La depresión en el adulto mayor es la más subdiagnosticada porque se confunde con la edad y con la demencia. No es normal envejecer sin ganas de nada, y sí se trata.
«Ya está viejito, señorita, es normal que esté así.» Me lo dijo un hijo de cincuenta años sobre su papá de setenta y ocho. El señor llevaba cerca de un año sin salir de la casa salvo para ir al médico, no leía el periódico —que había leído cada mañana durante cuarenta años—, se quejaba de dolores por todo el cuerpo, dormía cuatro horas, había bajado siete kilos y ya no quería ni bañarse. Ocho médicos, ocho baterías de exámenes, ningún hallazgo que explicara el cuadro. Nadie le había preguntado cómo estaba de ánimo.
De todos los cuadros depresivos, el del adulto mayor es el que menos se detecta, y la razón es cultural más que médica: hemos decidido que estar apagado a los ochenta es parte de tener ochenta. No lo es. Envejecer trae pérdidas reales y trae duelos, pero no obliga a perder el interés por todo, ni el apetito, ni el sueño, ni el deseo de estar con la gente que uno quiere.
Por qué se confunde con la edad
Hay tres razones que se combinan, y todas son corregibles.
El adulto mayor rara vez dice que está triste, y la queja llega por el cuerpo. Su generación no fue criada para hablar de emociones: si le preguntas cómo está, te dice «ahí, con mis dolores», «cansado», «ya para qué». La palabra depresión le suena a locura o a debilidad, y muchos se ofenden si se la mencionan. Lo que sí cuenta son dolores de espalda, de piernas, de cabeza, molestias digestivas, mareos. Y como a esa edad casi siempre hay algo real —artrosis, presión, diabetes—, todo se atribuye a lo médico y la investigación se detiene ahí.
La familia normaliza y los síntomas se solapan. «Está mañoso», «se ha vuelto renegón», «así se pone la gente mayor»: la irritabilidad del adulto mayor deprimido se lee como carácter. Y cada pieza tiene una explicación alternativa a mano —el insomnio es la edad, la falta de apetito la dentadura, el desgano la artrosis, los olvidos la memoria de viejo—, de modo que el conjunto se pierde.
El criterio que ordena esto es el mismo de siempre —duración e interferencia, no intensidad del dolor— y lo desarrollamos en cómo reconocer una depresión. Lo que cambia después de los 65 es la vestimenta del cuadro, no el cuadro.
Cómo se presenta después de los 65
Esto es lo que en la práctica hay que buscar. Lee pensando en tu padre o en tu madre, y compáralos con ellos mismos hace un año, no con otros abuelos.
- Apatía más que tristeza. No llora: no le interesa nada. Dejó la radio, el periódico, la novela de las siete, el crucigrama, las plantas, la costura. Eso es anhedonia, y es el signo más importante.
- Quejas físicas múltiples y cambiantes que no se explican con los exámenes, o dolores conocidos que de pronto se volvieron insoportables.
- Insomnio, sobre todo de madrugada. Despertar a las tres y quedarse ahí, con la cabeza dando vueltas, hasta que amanece.
- Pérdida de apetito y de peso. En el adulto mayor este dato es serio: bajar varios kilos en pocos meses sin motivo médico.
- Irritabilidad. Contesta mal, se molesta con la nieta, discute con la persona que lo cuida, y después se siente culpable.
- Abandono del autocuidado. No se baña, no se cambia, no se peina, no usa su dentadura, no se pone los lentes ni el audífono.
- Abandono de lo médico. Y esto suele ser lo que enciende la alarma familiar: dejó de ir a sus controles en el hospital, no fue a recoger sus recetas, no está tomando los tratamientos que ya tenía indicados. En un adulto mayor, dejar de cuidarse es una forma silenciosa de rendirse.
- Quejas de memoria y de concentración. «Ya no me acuerdo de nada», «me estoy volviendo loco». Se pierde el hilo de la conversación, se olvidan citas, no puede seguir la novela.
- Lentitud. Camina más despacio, habla más despacio, se demora en contestar. La familia dice «se apagó».
- Frases de rendición. «Ya cumplí», «para qué sigo aquí», «solo estoy estorbando», «ojalá Dios me llame ya». No las dejes pasar como filosofía de la edad.
Ninguna de estas señales por sí sola diagnostica nada, y a esa edad la evaluación tiene que ir de la mano con una revisión médica. Pero un conjunto de ellas sostenido varias semanas o meses no es la edad: es un cuadro que se atiende.
Depresión o demencia: la pseudodemencia depresiva
Este es el apartado central, porque es el error que cuesta más caro. Hay depresiones del adulto mayor que se presentan sobre todo con fallas cognitivas: olvidos, lentitud, desorganización, dificultad para decidir. Cuando eso pasa, la familia concluye «le está empezando el alzhéimer», la persona queda etiquetada, y un cuadro tratable se deja sin tratar durante años. A esa presentación se le llama pseudodemencia depresiva.
Ojo: pueden coexistir. Una persona con demencia también puede deprimirse, y de hecho es frecuente en las etapas iniciales, cuando se da cuenta de lo que está perdiendo. Pero hay diferencias prácticas que sí orientan, y son las que revisamos en consulta:
- Quién se queja. En la depresión, el paciente se queja de su memoria y lo hace con angustia: «ya no sirvo, se me va todo». En la demencia, es la familia la que se queja y el paciente minimiza: «yo estoy perfectamente, ellos exageran».
- Cómo empezó. La depresión tiene un inicio más brusco y más ubicable: la familia puede decir «desde que murió mi mamá», «desde que se jubiló», «desde marzo». La demencia se instala de forma lenta y progresiva a lo largo de años, sin una fecha clara.
- La orientación. En la depresión se conserva: sabe dónde está, en qué año vive, quién es cada quien, cómo volver a su casa. Perderse en su propio barrio, no reconocer a familiares o confundir el día y la noche apuntan a otra cosa.
- Cómo responde a las preguntas. El paciente deprimido tiende a decir «no sé» y rendirse rápido, sin intentar. En la demencia, con frecuencia se esfuerza, responde algo aproximado o rellena el hueco con una explicación que no calza.
- El esfuerzo y la variabilidad. En la depresión el rendimiento mejora cuando se le motiva y se le da tiempo, y varía mucho de un día a otro. En la demencia el deterioro es más estable y no depende del ánimo.
- Las tareas prácticas. En la depresión se dejan de hacer por desgano —no cocina porque no le importa— pero conserva el saber cómo. En la demencia se pierde el saber cómo: no recuerda los pasos, deja la hornilla prendida, se confunde con el dinero o con sus tratamientos.
- El lenguaje. En la depresión no se pierde. En un deterioro cognitivo aparecen dificultades para encontrar palabras, nombres de objetos comunes que no salen.
Nada de esto se resuelve con una lista, y no lo decidas tú en casa. Lo que sí puedes hacer es llevar esta información escrita a la consulta: cuándo empezó, si él se queja o no, si se pierde o no. Con eso se orienta una evaluación conjunta —psicológica y médica, con neurología o geriatría cuando corresponde— que suele incluir pruebas cognitivas y exámenes. Y aquí está el punto que quiero que te lleves: cuando se trata la depresión, la memoria y la atención mejoran. He visto a más de un paciente al que la familia daba por perdido volver a leer el periódico en tres meses.
Lo que pesa en esta etapa de la vida
A los setenta no se deprime uno por lo mismo que a los treinta. Estas son las cargas que veo con más frecuencia en pacientes mayores en Lima.
La jubilación y la pérdida de rol. No es solo el dinero: es dejar de ser el que sabía, el que decidía, el que era buscado. Hay hombres que se derrumban seis meses después de jubilarse porque nadie los llama, y mujeres que se derrumban cuando los nietos crecen y dejan de necesitarlas.
La viudez. Perder a la pareja con la que se compartieron cuarenta o cincuenta años es lo más pesado que atiendo en este grupo. El duelo, con lo que es esperable y lo que no, lo trabajamos aparte en cómo afrontar la pérdida de un ser querido. Lo que sí conviene saber acá: un duelo que a los doce o dieciocho meses no muestra ninguna variación, con abandono total del autocuidado y culpa global sobre sí mismo, ya no es solo duelo.
El dolor crónico. Dolor y ánimo se alimentan mutuamente: el dolor no deja dormir, la falta de sueño baja el ánimo, el ánimo bajo aumenta la percepción del dolor. Es un círculo que se rompe por los dos lados a la vez.
La dependencia funcional. Depender de otro para bañarse, para ir al baño, para salir. Para muchos adultos mayores peruanos, de una generación que se enorgullecía de no molestar a nadie, esto se vive como una humillación diaria. La frase que escucho es «soy una carga».
Mudarse a la casa de un hijo. Se hace por amor y con las mejores intenciones, y sin embargo con frecuencia lo empeora si no se cuida el detalle: pierde su barrio, sus vecinos de treinta años, su mercado, su parroquia, su silla y su rutina, y llega a una casa donde todos trabajan y él pasa el día en un cuarto con la televisión prendida. Si tuvieron que hacerlo, protejan al menos tres cosas: un espacio propio, una rutina fija y una manera de que siga viendo a su gente.
El aislamiento. Vive solo, los hijos están en el extranjero o vienen los domingos, el tráfico de Lima convierte una visita en una expedición de tres horas. Y a esta edad el aislamiento no es solo tristeza: acelera el deterioro.
La pérdida de audición o de visión. Este factor se subestima muchísimo. Un adulto mayor que no escucha bien deja de participar en las conversaciones, se le pregunta menos, se le habla menos, y de a pocos se retira. Muchos de esos abuelos «mañosos» son abuelos que no oyen. Un audífono bien indicado o una operación de cataratas cambian el ánimo más de lo que uno esperaría.
La polimedicación y lo médico. A esta edad es común tomar varios tratamientos a la vez, y algunos pueden influir en el ánimo, en el sueño o en la energía. No voy a nombrar ninguno ni a sugerirte cambios: eso lo revisa exclusivamente su médico. Lo que te toca a ti es llevar la lista completa de todo lo que toma —incluyendo lo que compra sin receta, las gotas y los tés— a la próxima cita y pedir que la revisen en conjunto. Y también hay condiciones médicas que se presentan con síntomas de depresión: hipotiroidismo, anemia, deficiencias vitamínicas, secuelas de un evento cerebrovascular. Por eso en este grupo la evaluación psicológica y la médica van juntas, siempre.
Qué sí ayuda
Voy a empezar por lo que más se ignora: la psicoterapia funciona a esta edad, y hay que decirlo fuerte porque casi nadie se la ofrece a un adulto mayor. Existe la idea de que a los setenta y cinco ya no hay nada que trabajar, y es falsa. Se adapta el formato —sesiones más cortas, ritmo más lento, letra grande, hablar fuerte y claro si hay hipoacusia, incluir a un familiar en parte de la sesión, y trabajar con temas concretos de la vida diaria en lugar de largas exploraciones abstractas— y responde bien. En qué consiste el trabajo terapéutico, con su orden y sus etapas, lo detallamos en el tratamiento psicológico para la depresión.
Lo demás, en orden de rendimiento:
- Rutina y horarios fijos. Levantarse y acostarse a la misma hora, comidas a hora, sol de la mañana en la cara aunque sea veinte minutos en la ventana o en el patio, y nada de siestas largas de tarde. La estructura sostiene el ánimo cuando el ánimo no sostiene nada.
- Actividad con significado, no solo entretenimiento. Y esta distinción es la más importante de todo el artículo. Tener la televisión prendida ocho horas no es actividad. Lo que levanta el ánimo de un adulto mayor es sentirse útil y competente: regar las plantas y que sean suyas, cocinar el postre de la casa, enseñarle algo a un nieto, doblar la ropa, llevar la cuenta de algo, participar en la parroquia, cuidar un canario. Encárgale una responsabilidad real, aunque sea pequeña, aunque lo haga más lento que tú. Quitarle todas las tareas «para que descanse» es una de las formas más eficaces de apagarlo.
- Contacto social real. Presencial cuando se pueda, y con horario fijo: la llamada del miércoles a las siete, el almuerzo del domingo, el vecino que pasa los martes. Los grupos de adultos mayores del municipio o del centro de salud, los talleres, la misa, el club: cualquier cosa que lo saque de la casa con un motivo. Lo aleatorio no funciona; lo agendado sí.
- Movimiento adaptado. Caminar todos los días lo que pueda, ejercicios en silla, taichí, natación si tiene acceso. No hace falta un gimnasio: hace falta constancia y que sea seguro para sus rodillas y su equilibrio.
- Tratar el dolor y el sueño en serio. Con su médico, no por cuenta propia. Es difícil que el ánimo suba si duerme cuatro horas y le duele todo.
- Corregir lo sensorial. Audífono, lentes, catarata operada, dentadura que le sirva para comer. Suena a poco y cambia mucho.
- Coordinación con el médico. Cuando el cuadro es moderado o grave, el tratamiento psicológico se combina con tratamiento farmacológico, que indica y ajusta exclusivamente un médico —psiquiatra o geriatra— después de su propia evaluación y revisando todo lo que ya toma. El psicólogo no receta ni retira nada. Y no hay plazos garantizados: se va midiendo sueño, apetito, peso, actividad y disfrute.
Cómo hablar con un padre o una madre que no quiere ver a un psicólogo
«Yo no estoy loco.» Es la respuesta clásica, y discutir de frente casi nunca funciona. Lo que sí funciona:
No empieces por la palabra depresión. Empieza por su queja, la que él mismo reconoce: «Papá, me preocupa que no estés durmiendo y que hayas bajado de peso. Hay especialistas que ven justo eso.»
Enmárcalo como parte del chequeo. «Vamos a que te vean completo: el corazón, la memoria, el sueño y el ánimo. Es una evaluación, no un tratamiento de por vida.»
Pide ayuda a su médico de cabecera. A esta edad muchos aceptan de su doctor lo que no aceptan de un hijo. Pídele que sea él quien lo derive.
Usa la reciprocidad y resuelve la logística. «Hazlo por mí, para que yo esté tranquilo. Una sola cita; si después no quieres volver, no vuelves.» Comprometerse a una sola sesión baja muchísimo la resistencia. Y tú lo llevas, tú lo traes, tú sacas la cita: muchas negativas no son negativas, son temor a la movilidad, al gasto o a no saber cómo llegar.
Y no le hables como a un niño. Nada de «papito, tienes que portarte bien». Habla con él de adulto a adulto, dale la información completa y déjale decisiones: qué día, a qué hora, qué cuenta y qué no.
Si la negativa se mantiene y el cuadro es serio, no te quedes esperando: consulta tú primero. Una sesión de orientación familiar sirve para armar una estrategia concreta con la información de tu caso, y en muchas ocasiones es así como el paciente llega después.
Señales de riesgo: mirar con especial cuidado a los varones mayores que viven solos
Esto se habla poco y hay que hablarlo con serenidad. El riesgo suicida en la vejez es un asunto serio y, a diferencia de lo que ocurre en gente joven, suele avisar menos y de forma más silenciosa. La combinación que más preocupa es conocida en la clínica: varón mayor, que vive solo, viudo o recientemente separado de su entorno, con dolor crónico o una enfermedad reciente, con consumo de alcohol y con poco contacto social.
Señales a las que hay que prestar atención:
- Frases de rendición que la familia suele dejar pasar: «ya no hago falta», «para qué sigo aquí», «pronto van a descansar de mí».
- Dejar de tomar sus tratamientos, dejar de comer, dejar de ir a sus controles. En un adulto mayor esto puede ser una forma pasiva de abandonarse.
- Ordenar asuntos de golpe: papeles, testamento, repartir sus cosas, despedirse de gente que no ve hace años.
- Aumento del consumo de alcohol, sobre todo en soledad.
- Un cambio brusco a una calma extraña tras meses muy malos.
- Aislamiento nuevo y total: no contesta el teléfono, no abre la puerta.
Qué hacer si aparecen. Pregunta directamente y con calma: «Papá, cuando dices que ya no haces falta, ¿has llegado a pensar en quitarte la vida?» Preguntarlo no siembra la idea; preguntarlo protege y en la mayoría de los casos alivia. No lo dejes solo, retira del alcance lo que pueda usarse para dañarse —incluyendo los medicamentos de la casa, que deben quedar bajo el control de otra persona— y busca ayuda hoy. En Perú tienes la Línea 113, opción 5, del Ministerio de Salud, que atiende salud mental; emergencias, 106; y la emergencia del hospital más cercano, a donde puedes llevarlo acompañado. Cuando hay riesgo vital nadie te va a prometer confidencialidad absoluta, y está bien que sea así: lo primero es que siga vivo. Cómo detectar estas señales y cómo actuar paso a paso lo desarrollamos en señales de riesgo suicida: cómo detectarlas y qué hacer.
Qué puedes hacer esta semana
Si estás leyendo esto por tu papá, tu mamá, tu abuela o tu tío, empieza por lo concreto:
- Escribe una línea de tiempo. ¿Desde cuándo está así? ¿Qué pasó por esa época: una jubilación, una muerte, una mudanza, una operación, una caída? Anota también cuánto peso ha bajado y cuántas horas duerme.
- Haz la lista completa de lo que toma. Todo, incluido lo que compra sin receta. Llévala a su próxima cita médica y pide que la revisen en conjunto.
- Marca lo que dejó de hacer. Tres cosas que antes disfrutaba y ya no hace. Esa lista es tu mejor medida de mejora en los próximos meses.
- Revisa lo sensorial. ¿Escucha bien? ¿Ve bien? ¿Usa su dentadura? Si hay dudas, saca esas citas primero: a veces son el cambio más rápido.
- Devuélvele una tarea propia esta semana. Pequeña, real, suya. No entretenimiento: responsabilidad.
- Agenda un contacto fijo. Un día y una hora, todas las semanas, que no dependa de que a alguien se le ocurra.
- No aceptes «es la edad» como explicación, ni de la familia ni de un profesional que no lo evaluó.
Si al reunir esa información ves un cambio sostenido de meses con pérdida del interés, del apetito y del autocuidado, corresponde una evaluación, y corresponde hacerla junto con su médico. En el Centro Psicológico Nueva Mente, en San Miguel, puedes solicitar una primera consulta para adultos mayores, y también una orientación para la familia si él todavía no quiere venir.
Agenda tu consulta en San Miguel
En el Centro Psicológico Nueva Mente atendemos de forma presencial en San Miguel, Lima, y también online por videollamada. Si algo de lo que leíste te resuena, escríbenos: la primera consulta sirve justamente para ordenar el panorama y saber qué tipo de acompañamiento necesitas.