se agotan tratando un problema simple como si fuera existencial.

Con un problema resoluble funcionan cuatro cosas, y no hace falta mucho más:

  1. Arranque suave. Cómo empieza la conversación predice bastante bien cómo termina. «Necesito que veamos lo de los martes» funciona; «tú nunca te haces cargo de nada» no.
  2. Una petición concreta y en positivo. Qué quieres que ocurra, no qué está mal. «¿Puedes recogerlo tú los martes?» en lugar de «no puede ser que yo haga todo».
  3. Un acuerdo con nombre, día y hora. Los acuerdos vagos no se cumplen: no porque haya mala fe, sino porque no se recuerdan.
  4. Revisión a las dos semanas. Corta, sin drama, para ajustar lo que no funcionó.

Si con esas cuatro cosas el tema no se cierra, deja de tratarlo como resoluble. No es de agenda: es un perpetuo disfrazado.

Los perpetuos no se resuelven: se administran

Este cambio de objetivo es la parte más difícil de aceptar y también la que más alivio produce cuando se acepta.

Administrar un perpetuo significa cuatro cosas concretas. Primero, dejar de intentar ganar la discusión, porque no hay nada que ganar: no existe una respuesta correcta sobre cuánto se sale un sábado. Segundo, poder hablar del tema sin que termine mal, aunque no se llegue a ningún acuerdo nuevo. Tercero, encontrar acuerdos temporales que funcionen un tiempo y revisarlos cuando dejen de funcionar. Cuarto, desarrollar humor sobre el asunto, que es la señal más confiable de que un perpetuo dejó de doler: las parejas que llevan treinta años juntas se ríen de sus diferencias y las usan como chiste interno.

Fíjate en el criterio de éxito, porque es distinto del habitual. Una conversación sobre un problema perpetuo es exitosa cuando los dos terminan sintiéndose comprendidos, aunque nada se haya resuelto. No cuando se llegó a un acuerdo. La mayoría de estas conversaciones no terminan en acuerdo y no pasa nada, siempre que terminen en comprensión.

Es exactamente lo contrario de lo que hace la mayoría, que vuelve al tema con la esperanza de que esta vez sí el otro entienda y ceda. Ese es el motor de que las mismas discusiones se repitan durante años: cada intento es un nuevo asalto de un combate que no tiene final.

El sueño dentro del conflicto: qué defiende cada uno detrás de su postura

Debajo de toda posición rígida hay algo legítimo. Casi siempre es una necesidad, un valor o una historia, y casi nunca se ha dicho en voz alta, porque en medio de la pelea nadie habla de eso: se habla de la superficie.

Algunos ejemplos reales, muy resumidos:

  • «Quiero ahorrar el treinta por ciento» / «quiero disfrutar ahora». Debajo: alguien que vio a su familia perderlo todo y alguien que perdió a un hermano joven y aprendió que el después no está garantizado.
  • «Los domingos son con mi familia» / «los domingos son nuestros». Debajo: alguien para quien la familia es el lugar donde se pertenece y alguien que creció en una casa invadida y necesita un espacio propio.
  • «Hay que exigirle más al chico» / «hay que dejarlo ser». Debajo: alguien a quien la exigencia lo salvó y alguien a quien la exigencia lo lastimó.
  • «Yo necesito hablar las cosas ahora» / «yo necesito un rato solo». Debajo: alguien que en su casa vivía el silencio como abandono y alguien que lo vivía como la única forma de que no explotara todo.

La conversación que destraba estos temas tiene una estructura muy simple y hay que hacerla en frío, no en medio de la pelea. Uno habla y el otro solo pregunta, sin defenderse, durante unos quince minutos. Las preguntas son estas: ¿qué significa esto para ti? ¿Tiene que ver con algo de tu historia? ¿Qué es lo que más te asusta si cedes en esto? ¿Cómo sería la situación ideal para ti, sin filtro? Después se cambian los roles.

No es una técnica de negociación, es una técnica de comprensión. Y suele producir un efecto curioso: cuando alguien se siente entendido de verdad en lo que defiende, se vuelve mucho más flexible en lo concreto.

Un diálogo de perpetuo bien llevado, línea por línea

Para que se vea la diferencia, dos versiones de la misma conversación entre Rosa y Diego, sobre las horas que él trabaja.

Versión atascada:

«Otra vez vas a llegar a las diez.» «Ya empezaste. ¿Y qué quieres, que renuncie?» «Nunca estás.» «Trabajo para esta casa, por si no te has dado cuenta.»

Versión administrada:

«Cuando llegas a las diez me da bajón. No es un reclamo, es que te extraño.» «Yo también llego cansado y con culpa, para serte honesto.» «¿Qué te pasa si sales antes?» «Siento que van a pensar que no estoy comprometido. Y esa idea me da pánico.» «Ya. Yo no sabía eso. ¿Y si dos días fijos a la semana llegas a las ocho y los otros tres yo dejo de esperarte y hago mis cosas?» «Eso sí puedo.»

No se resolvió el problema perpetuo: Diego sigue siendo alguien que trabaja mucho y Rosa sigue siendo alguien que necesita presencia. Pero el tema dejó de ser una pelea y se convirtió en un acuerdo temporal que dura lo que dure. Dentro de ocho meses se va a volver a conversar, y está bien.

Si te cuesta llegar a ese segundo tipo de diálogo, no es cuestión de voluntad; hay habilidades concretas que se entrenan y que están desarrolladas en el artículo sobre cómo se conversa distinto en pareja.

Cuándo un perpetuo se convierte en un atasco

Un perpetuo administrado se conversa, incomoda y sigue su curso. Un perpetuo atascado tiene otras características, y estas sí son señal de alarma:

  • Aparece el desprecio. Ironía, burla, poner los ojos en blanco, comentarios sobre el carácter del otro. Es el mejor predictor de deterioro que se conoce.
  • Ya no se conversa el tema, se evita. No es paz: es un campo minado. La pareja va reduciendo su territorio de conversación hasta que solo quedan la logística y los chicos.
  • Se convirtió en identidad. Ya no es «tenemos una diferencia con el tema del orden», sino «él es un desconsiderado», «ella es una controladora». Cuando el conflicto pasa a ser un rasgo del otro, deja de haber problema y empieza a haber acusado.
  • Cada conversación arrastra todo el historial. Se empieza por el sábado y en cuatro minutos ya se está hablando de algo de hace seis años.
  • Aparece el resentimiento sordo. Uno cedió tantas veces que dejó de discutir, pero lleva una cuenta interna y esa cuenta cobra en otro lado: menos afecto, menos deseo, menos ganas.

Un perpetuo atascado hace más daño que uno abierto. La pareja que discute por lo mismo cada tres meses está viva; la que dejó de discutirlo hace dos años y lo esquiva todos los días está peor, aunque desde afuera parezca más tranquila.

Cómo se desatasca: cuatro movimientos

  1. Nombrarlo como perpetuo, los dos, en voz alta. «Esto no lo vamos a resolver, es una diferencia entre nosotros.» Suena a rendición y es lo contrario: quita de la mesa la expectativa que produce la pelea.
  2. Retirar el desprecio antes que cualquier otra cosa. Sin excepciones y desde hoy. Mientras haya burla, ningún trabajo de fondo prende.
  3. Hacer la conversación de los sueños, una vez, en frío, con la estructura de preguntas de arriba. Suele haber que hacerla dos o tres veces a lo largo de un año.
  4. Acordar algo temporal y chico, con fecha de revisión. No la solución definitiva: un arreglo para los próximos dos meses.

Y una advertencia práctica: nada de esto se puede hacer con el cuerpo desbordado. Si en la conversación aparecen taquicardia, ganas de gritar o de irse, hay que parar y retomar con hora acordada. El protocolo completo para eso, con la pausa acordada y el guion de la vuelta, está en el artículo sobre cómo romper el ciclo de las discusiones constantes, y conviene tenerlo instalado antes de meterse con los temas grandes.

Cuando una pareja lleva años atascada en dos o tres perpetuos, casi siempre necesita a alguien que le muestre el circuito desde afuera, porque desde adentro cada uno solo ve la mitad. En nuestro consultorio de San Miguel el trabajo con parejas empieza justamente por ahí: identificar cuáles de sus conflictos son resolubles, cuáles no lo son y cuáles están atascados.

«¿Entonces me tengo que resignar?»

No, y la diferencia entre aceptar y resignarse importa mucho.

Resignarse es callarse. Es dejar de pedir, tragarse el fastidio y acumular. Produce paz aparente y resentimiento real, y termina apareciendo como distancia o como una explosión desproporcionada por cualquier tontería.

Aceptar es otra cosa: es reconocer que esa diferencia existe y va a seguir existiendo, seguir hablando de ella, y negociar acuerdos parciales que se revisan. Aceptar deja el tema vivo y conversable. Resignarse lo mata y lo entierra en el patio.

Hay además perpetuos que no se pueden administrar porque son incompatibilidades de fondo: querer o no querer hijos, querer vivir en ciudades distintas, tener proyectos de vida que se excluyen. Esos no son conflictos de comunicación y no se arreglan hablando mejor. Ahí lo que se necesita es una decisión, y sostener la ambigüedad durante años suele salir más caro que tomarla.

Qué hacer en los próximos siete días

  1. Hagan la lista. Cada uno escribe por separado los cuatro o cinco temas por los que más discuten, y marca al costado si cree que son resolubles o perpetuos. Después comparen. La conversación sobre las diferencias entre las dos listas ya vale el ejercicio.
  2. Elijan un resoluble y ciérrenlo esta semana, con día, hora y responsable. Uno solo. Cerrar uno pequeño devuelve la sensación de que se puede.
  3. Elijan un perpetuo y hagan la conversación de los sueños. Quince minutos cada uno, en frío, uno pregunta y el otro habla. Prohibido proponer soluciones ese día.
  4. Una semana sin ironía. Ni una burla, ni un ojo en blanco. Es lo más difícil de la lista y lo que más se nota.

Después de años en consulta, sigo pensando que la frase más útil que puede aprender una pareja no es «tenemos que solucionar esto». Es «esto no lo vamos a solucionar, y podemos vivir bien igual».

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