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Mitos sobre la depresión

Mitos sobre la depresión

Doce mitos sobre la depresión, desmontados uno por uno con lo que sí sabemos: no es tristeza, no sale con voluntad, no siempre se nota y preguntar por el suicidio protege en lugar de sembrar la idea.

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«Lo que tú tienes es falta de actitud, hija»

Eso le dijo su mamá, con todo el cariño del mundo, a una mujer de treinta y siete años que llevaba cuatro meses llorando en el baño de su oficina antes de entrar a trabajar. No lo dijo para hacerle daño; lo dijo porque es lo que ella aprendió y lo que le dijeron a ella. Y de todas formas hizo daño: esa paciente tardó ocho meses más en pedir una cita, porque cada vez que estaba a punto de llamar escuchaba la voz de su mamá y concluía que estaba exagerando.

Eso es lo que hacen los mitos sobre la depresión. No son opiniones inocentes que circulan por WhatsApp: son la razón concreta por la que la gente llega tarde. Y llegar tarde importa, porque un cuadro que se atiende en el mes tres es más corto y más simple que el mismo cuadro atendido en el año dos. Vamos uno por uno, con lo que hay debajo de cada uno.

Tres mitos sobre qué es la depresión

«La depresión es estar muy triste.» Es el mito madre, del que salen casi todos los demás. La tristeza puede estar y muchas veces está, pero el síntoma que más define un cuadro depresivo no es la tristeza: es la anhedonia, que es la pérdida de la capacidad de disfrutar. Personas que ya no sienten nada con la música que les gustaba, con su comida favorita, con sus hijos. Y hay depresiones donde la queja principal no es tristeza sino vacío, embotamiento o irritabilidad; hay pacientes que me dicen «yo no estoy triste, doctora, yo estoy apagado». Si el criterio que usas para reconocerla es solo el llanto, se te pasan la mitad de los casos. Cómo se reconoce de verdad, con los criterios de duración e interferencia, está en cómo se reconoce una depresión y qué tipos existen.

«Si tiene todo para estar bien, no puede estar deprimido.» Trabajo, pareja, hijos sanos, casa propia, y aun así deprimido: para mucha gente eso es una contradicción, y para el propio paciente es una fuente enorme de culpa. Pero la depresión no es un balance de circunstancias, es una alteración del funcionamiento del ánimo. Un cuadro depresivo puede instalarse sin ningún desencadenante identificable, por vulnerabilidad, por meses de mal sueño, por una enfermedad médica de fondo. Buscar la causa única, en singular, es casi siempre un callejón sin salida, y en cambio deja instalada la idea de que si no hay tragedia no hay derecho a estar mal.

«Si alguien está deprimido, se le nota.» No siempre. Existe la depresión que sostiene la fachada: la persona trabaja, cumple, contesta los mensajes, se ríe en la reunión, y llega a su casa a desplomarse. Se le nota a quien vive con ella, y a veces ni eso. Por eso las frases del tipo «pero si la vi el sábado y estaba de lo más bien» no descartan nada. Una fachada sostenida no es prueba de que no pasa nada; muchas veces es la parte más agotadora del cuadro.

Tres mitos sobre el carácter

«Es falta de carácter» o, en su versión religiosa, «es falta de fe». Este es el que más se dice en las casas peruanas, y el que más silencio produce. La depresión no es un defecto moral: es un cuadro de salud, con cambios en el sueño, el apetito, la energía, la concentración y la velocidad del pensamiento. A nadie se le ocurriría decirle a un diabético que le falta carácter para producir insulina. Sobre la fe: la vida espiritual puede ser un apoyo enorme, un lugar de comunidad y de sentido, y no está en competencia con el tratamiento. Lo que hace daño no es la fe, es usarla como explicación del cuadro, porque entonces la persona añade a la depresión la conclusión de que además Dios está decepcionado de ella.

«Sale con voluntad y con actitud positiva.» Aquí conviene explicar el mecanismo, porque es el mito que más se disfraza de consejo bienintencionado. La depresión ataca justamente la maquinaria de la voluntad: baja la iniciativa, apaga la anticipación de placer y hace que cada tarea se vea mucho más difícil de lo que es. Pedirle voluntad a alguien deprimido es pedirle que use la herramienta que la enfermedad le rompió. Y el «piensa positivo» tampoco funciona: repetirse frases lindas que uno no cree solo confirma la sensación de estar fingiendo. Lo que sí funciona es distinto y bastante concreto: empezar a hacer actividades pequeñas antes de tener ganas, porque en depresión las ganas vienen después de la acción y no antes. Eso, que se llama activación conductual, es una de las piezas centrales de lo que realmente se hace en el tratamiento psicológico de la depresión.

«Eso les pasa a los débiles», o su variante clasista, «eso es de gente rica que tiene tiempo para pensar en sí misma». Lo veo en pacientes que trabajan doce horas y encima se avergüenzan de estar mal. Los datos van al revés: la precariedad económica, el desempleo, las jornadas largas, los traslados eternos y la falta de red de apoyo son factores de riesgo, no de protección. La diferencia real entre estratos no está en quién se deprime, está en quién puede consultar. Y hay muchísima gente fuerte deprimida: de hecho, la gente que aguanta sola durante años suele llegar más grave, no más sana.

El mito que más silencia a los varones

«Los hombres no se deprimen.» Se diagnostica menos en varones, sí, pero eso no significa que se deprimen menos: significa que su depresión se ve distinta y que consultan mucho menos.

En el varón peruano el cuadro suele disfrazarse de otras tres cosas. De ira: mecha corta, gritos por cualquier cosa, pelearse en el tráfico, discutir con la esposa por el volumen de la tele. De trabajo: agarrar más turnos, quedarse hasta las nueve, no soportar estar en la casa sin hacer nada porque el silencio deja pensar. Y de alcohol: unas cervezas cada noche para poder apagar la cabeza y dormir. Ninguna de esas tres se lee como tristeza, ni por la familia ni por él mismo, así que nadie llama al psicólogo: se dice que está renegón, que está estresado, que está de mal genio últimamente.

Hay una consecuencia que hay que decir sin dramatismo pero con claridad: en varones el riesgo suicida se detecta menos porque avisan menos, y por eso hay que aprender a leer estas señales indirectas. Cómo se detectan y qué hacer está en señales de riesgo suicida: cómo detectarlas y qué hacer.

Dos mitos que impiden hablar

«Hablar de la depresión la empeora; mejor no remover.» La creencia es que si uno nombra el problema lo agranda. Lo que pasa en realidad es lo contrario: el silencio es lo que lo sostiene. Callar obliga a mantener una fachada que consume una cantidad brutal de energía, deja a la persona sin ninguna corrección externa a lo que piensa de sí misma, y le confirma que su malestar es una vergüenza. Poner en palabras, en cambio, ordena: lo que no se nombra se rumia en círculos, y lo que se cuenta se vuelve más manejable. Hay un matiz honesto: hablar sin marco —repetir todo el día lo mal que estás con quien sea— puede volverse rumiación en voz alta. Hablar con estructura, en una consulta o con una persona de confianza, no.

«Preguntar por el suicidio siembra la idea.» Este es el mito que más urge desmontar, y lo digo con toda la firmeza que me permite el formato: no es cierto. Preguntarle a alguien directamente si ha pensado en quitarse la vida no le mete la idea en la cabeza. Si no la tenía, contesta que no y no pasa nada. Si la tenía, casi siempre siente alivio, porque llevaba semanas cargándola sola y creyendo que era impronunciable. Preguntar protege: abre la conversación, permite evaluar el riesgo y permite actuar.

Cómo se pregunta, en concreto y sin rodeos: «¿has llegado a pensar en quitarte la vida?», «¿has pensado en cómo lo harías?». Con calma, mirando a la persona, sin cara de espanto y sin sermón. Lo que no hay que hacer es prometer secreto absoluto: si hay riesgo para la vida, hay que involucrar a otros, y es mejor decirlo de frente. Si aparece cualquier señal de riesgo, en el Perú tienes la Línea 113, opción 5 del MINSA, que es la línea de salud mental y atiende todo el día; el 106 para emergencias; y la emergencia del hospital más cercano, sea MINSA o ESSALUD. Y en esas horas, no dejar sola a la persona.

Tres mitos sobre el tratamiento

«Los medicamentos para la depresión cambian la personalidad o crean adicción.» Es el miedo que más veo, y hace que mucha gente no vaya al psiquiatra o abandone a los cuatro días. No voy a nombrar ningún fármaco, porque la indicación, el ajuste y el retiro los hace exclusivamente un médico psiquiatra, y ningún artículo de internet reemplaza esa evaluación. Lo que sí puedo aclarar: el objetivo del tratamiento médico no es cambiar quién eres, es devolver el funcionamiento del sueño, el apetito y la energía, que es lo que la depresión desordenó; los pacientes que mejoran no dicen «soy otra persona», dicen «volví a ser yo». Hay efectos que se pueden sentir al inicio y que se conversan con el médico, y para eso son los controles. Y el término «adicción» está mal usado para hablar de esto: los tratamientos de este tipo no producen la búsqueda compulsiva propia de una adicción; lo que sí existe es que suspenderlos de golpe puede sentar mal, y por eso el retiro se hace de forma gradual y con indicación médica, nunca por cuenta propia. Cualquier duda concreta sobre tu caso va al psiquiatra, no al grupo de WhatsApp de la familia.

«El ejercicio y un viaje la curan.» El ejercicio ayuda de verdad y forma parte del tratamiento; caminar es una de las cosas con mejor relación entre esfuerzo y resultado que existen. Pero ayudar no es curar. Un cuadro moderado o grave no se resuelve con salir a correr, y cuando alguien lo intenta como única medida y no mejora, saca la conclusión venenosa de que ni eso le funciona. Con el viaje pasa algo parecido y más claro: el viaje cambia el paisaje, no el cuadro. Vas a Cusco cargando exactamente el mismo insomnio, la misma culpa y la misma anhedonia, y encima con la presión de tener que estar disfrutando.

«Si ya mejoró, puede dejar el tratamiento.» Es el mito que produce más recaídas, y lo veo cada año. La persona empieza a dormir, vuelve a tener energía, y decide que ya está: deja de ir a sesiones, o deja lo que le indicó su médico. El problema es que sentirse mejor no es lo mismo que estar recuperado. Los síntomas ceden antes de que se consoliden los cambios, y la última parte del trabajo —las creencias de fondo, las señales tempranas propias, el plan para cuando vuelvan— es justo la que baja el riesgo de un próximo episodio. Y ese riesgo importa, porque haber tenido un episodio es el mejor predictor de tener otro. El tratamiento se cierra con un alta conversada, no con un abandono.

Por qué estos mitos no son inofensivos

Hacen tres daños muy concretos, y los tres se pueden ver en consulta.

Retrasan la consulta. El promedio de tiempo que la gente aguanta antes de pedir ayuda es enorme, y casi siempre lo que se interpuso fue una de estas creencias. Meses o años de vida que se podían haber vivido de otra manera.

Empeoran el cuadro por dentro. La persona deprimida no solo escucha estos mitos de afuera: los tiene adentro. Ya cree que le falta carácter, ya cree que no tiene derecho a estar así. Los mitos se le suman como una capa extra de culpa sobre un cuadro que ya fabrica culpa por su cuenta.

Convierten a la familia en obstáculo sin que ella lo quiera. El papá que dice «ponte a trabajar y se te pasa» quiere ayudar. El daño no está en la intención, está en el contenido, y eso sí se puede corregir simplemente informando.

Qué hacer con lo que acabas de leer

Tres cosas prácticas.

Si te reconociste en el que sufre: quita del cálculo la pregunta de si tienes derecho a estar así. No es un requisito. El criterio es otro y es simple: ¿esto lleva más de dos semanas casi todos los días? ¿te está impidiendo funcionar o disfrutar? Con eso alcanza para pedir una evaluación. Si además el freno era el miedo a lo que es una terapia, ahí hay otro paquete completo de creencias en mitos y verdades sobre asistir a terapia psicológica.

Si te reconociste en el que dice estas frases: no te castigues, cámbialas. En lugar de «échale ganas», prueba con «te acompaño a la primera cita» o «¿te paso a buscar el jueves y caminamos un rato?». En lugar de «pero si tienes todo», prueba con «cuéntame desde cuándo te sientes así». Y si te da miedo preguntar directamente por el suicidio, ya sabes lo que hay que saber: preguntar no siembra nada, y callarse sí puede costar caro.

Si estás decidiendo si consultar o no: guarda la fecha aproximada desde la que te sientes así y anota qué dejaste de hacer que antes hacías. Son los dos datos con los que empieza cualquier evaluación seria. En el Centro Psicológico Nueva Mente, en San Miguel, puedes solicitar una evaluación o una primera consulta cuando quieras dar ese paso.

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En el Centro Psicológico Nueva Mente atendemos de forma presencial en San Miguel, Lima, y también online por videollamada. Si algo de lo que leíste te resuena, escríbenos: la primera consulta sirve justamente para ordenar el panorama y saber qué tipo de acompañamiento necesitas.

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