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Cómo fortalecer la autoestima de un niño con síndrome de Down

Cómo fortalecer la autoestima de un niño con síndrome de Down

La autoestima de un niño con síndrome de Down se construye con logros reales, elogio concreto sobre el esfuerzo y responsabilidades verdaderas, no con frases de ánimo que él no se cree.

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«El sábado su primo de la misma edad se fue solo a la tienda de la esquina. Él se quedó en la puerta mirando y me dijo: mamá, yo no puedo. No me preguntó nada. Lo dijo como quien dice que mañana es martes.»

Esa frase, dicha sin drama, es la señal de que algo ya se instaló. No es tristeza pasajera; es una conclusión sobre sí mismo. Y las conclusiones sobre uno mismo no se desarman con un «claro que puedes, mi amor», porque él ya tiene siete años de pruebas en la dirección contraria.

La autoestima no se enseña, se acumula. Está hecha de experiencias repetidas de lograr algo, de que alguien se lo reconozca en concreto y de que el entorno lo trate como alguien capaz de aportar. Acá va cómo se construye eso en la práctica, qué la desgasta sin querer, y qué hacer en los momentos incómodos: la pregunta sobre por qué es distinto y las miradas en la calle.

De dónde saca un niño la idea de lo que vale

De tres fuentes, y ninguna es la de los discursos:

  • Lo que consigue hacer. El principal insumo. Cada tarea que completa solo deposita algo. Cada tarea que alguien le termina, retira.
  • Lo que le devuelven los adultos importantes. No lo que le dicen en momentos solemnes, sino lo que hacen todos los días: si le preguntan su opinión, si esperan a que termine su frase, si le encargan cosas de verdad, si hablan de él delante de él en tercera persona.
  • Lo que le devuelve el grupo. Los compañeros, los primos, el barrio. Si lo invitan, si lo eligen para el equipo, si se ríen con él o de él.

De ahí sale una consecuencia incómoda: puedes decirle veinte veces al día que es maravilloso y su autoestima no se moverá si al mismo tiempo le pones tú la casaca, le respondes tú cuando le preguntan algo y nadie lo invita a ningún cumpleaños. La palabra sola no compite con la experiencia diaria.

Por eso el trabajo de autoestima empieza en un lugar que no parece emocional: en las habilidades que hace solo. Cada una de ellas es un ladrillo.

Por qué «¡muy bien, campeón!» deja de servir

El elogio genérico y automático tiene un problema: es información vacía. No dice qué hizo bien, no se puede repetir, y cuando se dice para todo pierde valor por completo. El niño, además, se da cuenta. Un chico de nueve años que recibe una ovación por ponerse los zapatos entiende perfectamente que la vara que le ponen es más baja que la de los demás, y eso no lo hace sentir mejor: lo hace sentir distinto.

Hay tres tipos de elogio que conviene evitar:

  • El desproporcionado. Aplaudir lo que ya domina hace tiempo.
  • El comparativo hacia abajo. «Lo hiciste mejor que otros niños como tú.»
  • El que elogia el rasgo y no la acción. «Eres un genio» pone presión y no enseña nada. Además, cuando algo le salga mal, la conclusión simétrica es «entonces soy tonto».

Cómo se elogia el esfuerzo y la estrategia

El elogio que construye tiene tres características: es concreto, describe lo que hizo y, cuando es posible, señala la estrategia que usó.

  • «Te costó abrochar ese botón y no lo dejaste. Lo intentaste tres veces.»
  • «Te diste cuenta de que ibas a llegar tarde y agarraste la mochila antes. Eso fue idea tuya.»
  • «Cuando te molestaste, te fuiste a tu cuarto en vez de tirar la silla. Eso es difícil.»

Nota lo que hacen esas frases: le devuelven una imagen de alguien que decide, que insiste y que resuelve. No de alguien a quien las cosas le salen o no le salen.

Un formato que funciona muy bien con niños con síndrome de Down es el elogio con testigo: contarle a otro adulto, delante de él, lo que logró. «Papá, cuéntale a la abuela lo que hizo hoy solo.» Escuchar que alguien cuenta un logro suyo pesa más que escucharlo directamente. Y si hay una foto de la secuencia pegada en la pared, mejor: la evidencia visual sostiene el recuerdo del logro mucho después de que la frase se olvidó.

Responsabilidades reales: no ayudar de mentira

Hay una diferencia enorme entre darle una tarea simbólica y darle una tarea de la que la casa depende. Poner la mesa y que después nadie la use no construye nada. Poner la mesa y que la familia se siente a comer en la mesa que él puso, sí.

Criterios para elegir una responsabilidad que sirva:

  1. Que alguien la necesite. Si no la hace, se nota.
  2. Que sea estable. La misma, todos los días, no rotativa.
  3. Que esté a su alcance con apoyo visual, no que sea imposible.
  4. Que no se la quiten cuando hay visitas o cuando hay apuro. Ese es el momento en que se transmite el mensaje real.
  5. Que se le agradezca como se le agradecería a cualquiera, sin fanfarria.

En la adolescencia esto escala: encargarse de la compra del pan, cuidar una planta, ser el responsable de recordar un horario familiar, ayudar en un negocio de la familia. La sensación de ser útil es una de las cosas que más protege el ánimo, y no tiene sustituto.

El derecho a equivocarse y a que le cueste

Una casa que evita cualquier fallo produce un niño convencido de que no puede fallar, lo que en la práctica significa un niño que no intenta nada nuevo.

Esto se ve mucho: el niño que se queda parado esperando a que un adulto haga la tarea, no por incapacidad sino porque aprendió que su intento va a ser corregido de inmediato. La corrección constante es un mensaje: lo que tú haces no está bien.

Qué hacer distinto:

  • Deja que el error ocurra hasta el final cuando no hay riesgo. El polo al revés se puede llevar puesto al parque un día.
  • Corrige después y una sola vez, no durante.
  • Habla de tus propios errores en voz alta. «Se me quemó el arroz. Bueno, lo hacemos de nuevo.» Los niños copian la reacción al error, no el error.
  • Ofrece tareas con dificultad justa: lo bastante difíciles para que el logro signifique algo, lo bastante alcanzables para que no se rinda. Todo lo demasiado fácil no construye nada.

Vale la pena decirlo claro: si nunca se frustra, el nivel está demasiado bajo.

«¿Por qué yo soy así?»

Llega, y suele llegar entre los ocho y los trece años, casi siempre después de una comparación concreta: un primo que hace algo que él no, una fiesta a la que no lo invitaron, un comentario en el colegio.

Lo primero es no taparlo. «No digas eso», «tú eres igual que todos» o cambiar de tema le enseña que ese tema no se puede hablar contigo, y va a preguntárselo igual, solo que solo.

Una respuesta que funciona tiene cuatro movimientos:

  1. Validar. «Es una buena pregunta. Tiene sentido que la hagas.»
  2. Informar con el nombre real. «Tú tienes síndrome de Down. Eso hace que algunas cosas las aprendas más despacio y que necesites practicar más.»
  3. Equilibrar sin negar. «También hay cosas que haces muy bien: te acuerdas de todos los cumpleaños, bailas mejor que yo, la gente se siente bien contigo.» Concreto, no genérico.
  4. Dejar la puerta abierta. «Si quieres hablar más de esto, cuando quieras.»

Lo que no ayuda: la versión del superpoder («eres especial, eres un ángel»), que él no se cree y que además lo aparta; y la versión trágica, que le confirma que hay algo malo en él. La versión que sirve es la descriptiva.

Si la pregunta viene acompañada de tristeza sostenida, de frases como «yo no sirvo» o de retroceso en cosas que ya hacía, ahí ya no es solo una conversación pendiente. Conviene revisar las señales emocionales que aparecen en cada etapa, porque en estos casos el ánimo bajo se expresa mucho más en la conducta que en las palabras.

Las miradas y los comentarios en la calle

Pasa en el mercado, en el paradero, en el centro comercial. Alguien mira fijo, alguien pregunta en voz alta «¿qué tiene?», alguien dice «qué pena, señora, Dios le dio una prueba grande», y todo eso ocurre a medio metro de un niño que entiende bastante más de lo que la gente supone.

Tres reglas para esos momentos:

  • Responde corto, en tono neutro y sin pelear. «Tiene síndrome de Down. Se llama Diego.» Nombrarlo delante del que preguntó lo devuelve al lugar de persona.
  • Corrige el «pobrecito» sin sermón. «No es pobrecito, es un chico que va al colegio y juega fútbol.» Punto. No hace falta educar a nadie en la cola del banco.
  • Habla con él después, no delante. «Esa señora dijo algo que no me gustó. Yo estoy orgullosa de ti.» Lo que él necesita saber no es qué piensa la señora; es de qué lado estás tú.

Y una cosa que se olvida: lo que dices de él por teléfono, en las reuniones familiares o en la puerta del colegio también lo escucha. Contar delante suyo, una y otra vez, lo difícil que fue el diagnóstico o lo mucho que te cuesta, deja una huella que nadie pretendía dejar.

Si en el colegio los comentarios se vuelven repetidos y dirigidos, ya no es torpeza social ajena: es acoso, y se maneja con el protocolo correspondiente. Las pautas de cómo identificar y actuar frente al bullying escolar aplican igual, con un agravante: muchos chicos con síndrome de Down no van a contarlo con palabras, y lo que verás es que no quiere ir al colegio.

Los espacios donde destaca, y por qué son terapéuticos

Casi todas las familias que veo con buenos resultados tienen algo en común: encontraron un lugar fuera del colegio donde su hijo la pasa bien y donde no es el que va más lento. Natación, fútbol, danza, batería, teatro, un taller de cocina, un grupo de la parroquia, atletismo.

Por qué importa tanto. En el colegio, la actividad principal es exactamente aquello que más le cuesta: leer, escribir, calcular y hacerlo rápido. Ocho horas al día midiéndose en su punto débil. Un espacio donde el criterio es otro (el ritmo, la fuerza, la constancia, la simpatía) le devuelve una parte de sí mismo que en el aula no aparece.

No hace falta que sea algo extraordinario ni que llegue a competir. Hace falta que sea suyo, que sea regular y que haya otras personas ahí. Todo lo que se sabe sobre cómo se construye la autoestima de cualquier niño desde casa aplica también acá, con un peso extra en esto: encontrar el terreno donde el niño es bueno y protegerlo como una cita médica.

Cuándo el desánimo ya es otra cosa

Un niño puede estar triste una semana. Lo que conviene mirar de cerca es un cambio que se sostiene más de tres o cuatro semanas:

  • Frases sobre sí mismo repetidas: «soy tonto», «nadie me quiere», «yo no puedo».
  • Abandono de actividades que antes disfrutaba.
  • Retroceso en autonomía que ya tenía.
  • Cambios de sueño o apetito.
  • Irritabilidad o agresión nuevas.
  • Aislamiento en casa y en el colegio.

Antes de asumir que es emocional, hay que descartar lo médico: tiroides, audición, apnea del sueño, dolor. Después conviene una consulta. En nuestro centro de San Miguel se puede empezar por una primera consulta de orientación con los padres, que muchas veces basta para ordenar el panorama y ver qué corresponde ajustar en casa, en el colegio o en las terapias. El marco general del acompañamiento emocional, con las bases sobre las que se apoya todo esto, está en el artículo sobre cómo acompañar el desarrollo emocional de un niño con síndrome de Down.

Qué puedes hacer esta semana

  1. Cambia un elogio. Elige un momento del día y describe lo que hizo en vez de decir «muy bien». Una sola vez al día es suficiente para empezar.
  2. Asígnale una responsabilidad real que alguien de la casa necesite, y no se la quites aunque haya apuro.
  3. Deja pasar un error sin corregirlo hasta el final. Observa qué hace.
  4. Cuenta un logro suyo delante de él a alguien más.
  5. Busca un espacio fuera del colegio donde pueda destacar y ponlo en el calendario como algo fijo.
  6. Revisa cómo hablas de él delante de él durante tres días. Solo observa; es probable que encuentres algo.

Un chico se hace una idea de sí mismo con lo que logra y con la cara que le ponen los demás cuando lo logra. No puedes controlar las caras de la calle, pero sí puedes asegurarte de que en su casa la respuesta por defecto sea «inténtalo, yo estoy acá». Con eso, y con años de repeticiones pequeñas, se construye alguien que se atreve.

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