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Pareja

Diferencias en la crianza de los hijos: cómo llegar a acuerdos

Diferencias en la crianza de los hijos: cómo llegar a acuerdos

Criar en pareja no exige pensar igual: exige tres normas innegociables sostenidas por los dos, no desautorizarse delante del niño y conversar los desacuerdos después, en frío y sin público.

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Son las ocho y media de la noche. El niño de siete años no ha hecho la tarea y está por cuarta vez con la tablet. El papá se la quita y anuncia una sentencia: sin tablet toda la semana. La mamá, desde la cocina, dice «ay, tampoco, hasta el viernes nomás». El niño, que hasta ese momento estaba llorando, deja de llorar. Ha entendido algo importantísimo en dos segundos: la sentencia es apelable.

Esa escena, con distintos actores y distintos objetos, se repite todas las noches en miles de casas. Y casi nunca se conversa después. Se conversa en el momento, delante del niño, en voz alta, y termina en una discusión que ya no es sobre la tablet sino sobre quién es demasiado duro y quién es demasiado blando.

Lo que sigue no es una lista de reglas de crianza. Es cómo se ordena la crianza entre dos adultos que se quieren, que criaron distinto, que discuten a las ocho y media de la noche y que además están cansados. El objetivo no es que piensen igual, porque no van a pensar igual nunca. Es que el niño vea un frente coherente y que ustedes dos dejen de pelearse por eso.

Traes a la mesa la crianza de tu casa, no una opinión

Cuando dices «a los chicos hay que ponerles mano dura» o «a mí no me gusta gritarles», no estás enunciando una teoría pedagógica. Estás repitiendo, o corrigiendo, lo que te pasó a ti.

Casi todos los padres que veo hacen una de dos cosas: reproducen lo que vivieron o compensan exactamente lo contrario. El que creció con un papá ausente y silencioso quiere estar en todo, y le cuesta muchísimo poner un límite que lo haga parecerse al suyo. La que creció con una mamá que gritaba se prometió no gritar nunca, y entonces aguanta, aguanta, y explota a la sexta vez con más volumen del que quería. El que creció en una casa donde había reglas claras y se sintió seguro, quiere reglas claras. El que se sintió asfixiado por esas mismas reglas, quiere que su hijo tenga aire.

Esto explica por qué las discusiones de crianza son tan intensas y tan poco razonables. No estás discutiendo si el castigo debe durar tres días o siete. Estás defendiendo tu propia infancia. Por eso el argumento lógico casi nunca convence al otro: no hay lógica que compita con «yo la pasé mal así».

Antes de negociar una sola norma, cada uno tiene que poder contarle al otro cómo lo criaron y qué se prometió no repetir. Es una conversación de veinte minutos que ahorra dos años de peleas.

El duro y el blando: un circuito que se alimenta solo

En la enorme mayoría de las parejas aparece este reparto, y casi nunca fue elegido.

Funciona así. Uno pone una norma. Al otro le parece excesiva y la suaviza. El primero siente que se quedó solo sosteniendo la estructura de la casa, y en la siguiente ocasión endurece un poco más, porque calcula que le van a rebajar la pena. El segundo ve que el primero se puso más duro y compensa más. A los dos años, el papá que llegó con ideas moderadas está siendo el guardián más rígido de la casa y la mamá que era bastante firme se ha convertido en la abogada defensora permanente.

Ninguno de los dos está siendo quien es. Los dos están siendo la reacción al otro.

Es el mismo mecanismo por el que ciertas discusiones se repiten durante años en cualquier tema: cada uno responde a la respuesta del otro y el circuito se retroalimenta sin que nadie lo haya diseñado. La consecuencia práctica es que el niño ya no tiene dos padres: tiene un fiscal y un defensor, y aprende a moverse entre los dos con una habilidad que impresiona.

La salida no es que el duro se ablande y el blando se endurezca a la vez, que es lo que intentan casi todos y dura tres días. La salida es que dejen de reaccionar el uno al otro: que el duro pruebe a poner una consecuencia proporcionada sabiendo que nadie se la va a rebajar, y que el blando se comprometa a sostenerla aunque le parezca un poco exagerada. Hay que empezar por algo pequeño y verificar que el otro cumple. Es un tema de confianza más que de crianza.

Por qué tu hijo va a buscar al que le conviene y eso no lo convierte en manipulador

Un niño de cinco años que le pide a la mamá lo que el papá le negó no está tramando nada. Está haciendo lo que hace cualquier organismo inteligente: probar dónde funciona.

Es exactamente lo mismo que hacemos los adultos cuando en el trabajo llevamos un pedido complicado al jefe que sabemos que dice que sí. No es maldad, es economía. La diferencia es que el adulto sabe lo que está haciendo y el niño de cinco años no; simplemente aprendió, sin palabras, que hay dos ventanillas y que una atiende mejor.

El problema no es lo que el niño hace con la grieta. El problema es la grieta.

Y tiene costos que se ven a mediano plazo. El primero es que las normas dejan de significar algo: si toda respuesta es negociable, ninguna respuesta organiza la conducta, y el niño vive probando todo el tiempo, que es agotador para él también. El segundo es que el niño queda metido en el conflicto de los padres, en un lugar que no le corresponde: se vuelve el árbitro, el mensajero o el aliado de uno contra el otro. El tercero, en niños con más dificultad para autorregularse, es que la falta de previsibilidad multiplica las rabietas y las conductas oposicionistas, hasta el punto de que muchas familias llegan a consulta pensando que su hijo tiene un problema y lo que encuentran es una casa que da dos respuestas distintas a la misma pregunta. Si ese es tu caso, vale la pena revisar antes qué hay detrás de los problemas de conducta y cómo se abordan.

La regla de oro: no se desautoriza en el momento

Si de todo este artículo te llevas una sola cosa, que sea esta: el desacuerdo se conversa después, en privado, entre los dos adultos.

En el momento en que uno de los dos ya puso una norma, el otro la sostiene, aunque le parezca mal. Aunque le parezca muy mal. Aunque tenga razón. Esto genera resistencia, y la resistencia suele venir en dos formatos.

«¿Y si lo que dijo es injusto?» Entonces se corrige después, con el niño delante de los dos: «lo hablamos con tu papá y decidimos que la semana era mucho, va a ser hasta el viernes». Fíjate en la diferencia. No es que la mamá le ganó al papá; es que los dos revisaron y los dos deciden. El niño recibe la misma rebaja, pero no aprende que hay una ventanilla mejor.

«¿Y si está gritando o se le está yendo la mano?» Ahí sí se interviene, pero no discutiendo. Se interviene sacando a alguien de la escena: te llevas al niño a otro cuarto, o le dices a tu pareja «yo sigo, anda a tomar aire». Se corta la situación, no se debate la norma delante del niño. Y después, sin niños cerca, se habla del grito, que es un tema distinto del castigo.

Una frase que sirve muchísimo en el momento y que conviene tener ensayada: «Papá ya te dio una respuesta». Cuatro palabras, sin discurso, sin cara de fastidio. Cierra la ventanilla sin humillar a nadie.

Tres normas innegociables y ceder en todo lo demás

Las parejas se agotan porque intentan ponerse de acuerdo en todo. Es imposible y además no hace falta.

La propuesta concreta: siéntense y elijan tres normas que no se negocian nunca, ni por cansancio ni por visitas ni por cumpleaños. Tres. No diez. Suelen ser cosas del tipo: no se pega a nadie, la hora de dormir es esa, y no hay pantallas hasta terminar la tarea. Esas tres las sostienen los dos siempre, con la misma consecuencia acordada de antemano.

En todo lo demás, cada uno hace las cosas a su manera y el otro no opina. Si el papá deja que se bañe más tarde los sábados y la mamá no, no pasa absolutamente nada. Los niños toleran muy bien que cada adulto tenga su estilo; lo que no toleran es que las reglas importantes cambien según quién esté en la casa.

Este principio tiene una consecuencia liberadora: la mayor parte de lo que ustedes discuten no es una norma, es un estilo, y no había que ponerse de acuerdo. La misma lógica de claridad y coherencia que se aplica cuando se trata de sostener límites con los hijos sin llegar al castigo funciona acá: pocas reglas, claras, sostenidas.

Estilo o norma: la pregunta que ordena casi todas las discusiones

Cuando aparezca el desacuerdo, antes de discutirlo háganse tres preguntas rápidas:

  1. ¿Esto afecta la seguridad, la salud o el respeto a otros? Si la respuesta es sí, es norma y hay que acordarla. Si es no, casi seguro es estilo.
  2. ¿Se va a repetir todos los días o es de esta vez? Lo que se repite hay que acordarlo. Lo de una vez, déjalo pasar.
  3. ¿Me molesta por el niño o me molesta por mí? Esta es la incómoda. A veces lo que fastidia no es que el niño coma en la sala, sino que el otro no hace las cosas como uno las haría.

Ejemplos para calibrar. Que el niño duerma en la cama de los padres: es norma, hay que acordarla, porque se repite y afecta el descanso de todos. Que uno le corte la fruta en cuadraditos y el otro se la dé entera: es estilo, no toca. Que uno revise la mochila y el otro no: es estilo mientras la tarea se haga; se vuelve norma si el chico está llevando notas rojas. Que uno le grite: no es ni norma ni estilo, es un tema del adulto y se trabaja aparte.

«Es que mi suegra le da todo lo que yo le quito»

Los abuelos son el tercer jugador de esta historia y casi nunca están sentados en la mesa de la negociación.

Hay dos escenarios distintos y conviene no confundirlos. El primero es la abuela que engríe: da dulces, deja ver televisión, compra cosas. Eso, salvo que sea diario y masivo, no rompe nada. Los abuelos pueden tener reglas más laxas en su casa; los niños entienden perfectamente que en casa de la abuela las cosas son distintas, igual que entienden que en el colegio son distintas. No hay que ir a la guerra por eso.

El segundo escenario sí es un problema: la abuela que desautoriza delante del niño, que critica cómo crían, que le dice «tu mamá es muy exagerada» o que sostiene en secreto lo que los padres prohibieron. Ahí el niño recibe el mensaje de que sus padres no mandan, y eso sí se paga caro.

La regla que evita la mitad de estos conflictos: cada uno habla con sus propios padres. Si es tu mamá, hablas tú. Si es tu suegra, no eres tú quien le explica cómo tratar a tu hijo. Cuando esto se invierte, el conflicto deja de ser generacional y se vuelve conyugal, que es exactamente lo que hay que evitar. La conversación se parece bastante a la de poner límites con la familia de tu pareja: breve, sin lista de reproches acumulados, y sobre una cosa concreta a la vez.

Cuándo la diferencia ya no es de estilo y hay que corregir algo

Todo lo anterior asume dos adultos con criterios distintos pero razonables. Hay conductas que no son estilo y que no se negocian:

  • Castigo físico, del tipo que sea. No enseña, no funciona a mediano plazo y deteriora el vínculo.
  • Humillación: insultos, burlas, hacerlo quedar en ridículo delante de otros, gritarle a la cara de forma sostenida.
  • Amenazas de abandono: «te voy a dejar en la comisaría», «me voy a ir y no vuelvo». Son de las frases que más ansiedad producen en un niño.
  • Consecuencias desproporcionadas o imposibles de cumplir, que además enseñan que la palabra del adulto no vale.
  • Descuido real: dejarlo solo cuando no corresponde por edad, no atender un tema de salud, no llevarlo al colegio.
  • Crianza bajo consumo de alcohol o drogas.

Si algo de esto está pasando en tu casa, no es una diferencia de crianza que se resuelva eligiendo tres normas. Es una situación que necesita intervención, y si hay riesgo para el niño hay que actuar el mismo día, aunque sea incómodo. Y si es tu propia conducta la que aparece en esa lista, decirlo en consulta es el punto de partida, no el final: en nuestro consultorio de San Miguel buena parte del trabajo de orientación a padres empieza justo ahí, con un adulto que se escuchó gritar y no se reconoció.

Cómo se negocia una norma en veinte minutos

No se negocia a las ocho y media de la noche con el niño llorando. Se negocia otro día, en frío, con este orden:

  1. Cada uno dice qué le preocupa de verdad, en una frase. No la solución, la preocupación. «Me preocupa que no aprenda a esforzarse» es distinto de «hay que quitarle la tablet».
  2. Buscan el punto en común, que casi siempre existe y casi nunca se ve. Los dos quieren un hijo que haga sus cosas sin pelear todos los días.
  3. Definen la norma en positivo y con números. No «que no abuse de la tablet», sino «la tablet se usa después de la tarea, cuarenta minutos, y a las siete se guarda en el cajón».
  4. Acuerdan la consecuencia de antemano, chica y aplicable hoy. Las consecuencias inmediatas y pequeñas funcionan mucho mejor que las grandes y aplazadas.
  5. Deciden quién la comunica y cómo la sostiene el otro, incluida la frase exacta que va a decir el que no puso la norma.
  6. Ponen fecha de revisión: dos semanas. Saber que se puede revisar hace que el que cedió no sienta que perdió para siempre.

Si la conversación se calienta, córtenla y retómenla con hora fijada. Discutir de crianza cansados es la manera más eficiente de terminar hablando de otra cosa. Y si notan que cada conversación de crianza termina en un balance de agravios de la pareja, el problema ya no está en las normas; ahí conviene trabajar primero la forma de conversar entre ustedes, porque ninguna negociación se sostiene sobre un canal roto.

Qué hacer esta semana

Cuatro cosas concretas, en este orden:

  1. La conversación de las infancias. Veinte minutos, cada uno cuenta cómo lo criaron y qué se prometió no repetir. Sin negociar nada todavía.
  2. Elijan las tres innegociables. Escríbanlas. Literalmente, en un papel pegado en algún lado que solo vean ustedes.
  3. Practiquen la frase de cierre. «Mamá ya te dio una respuesta.» Úsenla toda la semana, sin agregar nada más.
  4. Una revisión de quince minutos el domingo. Qué funcionó, qué no, qué ajustan. Sin reproches del tipo «tú el martes no me apoyaste»; solo el ajuste.

Si a las tres o cuatro semanas siguen desautorizándose todos los días, o si uno de los dos siente que está criando solo mientras el otro observa y critica, eso ya no se arregla con acuerdos de crianza. Es un tema de pareja que se está peleando en el terreno de los hijos, y conviene trabajarlo donde de verdad está.

Los niños no necesitan padres que piensen igual. Necesitan padres que, cuando no piensan igual, no lo resuelvan delante de ellos.

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