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¿Cómo afecta la ansiedad al deseo y al desempeño sexual?

¿Cómo afecta la ansiedad al deseo y al desempeño sexual?

La excitación necesita un cuerpo en modo seguro y la atención puesta en la sensación; cuando la ansiedad enciende la alarma y aparece la autovigilancia, ese circuito se interrumpe.

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«Con mi esposa todo bien. La quiero, me sigue gustando. Pero desde hace unos meses, en el momento, mi cabeza se pone a trabajar y mi cuerpo se apaga. Y ahora ya me acuesto pensando en si me va a pasar otra vez.»

Esa frase, con variantes, se escucha varias veces al mes en consulta. La dicen hombres y la dicen mujeres, aunque las palabras cambien: ellas suelen describir sequedad, dificultad para llegar al orgasmo o directamente que las ganas dejaron de aparecer; ellos hablan casi siempre de la erección. El síntoma visible es distinto, pero el motor de abajo es el mismo y es mucho más físico de lo que la gente supone.

Este artículo no trae ejercicios ni protocolos. Trae la explicación: qué hace exactamente la ansiedad dentro de un cuerpo que está intentando excitarse, por qué la interferencia ocurre a un nivel que no puedes controlar con fuerza de voluntad y por qué casi todo lo que la gente prueba sola para resolverlo termina alimentando el problema. Entender el mecanismo no es un preámbulo teórico: es la parte del tratamiento que hace que lo demás tenga sentido. Los protocolos concretos, el paso a paso de qué se hace en terapia, van en otros artículos del blog y los enlazo donde corresponde.

El cuerpo tiene dos modos y solo uno sirve para esto

El sistema nervioso autónomo es la parte que trabaja sin que la mandes: el latido, la digestión, el diámetro de tus vasos sanguíneos, el sudor. Tiene dos ramas que se turnan. La rama simpática es la de la alarma: prepara al organismo para pelear o para escapar. La rama parasimpática es la del descanso y la digestión: aparece cuando el cerebro concluye que no hay nada urgente que atender.

Aquí está el punto que casi nadie te explica. La excitación sexual, tanto en el cuerpo de un hombre como en el de una mujer, depende sobre todo de un fenómeno vascular: la sangre tiene que llegar y quedarse en los tejidos genitales. Eso es lo que produce la erección y lo que produce la congestión y la lubricación. Y ese proceso de vasodilatación está gobernado en buena medida por la rama parasimpática.

La rama simpática hace exactamente lo contrario. Cuando se activa, la sangre se redistribuye hacia los músculos grandes de los brazos y las piernas, los vasos periféricos se contraen, el corazón se acelera, la musculatura se tensa, la respiración se vuelve corta y alta. Es una respuesta magnífica si tienes que salir corriendo de una pista. Es una catástrofe si lo que estás intentando es que un tejido se llene de sangre y se quede tranquilo ahí durante un rato.

Suelo decirlo así en consulta: tu cuerpo no puede prepararse para correr y para el placer al mismo tiempo. No es que le falten ganas. Es que está ejecutando otro programa, y ese programa tiene prioridad porque evolutivamente sirve para no morirse. El sexo es, desde el punto de vista de tu tronco cerebral, una actividad de lujo. Solo se autoriza cuando el ambiente está declarado seguro.

Esto explica, de paso, por qué la ansiedad produce tantos síntomas corporales que parecen enfermedades y no lo son. Es el mismo circuito que fabrica las palpitaciones, el nudo en el estómago y la sensación de falta de aire, y por eso conviene conocerlo bien: son los mismos síntomas físicos de la ansiedad apareciendo en otro escenario.

La excitación no es una decisión: es una autorización

De esto se sigue algo importante y que suele traer alivio: la respuesta de tu cuerpo no está bajo control voluntario. No es como levantar un brazo. Es más parecido a quedarte dormido. Puedes crear las condiciones para dormirte, pero no puedes ordenarte dormir, y si te lo ordenas con insistencia consigues justo lo contrario.

Por eso pasa algo que desconcierta a mucha gente: se puede tener muchas ganas y que el cuerpo no responda, y también se puede tener el cuerpo respondiendo sin ganas ninguna. Deseo y respuesta física son dos sistemas distintos que suelen ir juntos, pero no siempre. Cuando no coinciden, la mayoría de las personas concluyen algo dramático («ya no me atrae», «algo se rompió», «será que no la quiero»), y esa conclusión es casi siempre falsa.

Vale la pena distinguir tres cosas que la gente mete en la misma bolsa, porque la ansiedad las afecta de manera diferente:

  • El deseo. Las ganas de acercarse, buscar, imaginar. Es lo que más sufre con la ansiedad sostenida en el tiempo, la de fondo, la del mes entero.
  • La respuesta física. Erección, lubricación, congestión. Es lo que más sufre con la activación aguda, la del momento.
  • El orgasmo. Puede llegar tarde, no llegar, o llegar demasiado rápido. La ansiedad tira en las dos direcciones según la persona.

Cuando alguien dice «me pasa todo a la vez», casi siempre lo que ocurre es que empezó por una de las tres y las otras dos se sumaron después, por acumulación de malas experiencias.

La atención es un recurso limitado y lo estás gastando en vigilarte

Hay un segundo mecanismo, tan potente como el anterior y bastante menos conocido: la atención.

La excitación se construye a partir de sensaciones. Y las sensaciones necesitan atención para registrarse. Tu sistema nervioso recibe muchísima más información de la que puede procesar, así que filtra: lo que está en el foco se amplifica, lo que está fuera se atenúa. Es el mismo motivo por el que dejas de sentir la etiqueta de la camiseta a los diez minutos.

Ahora pon en ese foco a un evaluador. Alguien que en mitad del encuentro está pendiente de si su cuerpo está respondiendo lo suficiente, de cómo se ve desde ese ángulo, de qué estará pensando el otro, de cuánto tiempo lleva. Toda esa vigilancia consume el mismo recurso que hacía falta para sentir. El resultado es predecible: las sensaciones llegan más débiles, la persona interpreta esa debilidad como confirmación de que algo anda mal, se asusta, y con el susto activa el simpático. Se vigila para no fallar y esa vigilancia es lo que provoca el fallo.

Diego, 41 años, lo describió mejor que cualquier manual: «es como si hubiera dos yo. Uno está ahí y el otro está sentado en la esquina del cuarto tomando apuntes». Ese observador tiene nombre técnico y todo un protocolo de tratamiento dedicado a él, que desarrollamos aparte en el artículo sobre la ansiedad de desempeño y el papel del espectador. Aquí me interesa solo que veas por qué funciona así: no es un defecto de carácter ni falta de concentración, es la aritmética de un recurso finito mal repartido.

Y no siempre el evaluador vigila el rendimiento. En muchas mujeres que llegan a consulta, lo que está en el foco es el propio cuerpo visto desde fuera: la barriga, la luz, la posición, la comparación. El mecanismo es idéntico, cambia el objeto de la vigilancia.

El cortisol sostenido: cuando el problema no es esa noche, es ese mes

Hasta acá hablamos de lo agudo, de lo que pasa en el momento. Falta la otra mitad, que es más lenta y explica los casos donde no hay bloqueo puntual sino desaparición progresiva de las ganas.

Cuando el estrés se sostiene durante semanas o meses, el eje que regula la respuesta al estrés mantiene elevados los niveles de cortisol. Un pico de cortisol es adaptativo y útil. Un cortisol crónicamente alto tiene un costo: interfiere con el sueño, mantiene la musculatura tensa, aumenta la fatiga y, entre otras cosas, tiende a reducir el deseo sexual. No hace falta una crisis dramática; basta con seis meses de trabajo demandante, un hijo pequeño que no duerme, una deuda o un familiar enfermo.

Esto explica una queja muy frecuente y que casi nunca se conecta con el estrés: «no es que no pueda, es que no se me ocurre». La persona no tiene bloqueos ni fallas; simplemente el pensamiento sexual dejó de aparecer. Cuando revisamos su semana, encontramos cinco horas de sueño, almuerzos frente a la computadora y una cabeza que a las once de la noche todavía está resolviendo pendientes.

Ahí la conversación deja de ser sobre sexo y pasa a ser sobre organización, descanso y reparto de carga. Ese lado del asunto, el cotidiano y logístico, lo tratamos en detalle en el artículo sobre la relación entre el estrés diario y la falta de deseo, porque las soluciones ahí no son técnicas sexuales sino cambios en la agenda.

«Relájate» es la peor instrucción posible

Es lo primero que le dice la pareja con la mejor intención del mundo. Y es contraproducente por tres razones concretas.

La primera: la relajación no se puede ordenar. Es un estado que aparece cuando desaparece la demanda, no un botón. Ordenarla es como ordenarle a alguien que sea espontáneo.

La segunda: convierte la relajación en un medio para un fin, y entonces la persona empieza a monitorear si se está relajando lo suficiente. Ya tienes un evaluador nuevo en la habitación, midiendo tu relajación. Es el mismo problema con otro disfraz.

La tercera, la más importante: «relájate» le comunica al otro que hay algo que arreglar y que la responsabilidad es suya. Sube la demanda justo en el punto donde había que bajarla.

Lo mismo ocurre con el intento de no pensar. Cuanto más te esfuerzas por no pensar en si va a funcionar, más presente está el pensamiento; es un fenómeno bien documentado y aplica a cualquier contenido mental, no solo a este. El esfuerzo por controlar un pensamiento es, casi siempre, lo que lo mantiene en pantalla.

Un apunte sobre las técnicas de respiración, porque tiene truco. Respirar despacio y con el diafragma efectivamente baja la activación simpática y es una herramienta legítima; las técnicas de respiración para bajar la ansiedad funcionan. El problema aparece cuando se usan como amuleto: respiro para que no me pase, mido si me está haciendo efecto, y si no funciona confirmo el desastre. Convertida en conducta de seguridad, una buena técnica pasa a formar parte del problema.

El día que sí funcionó y por qué te confundió más

Casi todos los que consultan por esto tienen una noche que no encaja. De viaje, en un hotel, después de una discusión que terminó bien, con dos tragos encima, un día en que ninguno de los dos esperaba nada. Esa noche el cuerpo respondió sin problemas y la persona sale de ahí más desconcertada que antes.

No hay misterio. Esa noche faltaba la predicción. No hubo anticipación durante el día, no hubo examen, no hubo evaluador, y por lo tanto no hubo activación de alarma. El cuerpo hizo lo que sabe hacer cuando lo dejan en paz.

Clínicamente, esa noche es una noticia excelente y conviene subrayarla: si el cuerpo responde en alguna circunstancia, el circuito está intacto y el problema es de contexto, no de estructura. Es exactamente lo que se busca saber en la evaluación.

El riesgo es lo que la gente hace con esa información: sale a reproducir la condición mágica. Siempre con alcohol, siempre de viaje, siempre a esa hora. Y ahí se fabrica una nueva dependencia, con el agregado de que el alcohol, pasada cierta cantidad, deprime la respuesta física aunque baje la autovigilancia. Es un mal negocio a mediano plazo.

Cuándo esto no es ansiedad y toca ir al médico primero

Antes de asumir que todo es psicológico, hay que descartar lo que no lo es. Estas señales piden una consulta médica y no una terapia:

  • La dificultad es constante, en todas las situaciones, sin excepciones, incluyendo a solas y al despertar. Cuando no hay ni una circunstancia donde el cuerpo responda, el punto de partida es el médico.
  • Apareció de golpe al empezar un medicamento. Antidepresivos, algunos antihipertensivos, anticonceptivos hormonales, tratamientos para la próstata.
  • Hay dolor. El dolor en las relaciones nunca es «cosa de nervios» sin más. Merece evaluación ginecológica o urológica, y con frecuencia también de piso pélvico.
  • Hay síntomas que acompañan: cansancio extremo, caída de cabello, aumento o pérdida de peso importante, sed excesiva, sangrado, alteraciones del ciclo. Tiroides, anemia, diabetes y desajustes hormonales se ven en un análisis, no en una sesión.
  • Fue progresivo y sin ningún disparador emocional identificable, sobre todo después de los 45 o con presión alta, colesterol o diabetes de por medio.

Descartar lo médico no invalida lo psicológico: es muy común que convivan. Alguien empieza con una causa física, se asusta, y a los dos meses el componente ansioso ya pesa más que el original. Pero el orden importa. En nuestro consultorio de San Miguel, cuando una consulta por esto llega sin exámenes recientes, lo primero que hacemos es coordinar esa parte, y en paralelo se puede empezar el trabajo sobre la ansiedad y el estrés.

Qué se entrena para revertirlo

El tratamiento psicológico de esto no consiste en aprender técnicas sexuales. Consiste en cuatro trabajos, y los cuatro apuntan al mecanismo que acabas de leer:

  1. Bajar la activación de base. Sueño, carga de trabajo, consumo de alcohol y cafeína, tratamiento de un cuadro de ansiedad si lo hay. Si vives al 80 por ciento de activación todo el día, cualquier estímulo te lleva al 100.
  2. Devolver la atención al cuerpo. Se entrena a propósito, con ejercicios de contacto sin objetivo sexual y sin evaluación, para que la persona recupere la capacidad de registrar sensación en lugar de vigilar resultado. Es el corazón del abordaje que se detalla en el artículo sobre qué se hace cuando la ansiedad aparece durante el encuentro.
  3. Quitar la meta. Mientras exista un resultado obligatorio, existe un examen. Y mientras haya examen, habrá alarma. Buena parte del trabajo consiste en desmontar la definición de qué cuenta como un encuentro exitoso.
  4. Desactivar la predicción. El pensamiento «me va a pasar otra vez» es el disparador más fiable de todo el circuito. Se trabaja como se trabaja cualquier anticipación ansiosa: identificándolo, poniéndolo a prueba y dejando de obedecerlo.

Nada de esto se hace en una semana y nada de esto se hace con un solo miembro de la pareja informado. Cuando el otro no sabe qué está pasando, interpreta lo que ve, y lo que ve se parece muchísimo al desinterés.

Por dónde empezar

Tres cosas concretas para los próximos días, ninguna espectacular:

  1. Nombra lo que pasa en voz alta, una sola vez y fuera de la cama. Una frase basta: «me está pasando algo que no controlo, no tiene que ver contigo y quiero resolverlo». El silencio es el que convierte esto en un problema de pareja.
  2. Saca el resultado de la ecuación durante dos semanas. Acuerden encuentros donde ese resultado no está en el menú. No es abstinencia: es quitar el examen.
  3. Mira tu mes, no tu noche. Cuántas horas duermes, cuánto alcohol tomas, cuántas semanas llevas sin un día libre de verdad. Muchas veces la respuesta no está en el dormitorio.

Y si llevas más de seis meses así, si ya estás evitando situaciones para no exponerte, o si la relación empezó a resentirse, no esperes más. Esto responde bien y responde rápido cuando se trabaja con el mecanismo correcto; lo que lo vuelve crónico no es la gravedad del problema, es el tiempo que se pasa intentando resolverlo a solas, con la puerta cerrada y sin decirle nada a nadie.

Agenda tu consulta en San Miguel

En el Centro Psicológico Nueva Mente atendemos de forma presencial en San Miguel, Lima, y también online por videollamada. Si algo de lo que leíste te resuena, escríbenos: la primera consulta sirve justamente para ordenar el panorama y saber qué tipo de acompañamiento necesitas.

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