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Habilidades sociales en niños con síndrome de Down: cómo estimularlas

Habilidades sociales en niños con síndrome de Down: cómo estimularlas

La disposición al contacto no es habilidad social: la reciprocidad, leer el contexto y la distancia física se enseñan de forma explícita, por niveles, con juego de roles y mucha práctica repetida.

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«Mi hijo es súper sociable, señorita. Saluda a todo el mundo, abraza a la cajera del supermercado, se sienta al lado del señor que espera el micro. El problema es que no tiene ni un amigo.»

Esa frase, dicha por la mamá de Adrián, de nueve años, resume bastante bien el malentendido más grande que hay alrededor de las habilidades sociales en los niños con síndrome de Down. Se los describe como cariñosos, simpáticos, «puro amor», y en muchos casos es cierto: la disposición al contacto suele ser buena y temprana. Pero la disposición no es la habilidad. Querer estar con otros y saber cómo estar con otros son dos cosas distintas, y la primera sin la segunda produce exactamente lo que describía esa mamá: un niño que se acerca a todos y con el que casi nadie se queda.

Este artículo va de lo segundo. De qué se entrena, en qué orden, con qué herramientas, y cómo distinguir un amigo de verdad de esa cosa incómoda que a veces se arma en los colegios y que consiste en que todos son muy amables con él y nadie lo invita a nada.

Ser sociable no es tener habilidades sociales

Una habilidad social es una conducta concreta, observable y entrenable. Mirar a quien te habla. Esperar a que termine. Responder algo relacionado con lo que dijo. Preguntar de vuelta. Darse cuenta de que el otro se está aburriendo y cambiar de tema. Notar que alguien está molesto y bajar el volumen. Todo eso se aprende, y la mayoría de los niños lo aprende por observación, casi sin que nadie se lo enseñe de forma explícita.

Ahí está la diferencia. Un niño con síndrome de Down suele necesitar que eso se le enseñe de forma explícita, con pasos, con práctica y con repetición, porque el aprendizaje por observación incidental le rinde menos. No es que no pueda: es que no lo va a absorber solo del ambiente al mismo ritmo que sus primos.

Y hay un segundo factor que casi nadie nombra: la simpatía tapa el déficit. El niño que se aísla preocupa y recibe intervención; el que abraza a todos tranquiliza y no recibe ninguna. Diez años después, el segundo tiene un repertorio social de saludos y despedidas, y nada en el medio.

Lo que hay que mirar no es cuánto se acerca, sino qué pasa después de que se acerca.

Lo que sí suele costar, punto por punto

Vale la pena ser específico, porque «tiene dificultades sociales» no se puede trabajar y «no espera su turno para hablar» sí.

  • La reciprocidad. Contar algo suyo y no preguntar nada del otro. La conversación se convierte en dos monólogos paralelos o en un monólogo con oyente. Es lo primero que se nota cuando dos niños de once años intentan conversar.
  • Mantener el tema. Puede iniciar bien y sostener dos o tres turnos, y de pronto salta a lo que le interesa: la película que vio, el cumpleaños del sábado, la canción que le gusta. El otro niño no lo lee como un cambio de tema, lo lee como que no lo escuchó.
  • Leer el contexto. El mismo tono y la misma cercanía para la profesora, para el amigo, para el señor del banco. Falta la lectura de «con quién estoy y qué corresponde acá».
  • La distancia física. Hablar muy cerca, tocar el brazo para pedir atención, abrazar en el saludo a alguien que recién conoce. A los cuatro años es gracioso, a los catorce genera rechazo y a veces problemas serios.
  • La conducta repetitiva en lo social. Contar la misma anécdota, hacer la misma broma, preguntar lo mismo. Al principio le funciona porque los adultos responden; con los pares se desgasta rápido.
  • Salir de un conflicto. Muchos aprenden a evitar: se retiran, se quedan callados, o se plantan en el suelo. Casi ninguno aprende solo a decir «no me gustó eso» y seguir en la escena.
  • La confianza excesiva con desconocidos. Merece un apartado propio, y va a continuación.

Ninguna de estas cosas es un rasgo de personalidad fijo. Todas son objetivos de entrenamiento, y todas responden. Lo que no responde es esperar a que se le pase con la edad.

Por qué la confianza con desconocidos no es simpatía, es seguridad

Este punto suele incomodar y hay que decirlo con claridad. Un niño que se sube al carro de cualquiera porque le dijeron que la mamá lo mandó, que acepta un dulce en la puerta del colegio, que se va con quien le habla bonito o que abraza a un adulto que acaba de conocer, está en riesgo. Los niños con discapacidad intelectual tienen más probabilidad de ser víctimas de abuso, y una parte de esa vulnerabilidad viene precisamente de haber sido entrenados durante años para ser obedientes, cariñosos y agradables con todo el mundo.

La enseñanza de seguridad se hace con reglas concretas, visuales y ensayadas, no con advertencias abstractas del tipo «no hables con extraños» (que además no funcionan, porque para él casi nadie es «extraño»):

  1. Círculos de cercanía. Un dibujo con círculos: en el centro él; después papá, mamá y los hermanos; después la familia cercana y sus profesores; después conocidos; afuera, gente que no conoce. Y para cada círculo, qué saludo corresponde: beso, abrazo, choque de manos, o un «hola» con la mano a distancia. Se practica y se cuelga en la pared.
  2. La regla de las tres personas seguras. Nombres y fotos de tres adultos a los que sí puede pedir ayuda si se pierde. Se ensaya en el centro comercial, de verdad.
  3. Nadie se toca debajo de la ropa, ni siquiera alguien conocido, ni siquiera si dice que es un secreto. Y los secretos que dan miedo o vergüenza se cuentan siempre.
  4. Nunca me voy con alguien sin avisar a papá o mamá, aunque diga que ellos lo mandaron.

Esto no se enseña una vez. Se repasa cada cierto tiempo, como se repasa cruzar la pista.

El entrenamiento por niveles: de saludar a conversar

Un error frecuente es empezar por arriba. Se apunta directamente a «que tenga amigos», que es un resultado, no una habilidad. Conviene ir por escalones y trabajar uno a la vez, durante semanas, hasta que salga sin ayuda.

Nivel 1: entrar y salir de una interacción. Mirar, saludar por el nombre, esperar respuesta, despedirse. Suena básico y es donde más se gana, porque el nombre del otro es lo que abre casi todo.

Nivel 2: turnos. Juegos de mesa sencillos, pasarse la pelota, cualquier actividad donde el turno sea físico y visible antes de que sea conversacional. El turno de hablar se entiende mucho mejor después de haber entendido el turno de tirar el dado.

Nivel 3: preguntar y responder. Aquí entra la reciprocidad. Se entrena con una fórmula explícita: respondo y pregunto de vuelta. «Sí, me gusta el fútbol. ¿Y a ti?». Al inicio suena mecánico. Da igual: se automatiza y después se naturaliza.

Nivel 4: mantener el tema tres o cuatro turnos, con apoyo visual si hace falta: una tarjeta con el tema dibujado sobre la mesa mientras conversan.

Nivel 5: pedir, negociar y decir que no. Pedir entrar a un juego, proponer otra cosa, aceptar una negativa sin desarmarse, decir «no quiero» sin gritar.

Nivel 6: leer al otro. Reconocer en la cara y el cuerpo si está contento, aburrido o molesto, y ajustar. Este nivel se apoya directamente en el trabajo emocional; si el vocabulario de emociones es pobre, no hay nada que leer. Por eso conviene avanzar en paralelo con ponerle nombre a lo que siente, que es la base sobre la que se apoya todo lo demás.

Modelado, juego de roles, historias sociales y video

Cuatro herramientas, todas con evidencia razonable y todas usables en casa.

Modelado. Muéstrale cómo se hace en lugar de explicárselo. Tú saludas primero, con la conducta exacta que quieres ver, y él después. Funciona todavía mejor si el modelo es otro niño y no un adulto: un hermano, un primo, un compañero.

Juego de roles. Es el corazón del entrenamiento. Se ensaya en casa la situación real que va a ocurrir el sábado: cómo va a saludar en el cumpleaños, qué le puede decir a un niño que no conoce, qué hace si nadie le habla. Tres o cuatro repeticiones, cortas, con un poco de humor. Intercambien papeles: que él haga de anfitrión y tú de invitado tímido.

Historias sociales. Un texto corto, en primera persona, con una foto por página, que describe una situación y la conducta esperada. «Cuando llego al colegio, veo a mis amigos. Me acerco y digo hola con la mano. Espero a que me contesten. Si están jugando, pregunto: ¿puedo jugar?». Se lee antes de la situación, no durante ni después.

Video. Dos usos. El primero, grabarle a él haciéndolo bien y que se vea; funciona muy bien, porque el modelo es él mismo. El segundo, ver juntos escenas de una serie sin sonido y adivinar cómo se siente cada personaje y por qué. Es el mejor ejercicio casero de lectura de contexto que conozco.

Un principio que atraviesa las cuatro: refuerza la conducta social en el momento exacto en que ocurre, con algo específico. No «qué bien te portaste», sino «me gustó que le preguntaras a Diego cómo estaba».

Amigos de verdad frente a la inclusión de adorno

Hay una escena que se repite en muchos colegios de Lima. El salón entero adora a Camila. La saludan, la aplauden cuando participa, la abrazan, la cuidan. Y ninguna la invita a su casa. Camila es la mascota del salón, no una compañera. Esa forma de inclusión es afectuosa, bien intencionada y no produce amistad, porque la amistad se construye entre iguales que hacen cosas juntos, no entre alguien que cuida y alguien que es cuidado.

La amistad real necesita tres ingredientes: actividad compartida, frecuencia y reciprocidad. Si falta alguno, hay simpatía pero no vínculo. Esto se cruza con lo que se puede hacer dentro y fuera del colegio, que es un tema propio: cómo se construye una inclusión que no sea solo compartir el aula.

Un indicador honesto: ¿alguien lo llama por su cuenta? ¿Alguna vez lo invitaron a algo que no fuera un cumpleaños de todo el salón? Si la respuesta es no, la amistad, en este caso, se organiza. Con eso no hay ninguna vergüenza: muchas amistades infantiles empiezan porque dos mamás se pusieron de acuerdo.

Cómo organizar un encuentro que salga bien

La cita de juego es la intervención social con mejor relación entre esfuerzo y resultado, y casi siempre se hace mal: se invita a cinco niños, tres horas, sin plan, y termina en desastre.

  • Un solo invitado. De a dos las cosas funcionan; en grupo, el niño con más dificultad queda al margen.
  • Corto. Una hora y media como máximo la primera vez. Es mejor que se quede con ganas.
  • En tu casa, al inicio, porque es el terreno que él domina.
  • Con una actividad estructurada y con final claro: hacer queques, armar algo, una consola con dos mandos, un juego de mesa. Los juegos con reglas visibles ayudan más que el «jueguen».
  • Guarda los juguetes más preciados antes de que llegue. Evitas el conflicto por el que se arruinan la mitad de estos encuentros.
  • Ensayen antes cómo lo va a recibir y qué le puede ofrecer, y ten lista una segunda actividad por si la primera muere a los diez minutos.
  • Adulto cerca, pero no encima. Intervén solo si se traba de verdad, y hazlo dando la frase que le falta, no resolviendo por él.
  • Cierra bien: «gracias por venir», y si funcionó, propone una fecha ahí mismo. La repetición es lo que convierte un encuentro en una amistad.

Cuando el trabajo social se estanca a pesar de todo esto, en nuestro consultorio de San Miguel se puede evaluar el perfil del niño y armar un plan de entrenamiento de conducta y habilidades sociales con objetivos de tres meses, coordinando con el colegio.

«¿Y si prefiere estar con adultos o con niños más chicos?»

Es muy frecuente y tiene una explicación sencilla: con los adultos y con los niños menores el ritmo es más lento, hay menos competencia y las reglas son más claras. Es un refugio razonable, y por eso mismo se vuelve una trampa si es lo único.

No hay que prohibirlo. Hay que asegurar dosis de lo otro: ratos con niños de su edad, aunque le cueste más y aunque vuelva diciendo que se aburrió. Lo mismo pasa con el escenario más difícil de todos, el recreo: veinte minutos sin estructura donde justamente hace falta la habilidad que menos tiene. Muchos colegios lo resuelven con un club o una actividad dirigida en el patio, y funciona.

Y una cosa más: si prefiere estar solo de forma sostenida, si dejó de buscar a otros, si volvió del colegio callado y triste varias semanas seguidas, eso ya no es preferencia. Puede ser rechazo del grupo, burlas o un cuadro de ánimo. Los síntomas emocionales en estos niños suelen aparecer en la conducta antes que en las palabras, y por eso se pasan por alto tanto tiempo.

La adolescencia: distancia, contacto físico y límites

Alrededor de los doce o trece años el terreno cambia. Lo que era simpático deja de serlo, no por él, sino porque el entorno adolescente es implacable con quien no lee los códigos. Tres cosas conviene trabajar de forma explícita antes de que se vuelvan un problema:

El contacto físico. El abrazo de saludo pasa a ser choque de manos o saludo verbal fuera de la familia. Esto se entrena con los círculos de cercanía actualizados a la edad, y hay que empezar antes de que ocurra el primer malentendido, no después.

La privacidad y el cuerpo. Qué se hace en público y qué en privado, qué partes del cuerpo son suyas y de nadie más, cómo se pide y cómo se dice que no. Es educación sexual adaptada, y no ponerla no protege a nadie: solo lo deja sin información.

El enamoramiento. Se enamora, como todos. Va a haber rechazos y va a doler. Merece que se le explique que insistir no está bien, que un no es un no, y que le enseñen a sostener esa frustración sin que se convierta en persecución ni en encierro. Ese tramo se desarrolla aparte, junto con los cambios de la adolescencia y el acompañamiento familiar.

También aparece con más fuerza el riesgo de burlas disfrazadas de amistad: el grupo que lo graba para reírse, el que le hace hacer cosas. Conviene saber reconocer cuándo lo que le pasa en el colegio ya es acoso, porque en estos casos el niño muchas veces no lo reporta: cree que son sus amigos.

Qué puedes empezar a hacer esta semana

Elige poco y sostenlo. Tres semanas de una sola cosa valen más que siete días de un plan completo.

  1. Un objetivo social, uno solo, escrito en el refrigerador. Por ejemplo: «saluda diciendo el nombre de la persona». Todos en la casa lo refuerzan igual.
  2. Cinco minutos de juego de roles al día, después de la comida, ensayando una situación real de esta semana.
  3. Dibujen juntos los círculos de cercanía y péguenlos en la pared. Practíquenlos en el próximo cumpleaños.
  4. Organiza una cita de juego con un solo compañero, hora y media, actividad definida.
  5. Anota una vez al día algo social que hizo bien y díselo con detalle. Si además lo trabajan en el colegio, comparte ese mismo objetivo con la tutora para que la exigencia sea la misma en los dos lados.

Nada de esto produce un cambio visible en un mes. Produce, en un año, un adolescente que sabe entrar a un grupo, sostener una conversación breve y decir que no cuando algo no le gusta. Eso es más útil para su vida adulta que casi cualquier otra cosa que se le pueda enseñar, y es exactamente lo que se pierde cuando el entorno decide que ya es sociable y no hace falta enseñarle nada.

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