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Factores que aumentan el riesgo de depresión

Factores que aumentan el riesgo de depresión

Un factor de riesgo no es una causa ni una condena: lo que pesa es la acumulación. Aquí verás cuáles son los factores que más se repiten y cuáles de ellos se pueden modificar primero.

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«Doctora, yo no tengo motivos para estar así»

Me lo dice un señor de cuarenta y seis años, ingeniero, con trabajo estable, dos hijos sanos y una casa pagándose. Lo dice casi molesto consigo mismo, como si estar mal sin una tragedia encima fuera una falta de respeto. Y cuando repasamos su historia con calma, aparecen: un padre que estuvo deprimido toda la vida y nunca se trató, cinco años durmiendo cuatro horas, una hernia que le duele desde el 2021, tres whiskies cada noche para poder apagar la cabeza, y ningún amigo al que haya visto en persona en dieciocho meses. Motivos había. Lo que no había era una sola cosa lo suficientemente grande para llamarla causa.

Así funciona casi siempre. La gente busca el motivo, en singular, y cuando no lo encuentra concluye que el problema es de carácter. Este artículo es el mapa de lo que de verdad aumenta el riesgo, ordenado por bloques, y sobre todo el criterio para saber qué de ese mapa se puede mover y qué no.

Antes de las listas, algo que hay que tener clarísimo, porque si no se leen con angustia: un factor de riesgo no es una causa ni una sentencia.

Un factor de riesgo es algo que, cuando está presente, hace un poco más probable que aparezca un cuadro depresivo. Nada más. Hay personas con seis de estos factores que nunca se deprimen, y personas con dos que sí. No se trata de contar puntos.

La forma más útil de pensarlo es como un peso sobre una estructura. Cada factor mete peso o le quita capacidad de carga. Ninguno solo tumba la estructura; varios juntos, sostenidos en el tiempo, sí pueden. Por eso la pregunta clínica interesante no es «¿qué tengo?», es «¿cuántas cosas están pesando a la vez y desde cuándo?». Y por eso, cuando alguien insiste en encontrar la causa única de su depresión, casi siempre es un callejón sin salida: si quieres el panorama de cómo se arma el cuadro y qué tipos hay, está en cómo se reconoce una depresión y qué tipos existen.

Y el otro lado de la balanza también existe: una relación de confianza, un trabajo con sentido, dormir bien, moverse, tener a quién llamar a las once de la noche. Esos son factores protectores y descuentan peso de verdad.

Lo que viene con el cuerpo

  • Antecedentes familiares. Tener un padre, madre o hermano con depresión aumenta el riesgo. No se hereda la depresión como se hereda el color de ojos: se hereda una vulnerabilidad, una sensibilidad mayor del sistema del ánimo al estrés. También se hereda algo que no es genético: la forma de responder al malestar que se aprendió en esa casa.
  • Sexo y etapa vital. Se diagnostica más en mujeres que en varones, con dos matices importantes: parte de esa diferencia es real y parte es que el varón peruano consulta menos y su cuadro se disfraza de ira, trabajo y alcohol. Hay ventanas de mayor vulnerabilidad: la adolescencia, el posparto y el climaterio.
  • Enfermedades médicas y dolor crónico. Diabetes, problemas cardíacos, cáncer, enfermedades autoinmunes, secuelas neurológicas. El dolor crónico es de los más fuertes: dolor sostenido, sueño roto, vida que se encoge, ánimo abajo. Es un círculo, y se puede intervenir en los dos sentidos.
  • El sueño alterado de forma sostenida. Esto merece un aparte. Dormir mal no es solo un síntoma de depresión: es también un factor que la anticipa. Un insomnio de meses, un trabajo por turnos rotativos, apnea del sueño sin tratar. Es, además, uno de los factores más modificables que existen.
  • La tiroides y algunas deficiencias. Un hipotiroidismo puede verse exactamente igual que una depresión: cansancio, lentitud, ánimo bajo, aumento de peso, frío. Lo mismo puede aportar una anemia importante o una deficiencia de vitamina B12 o de vitamina D. Por eso, cuando alguien llega con ánimo bajo y mucho cansancio físico, lo primero que pido es que su médico le haga un chequeo básico. Se descarta con un análisis, y no vale la pena hacer un año de terapia sin haberlo mirado.

De este bloque casi nada se elige. Pero fíjate que tres cosas —el sueño, el dolor y lo que sale en el análisis— sí se tratan.

Lo que traes de tu historia

  • Haber tenido un episodio depresivo antes. Es el mejor predictor que tenemos, más que cualquier otro de esta lista. Quien tuvo uno tiene más probabilidad de tener otro, y la probabilidad sube con cada episodio. No es una mala noticia sin salida: es exactamente la razón por la que el tratamiento no debe cortarse el día en que uno se siente mejor, y por la que se trabaja explícitamente la prevención de recaídas.
  • Adversidad en la infancia. Maltrato físico, abuso sexual, negligencia, violencia entre los padres, un cuidador con alcoholismo, pobreza extrema, bullying prolongado. Estas experiencias dejan el sistema de respuesta al estrés más reactivo y, sobre todo, dejan creencias instaladas muy temprano: que uno no vale, que el mundo no es fiable, que si necesitas algo nadie va a venir.
  • Pérdidas tempranas y vínculos inseguros. Perder a un padre de niño, crecer con un cuidador imprevisible o emocionalmente ausente, haber sido el hijo que tuvo que criar a los hermanos.
  • Experiencias traumáticas en la vida adulta: un asalto, un accidente, violencia de pareja, un duelo brutal. Si esta parte te resuena, cómo se trabaja está desarrollado en qué es el trauma psicológico y cómo se puede superar.

Esto no se puede cambiar, porque ya pasó. Lo que sí cambia con tratamiento es el peso que sigue teniendo hoy: las creencias, las reacciones automáticas, el modo de vincularse. He visto a gente con una historia dura dejar de organizar su presente alrededor de ella.

La manera de procesar lo que pasa

Aquí están los factores psicológicos, y son de los más trabajables en consulta porque son hábitos mentales, no rasgos de piedra.

  • Autocrítica extrema. Tener una voz interna que comenta cada error como lo haría un enemigo. No es lo mismo que exigirse: la autocrítica ataca a la persona, no al resultado.
  • Perfeccionismo. Sobre todo el que mide el valor propio por el rendimiento. Funciona bien mientras se puede sostener el nivel; el día que el cuerpo o la vida no dan, se desploma todo el edificio de la identidad.
  • Rumiación. Es el factor más específico de la depresión. No es pensar mucho: es girar en círculo sobre por qué me pasó, qué tengo de malo, qué habría pasado si. Da la sensación de estar resolviendo y no resuelve nada; solo profundiza el surco. La rumiación es el motor que convierte unos días malos en un episodio.
  • Desesperanza aprendida. Cuando alguien pasó por situaciones que no podía controlar por más que intentara, el cerebro saca una conclusión general: nada de lo que haga sirve. Después esa conclusión se aplica a situaciones que sí se pueden cambiar, y ya no se intenta.
  • Evitación. Dejar de ir, no contestar, postergar la conversación difícil, no ir al médico. Alivia hoy y encoge la vida mañana, y una vida encogida da menos motivos de satisfacción, lo que baja más el ánimo. Es un círculo que se aprieta solo.

El contexto en el que uno vive

Este bloque suele quedarse fuera de los artículos de salud mental, y en el Perú es central.

  • Precariedad económica y deudas. No es solo tener poco: es la imprevisibilidad. Vivir sin saber si el mes cierra consume una cantidad enorme de recursos mentales.
  • Desempleo o subempleo prolongado, y en varones especialmente la pérdida del rol de proveedor, que golpea la identidad además del bolsillo.
  • Jornadas largas y traslados. Dos horas y media diarias en el tráfico de Lima son dos horas y media que no están para dormir, ver a alguien o hacer algo que te guste. Ese descuento, sostenido durante años, es un factor de riesgo real, no una queja.
  • Migración interna. Haber venido de provincia y tener la red de apoyo a diez horas de viaje. La red importa más de lo que parece: es lo que amortigua los golpes.
  • Soledad urbana. Se puede vivir en un edificio con ochenta departamentos y no tener a nadie a quien llamar un domingo. La soledad no deseada es uno de los factores de riesgo más consistentes que existen para el ánimo.
  • Cuidar a un familiar dependiente sin relevo. La hija que cuida a la mamá con Alzheimer, la mamá de un hijo con discapacidad. Cuidar sin descanso, sin reconocimiento y sin turnos es una de las situaciones donde más depresión veo, y casi nunca llegan por eso: llegan por insomnio o por dolores.
  • Violencia en la pareja o en la casa. Aquí la prioridad no es el ánimo: es la seguridad primero.
  • Discriminación. Por origen, por color, por rasgos, por orientación sexual, por identidad de género. Es una fuente de estrés crónico que además obliga a ocultarse, y el ocultamiento tiene su propio costo. Que quede dicho con claridad: la orientación sexual de una persona no es un trastorno ni se trata. Lo que se atiende es el sufrimiento que produce el rechazo.

Lo que uno hace y puede empezar a mover

  • Consumo de alcohol. Es el factor que veo más subestimado en Lima, porque tomar todos los días está normalizado. El alcohol funciona como anestesia inmediata y como depresor a mediano plazo: además destroza la arquitectura del sueño, aunque parezca que ayuda a dormir. No es un problema de falta de carácter, es un problema de salud, y cuando el consumo está de fondo la depresión no mejora hasta que se aborda.
  • Aislamiento progresivo. Nadie decide aislarse. Se cancela una vez, luego dos, después ya nadie invita. El aislamiento es a la vez síntoma y factor.
  • Inactividad física. El sedentarismo sostenido pesa; y no hace falta el gimnasio, hace falta movimiento regular.
  • Pantallas de madrugada. Bajar el TikTok a la una de la mañana no es descanso: es luz y estimulación justo cuando el cerebro necesita apagarse, y es el mecanismo más común por el que gente que quiere dormir bien no duerme.
  • Cafeína en exceso, nicotina, y saltarse comidas por trabajar de corrido.

Por qué acumular pesa más, y cuáles conviene mover primero

El dato clínico que más me ha servido explicarle a los pacientes es este: los factores no se suman en línea recta, se multiplican entre ellos. Tomar tres cervezas en la noche, cuando duermes bien y tienes amigos, tiene un efecto; tomar tres cervezas cuando duermes cinco horas, no ves a nadie y te duele la espalda, tiene otro. Cada factor empeora a los demás. El insomnio aumenta la rumiación; la rumiación te tiene despierto; el cansancio te hace cancelar el sábado; cancelar el sábado te deja más solo; la soledad da más material para rumiar.

Esto suena mal, pero en realidad es la mejor noticia del artículo, porque significa que el círculo también funciona al revés. Si sacas una pieza, las demás pierden fuerza. No hay que arreglar los quince factores: hay que soltar los dos o tres nudos que sostienen el resto.

Para decidir por dónde, separa la lista en dos columnas. En la que no se elige: genes, historia, edad, y buena parte del contexto económico. En la que sí se puede tocar: el sueño, el consumo, el contacto con gente, el movimiento, la rumiación, la evitación, y el tratamiento de lo médico que esté sin atender.

De esa segunda columna, tres dan más rendimiento que el resto y por eso empezamos casi siempre por ahí:

  1. El sueño. Porque arreglarlo mejora el ánimo, la concentración y la irritabilidad al mismo tiempo. Hora fija de levantada, incluso el domingo; el celular fuera de la cama; y si llevas meses con insomnio, no lo administres solo.
  2. El consumo. Porque mientras esté, todo lo demás rinde menos. Empieza midiendo de verdad cuánto y con qué frecuencia, sin redondear a la baja.
  3. El aislamiento. Porque es el que se arregla con acciones más pequeñas y da resultados más rápido: un mensaje, un café al mes con alguien, volver a un grupo al que ibas.

No voy a desarrollar aquí la rutina diaria porque ya está escrita en dos artículos que valen más que un resumen: los hábitos concretos están en cómo cuidar tu salud mental todos los días, y la lógica de intervenir antes de que el cuadro se instale, en psicología preventiva: pequeños hábitos que transforman tu bienestar.

«Tengo la mitad de esta lista, ¿ya estoy deprimido?»

No. Tener factores de riesgo no es tener un cuadro, igual que tener colesterol alto no es tener un infarto. Los factores hablan de probabilidad; el cuadro se define por lo que te está pasando ahora, cuánto dura y cuánto interfiere. Ninguna lista de esta página diagnostica a nadie: eso se hace en una evaluación, con una persona delante.

La otra objeción que escucho: «¿y si voy y no era nada?». Entonces te vas con la tranquilidad de saberlo y con dos o tres cosas que ajustar, y ya está. Nunca he visto que a alguien le haya salido caro consultar temprano; he visto muchas veces lo contrario.

Y una advertencia serena, porque corresponde: si en algún momento aparecen ideas de no querer estar, de que los demás estarían mejor sin ti, o pensamientos sobre cómo hacerlo, eso no se acumula con lo demás ni se deja para después. Se habla el mismo día con alguien de confianza y se llama a la Línea 113, opción 5 del MINSA, que es la línea de salud mental. Si el riesgo es inmediato, 106 de emergencias o emergencia del hospital más cercano.

Qué hacer con este mapa

Agarra un papel y haz dos columnas. A la izquierda, los factores de tu vida que no elegiste; sirven para entender, no para culparte. A la derecha, los que sí puedes tocar. Marca uno solo de la derecha, el que más pese, y trabájalo cuatro semanas con una medida concreta y con hora: apagar el celular a las once, no tomar de lunes a jueves, escribirle a un amigo el sábado. Después revisa cómo cambió tu ánimo.

Si al mirar tu columna izquierda ves demasiado peso, o si ya tuviste un episodio antes y quieres que no vuelva, tiene sentido hacerlo acompañado: en el Centro Psicológico Nueva Mente, en San Miguel, puedes pedir una evaluación para revisar tu mapa de riesgo y armar un plan que se ajuste a tu vida real.

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En el Centro Psicológico Nueva Mente atendemos de forma presencial en San Miguel, Lima, y también online por videollamada. Si algo de lo que leíste te resuena, escríbenos: la primera consulta sirve justamente para ordenar el panorama y saber qué tipo de acompañamiento necesitas.

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