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Cómo recuperar la motivación durante una depresión

Cómo recuperar la motivación durante una depresión

Esperar tener ganas para empezar es esperar algo que la depresión apagó. La salida es actuar primero, en dosis pequeñas y medibles, y dejar que la motivación llegue detrás.

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«Cuando tenga ganas, lo hago»

Un paciente de treinta y cuatro años me lo dijo tres semanas seguidas, exactamente con esas palabras. Quería volver a la natación, que le encantaba. Tenía la mochila lista al lado de la puerta, la piscina a ocho minutos de su casa, y llevaba cinco meses esperando el día en que se despertara con ganas de ir. Ese día no llegó, y no iba a llegar, porque estaba esperando que apareciera precisamente la cosa que su depresión había apagado.

Ahí está el nudo de todo este artículo. En la vida normal el orden es: primero tengo ganas, después hago. En depresión ese orden se rompe, y si sigues esperando el paso uno, el paso dos no ocurre nunca. Lo que hacemos en consulta es invertirlo a propósito: primero se hace, y las ganas vienen detrás. Suena a frase de motivación de calendario, pero no lo es: es el ingrediente con más respaldo del tratamiento de la depresión y tiene un mecanismo detrás que vale la pena entender antes de intentarlo.

El orden está invertido, y hay una razón

La depresión hace dos cosas al sistema de la motivación.

La primera es la anhedonia: baja la capacidad de anticipar placer. No es que ya nada te guste; es que tu cerebro dejó de generar la señal de «esto va a estar bueno, vamos». Esa señal es el motor de arranque. Sin ella, la idea de salir a caminar, de ver a un amigo o de cocinar algo rico se siente exactamente igual que la idea de ordenar un cajón: neutra, pesada, sin atractivo. La actividad no perdió su valor, perdió su anuncio.

La segunda es que la depresión falsifica la predicción de esfuerzo. Todo se ve más difícil de lo que es. Lavar los platos se ve como una hora de trabajo; responder un mensaje se ve como una conversación entera. Entonces uno no lo hace, y al no hacerlo nunca comprueba que era más fácil de lo que se veía. La predicción exagerada queda intacta y se refuerza.

Con esas dos piezas se arma el círculo: dejo de hacer, se me van las fuentes de satisfacción y de logro, el ánimo baja más, y con el ánimo más bajo hay menos disposición para hacer. La clave es que ese círculo se rompe por el lado de la acción, no por el del ánimo, porque el ánimo no es una palanca que puedas mover directamente y la conducta sí. Tú no puedes decidir sentirte con ganas. Sí puedes decidir ponerte las zapatillas.

Y hay una cosa más que quiero que sepas, porque baja mucho la ansiedad: cuando haces la actividad sin ganas, no la disfrutas al principio. Los primeros días se hacen en frío y se sienten mecánicos. El disfrute vuelve después, y de a pocos. Si esperas sentir entusiasmo el primer día, vas a concluir que no funciona justo cuando estaba empezando a funcionar.

Cómo elegir la primera actividad

Aquí se pierde la mayoría de los intentos, porque la gente elige mal la primera. Elige «volver al gimnasio», «ordenar la casa», «retomar el inglés». Cosas enormes, sin hora, y que además dependen de que otro coopere.

La primera actividad tiene que cumplir cuatro condiciones, y las cuatro:

  1. Pequeña de verdad. Tan pequeña que te dé algo de vergüenza. No «salir a correr»: bajar a la esquina y volver. No «limpiar la cocina»: lavar los platos del desayuno.
  2. Concreta y observable. Que cualquiera pueda decir si la hiciste o no. «Estar más activo» no se puede verificar. «Caminar a la bodega de Intinsuyo y regresar» sí.
  3. Con día y hora escritos. No «mañana en algún momento». Mañana a las 8:15. La hora es lo que impide que la decisión quede a cargo de tus ganas del momento, que son justo lo que no funciona.
  4. Que no dependa de nadie más. Si tu primer paso necesita que tu hermana conteste o que tu jefe te apruebe algo, tu plan tiene un dueño que no eres tú.

Para calibrar el tamaño usa una escala de esfuerzo del 1 al 10, donde 1 es tomar un vaso de agua y 10 es lo más difícil que se te ocurra hoy. La primera semana se trabaja con actividades de 2 o 3, no más. Sí, es poquísimo. El objetivo de la primera semana no es mejorar el ánimo: es acumular hechos cumplidos, porque cada actividad cumplida corrige un poco esa predicción exagerada de esfuerzo. Si eliges un 7 y fallas, no aprendes nada nuevo, solo confirmas lo que la depresión ya te dice.

Y para las cosas que se te atraviesan todos los días, la regla de los cinco minutos: comprométete a hacerla cinco minutos con permiso explícito de parar al terminar. No es un truco para engañarte y seguir; el permiso de parar es real, y por eso funciona. Lo difícil de una tarea en depresión no es sostenerla, es arrancarla, y cinco minutos son el arranque más barato que existe. Muchas veces vas a seguir. Cuando pares a los cinco minutos, igual cuenta como cumplido.

El registro que te dice qué sí te levanta un poco

Esto es lo que convierte el intento en método. Durante una semana, en una libreta o en las notas del celular, anota lo que hiciste, la hora, y tu ánimo del 0 al 10 justo después. Tres columnas, nada más. Diez segundos por anotación.

El registro sirve para tres cosas, y las tres son importantes:

  • Descubre tus excepciones. En depresión todo se recuerda como uniformemente malo, porque el cuadro sesga la memoria hacia lo negativo. El papel muestra otra cosa: que el martes a las siete, después de haber hablado con tu prima, estabas en 5 y no en 2. Esas excepciones son oro, porque te dicen exactamente qué actividades tienen efecto en ti, que no son las mismas que en otra persona.
  • Rompe el «no hice nada». Cuando alguien me dice que la semana fue un desastre y sacamos el registro, casi siempre hay ocho o diez cosas hechas. No es para discutirle: es para que vea el sesgo funcionando en vivo.
  • Te da los datos para armar la semana siguiente. Se repiten las que subieron el ánimo y se revisan las que lo bajaron.

Un detalle: anota después de hacer, no antes. Si anotas antes, la anticipación baja el número y te desanima.

Dominio y placer: hacen falta las dos

Hay dos tipos de actividad, y la gente suele intentar solo con una.

Las de placer son las que se hacen porque se disfrutan: escuchar música, ver una serie, tomarte un café afuera, jugar con tu perro, conversar con alguien que te cae bien. El problema es que en plena anhedonia estas rinden poco al inicio, porque el sistema del disfrute está bajo. Si solo pruebas con estas, la conclusión va a ser «ya nada me gusta».

Las de dominio son las que dejan sensación de logro aunque no sean divertidas: lavar la ropa, pagar un recibo pendiente, mandar el correo que llevas tres semanas evitando, ordenar un cajón, cortarte el pelo. Estas funcionan mejor al inicio, porque el circuito del logro se sostiene aunque el del placer esté apagado. Y tienen un efecto extra: cada tarea evitada que se resuelve descuenta un poco de esa culpa de fondo que te pesa todo el día.

En la práctica, arma tu semana con dos de dominio y una de placer al principio, y vas cambiando la proporción según lo que muestre el registro. Si te llenas solo de tareas útiles, la vida se te vuelve una lista de pendientes y eso también deprime.

Cuando nada da placer: empieza por la memoria, no por el apetito

Es la pregunta que más me hacen en este punto: «¿y qué hago si nada me provoca?».

No preguntes qué te apetece hoy, porque hoy no te va a apetecer nada y esa pregunta no tiene respuesta útil en plena depresión. Pregunta otra cosa: ¿qué me gustaba antes de estar así? Antes de este episodio, ¿qué hacías los sábados? ¿qué música ponías cuando cocinabas? ¿con quién te reías? ¿a los quince años, qué te tenía enganchado?

Esa lista, la de la memoria, es tu punto de partida. Se retoman esas actividades sin exigirles que produzcan placer todavía: se hacen porque estaban en la lista, como quien toma una indicación. En la mayoría de los casos, después de unas cuantas repeticiones, el disfrute empieza a asomar; primero muy tenue, un 3 donde antes era un 8. Ese 3 es la señal de que el sistema está volviendo a encender.

Dos advertencias. Una: no empieces por la actividad que más amabas, porque si la haces y no sientes nada, duele mucho y la abandonas. Empieza por las medianas y guarda las importantes para cuando el disfrute ya esté volviendo. Dos: no cambies de actividad cada tres días buscando la que sí funcione. Dale al menos cuatro repeticiones antes de descartarla.

La culpa es el enemigo número uno, y el descanso que no descansa es el segundo

Si este artículo te deja una sola idea después de la del orden invertido, que sea esta: lo que hunde un plan de activación no es fallar, es lo que te dices después de fallar.

Va a haber días en que no puedas. Es parte del proceso, no una interrupción del proceso. La secuencia que arruina todo es esta: no cumplo → «soy un inútil, ni esto puedo» → me siento peor → mañana tengo menos recursos → tampoco cumplo → confirmo que soy un inútil. La culpa no motiva a nadie en depresión; consume la poca energía que había para intentarlo de nuevo.

Qué hacer en concreto el día que no pudiste:

  • No recuperes lo perdido. No hagas mañana lo de hoy más lo de mañana. Sigue con la actividad del día siguiente y ya.
  • Trátalo como un dato, no como un juicio. Pregúntate qué falló: ¿era muy grande? ¿mala hora? ¿dependía de alguien? Ajusta el tamaño hacia abajo. Un plan que falla dos veces está mal calibrado, no mal ejecutado.
  • Háblate como le hablarías a un amigo en tu situación. No con frases dulces: con la frase que realmente le dirías, que probablemente sería «bueno, hoy no salió, mañana lo hacemos más chiquito».

Si esa voz que te cobra todo el tiempo viene de mucho antes de esta depresión, vale la pena mirarla aparte: está desarrollada en por qué algunas personas sienten culpa constantemente.

Y el segundo enemigo, más silencioso: el descanso que no descansa. La cama de tarde y el celular en la mano se sienten como reposo y no reponen nada. Estar dos horas en la cama despierto haciendo scroll deja más cansado que caminar veinte minutos, porque no hay recuperación ni actividad; es tiempo en suspenso, con la cabeza libre para rumiar. Regla práctica: la cama es para dormir. Descansa en otro lugar de la casa, sentado, con algo definido y con hora de término. Si necesitas siesta, que sea corta y temprano.

Movimiento, luz de la mañana y pedir ayuda concreta en casa

Tres apoyos que hacen que todo lo anterior rinda más.

Movimiento. No hablo de rutinas de gimnasio. Hablo de caminar, y de que el efecto del movimiento sobre el ánimo es uno de los más consistentes que hay. Empieza con diez o quince minutos, a la misma hora, ojalá afuera. Si vives en San Miguel, el malecón o una vuelta al parque de tu cuadra sirven perfecto. Lo que importa es la regularidad, no la intensidad.

Luz de la mañana. Salir a la luz natural en la primera hora después de levantarte ayuda a reordenar el reloj interno, que en depresión casi siempre está corrido. Quince minutos, sin lentes de sol si no te molesta. En Lima, incluso con el cielo gris del invierno, la luz de afuera es mucho más potente que la de tu cuarto.

Pide ayuda concreta. La gente de tu casa quiere ayudar y no sabe cómo, así que da consejos, que es lo que menos sirve. Enséñales a ayudarte de verdad, y pide en formato de acción, con día y hora. Por ejemplo: «No me digas que salga a distraerme. Ayúdame así: pasa por mí el jueves a las siete y caminamos veinte minutos, aunque yo te diga que no tengo ganas». O: «Cuando te diga que estoy en la cama a las cuatro de la tarde, entra y ábreme la cortina». Ese tipo de acuerdos, hechos por adelantado y con tu permiso explícito, evitan la discusión del momento, que la vas a perder.

Y si en algún momento sientes que ya no puedes sostener nada más, ese punto tiene su propio artículo: qué hacer cuando sientes que ya no puedes más. Dicho con calma y porque corresponde: si aparecen ideas de no querer estar o pensamientos sobre cómo hacerlo, eso no se trabaja con un plan de actividades. Cuéntaselo hoy a alguien de confianza y llama a la Línea 113, opción 5 del MINSA. Si el riesgo es inmediato, 106 de emergencias o emergencia del hospital más cercano.

Tu plan para los próximos siete días

Hazlo así, hoy, en una hoja:

  1. Escribe tres actividades para esta semana: dos de dominio y una de placer, todas de esfuerzo 2 o 3, con día y hora.
  2. Prepara la libreta de tres columnas: qué hice, a qué hora, ánimo del 0 al 10 después.
  3. Elige una hora fija de levantada, la misma todos los días, incluido el domingo. Es el ancla de todo lo demás.
  4. Agrega quince minutos de caminata a la luz de la mañana, cuatro días de los siete.
  5. Pídele a una persona un apoyo concreto, con día y hora.
  6. Escribe arriba de la hoja, para leerlo el día que falles: primero se actúa, después vienen las ganas.

Revisa la hoja el domingo. Si cumpliste al menos la mitad, sube un punto de esfuerzo la semana siguiente. Si cumpliste menos, no te castigues: baja el tamaño y repite.

Esto es una pieza del tratamiento, no el tratamiento completo; el resto —sueño, pensamientos, prevención de recaídas y el papel del médico psiquiatra cuando corresponde— está en tratamiento psicológico para la depresión. Y si llevas semanas intentándolo sola o solo y no logras arrancar, eso es exactamente para lo que existe la consulta: en el Centro Psicológico Nueva Mente, en San Miguel, puedes pedir una primera cita para armar este plan con alguien que lo revise contigo cada semana.

Agenda tu consulta en San Miguel

En el Centro Psicológico Nueva Mente atendemos de forma presencial en San Miguel, Lima, y también online por videollamada. Si algo de lo que leíste te resuena, escríbenos: la primera consulta sirve justamente para ordenar el panorama y saber qué tipo de acompañamiento necesitas.

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