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Adicción a los videojuegos

Adicción a los videojuegos

El trastorno por uso de videojuegos no se mide en horas, sino en pérdida de control, prioridad sobre todo lo demás y daño sostenido. La clave del tratamiento es descubrir qué le da el juego que la vida real no le está dando.

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«Doctora, mi hijo era un chico normal. Ahora se encierra a las cuatro de la tarde, sale a las once de la noche a buscar algo de comer y no me mira a los ojos. Y si le corto el internet, se transforma.» La mamá que me dijo esto tenía en la mano la libreta del bimestre: de estar entre los primeros puestos a cuatro cursos jalados en seis meses.

Casi todas las semanas atiendo a una familia con esta escena. Y casi siempre traen la misma pregunta, formulada con miedo: ¿mi hijo es adicto a los videojuegos? La respuesta honesta es que a veces sí y muchas veces no, y que la diferencia importa mucho, porque lo que se hace con un chico que juega demasiado y lo que se hace con un chico que tiene un trastorno por uso de videojuegos no se parece.

Jugar mucho no es lo mismo que tener un problema

Empecemos por lo que a nadie le conviene escuchar de un profesional: la mayoría de los adolescentes que juegan muchas horas no tiene una adicción. Juegan mucho porque es entretenido, porque ahí están sus amigos, porque es lo que hace su generación y porque en Lima salir a la calle a jugar pelota hasta que oscurezca ya no es tan sencillo como lo era para sus padres.

El número de horas, por sí solo, no diagnostica nada. He visto chicos que juegan tres horas diarias, cumplen con el colegio, entrenan, duermen bien y tienen amigos presenciales: ese chico juega mucho y está bien. Y he visto chicos que juegan dos horas y media pero mienten sobre ello, no pueden parar cuando se lo propusieron y dejaron de ver a la gente que querían: ese chico tiene un problema aunque el reloj diga menos.

Lo que define el problema no es la cantidad. Es la pérdida de control y el daño acumulado. Si quieres el marco general de por qué ciertas conductas terminan gobernando a una persona, lo desarrollamos en qué es una adicción y por qué no es un asunto de carácter. Aquí me quedo en los videojuegos.

Los tres criterios que definen el trastorno por uso de videojuegos

Desde que la Organización Mundial de la Salud incluyó el trastorno por uso de videojuegos en la CIE-11, existe un lenguaje común para hablar de esto. Los criterios son tres, y hay que cumplir los tres:

  1. Pérdida de control sobre el juego. No puede decidir cuándo empieza, cuándo para, con qué frecuencia ni por cuánto tiempo. Se propone jugar una partida y juega cinco. Se propone parar a las diez y para a la una.
  2. Prioridad creciente frente a todo lo demás. El juego gana espacio y el resto se va corriendo: primero el deporte, después las tareas, después las salidas, después la familia, al final el sueño.
  3. Continuidad o escalada a pesar de las consecuencias. Ya perdió el año, ya se pelea todos los días en casa, ya no ve a sus amigos del barrio, y aun así sigue jugando igual o más.

Y hay un cuarto elemento que casi siempre se omite: el tiempo. El patrón debe sostenerse alrededor de doce meses para hablar de trastorno. Un mes malo después de una ruptura, una mudanza o un cambio de colegio no es un trastorno; es un chico escondiéndose en algún lugar mientras algo le duele. Ese plazo solo se acorta cuando el deterioro es muy grave y evidente.

Lo digo con toda claridad: ninguna lista, ni esta ni las que circulan por internet, diagnostica a nadie. Esto sirve para decidir si vale la pena una evaluación, no para etiquetar a tu hijo en la mesa del almuerzo.

Por qué engancha: el diseño, el grupo y la identidad

Cuando los padres entienden el mecanismo, dejan de pensar que su hijo es flojo y empiezan a poder ayudarlo. Los videojuegos de ahora no se parecen a los de hace veinte años, y enganchan por razones concretas:

  • Progresión constante y visible. Siempre hay un nivel más, un objeto que falta, una barra llenándose. En el colegio, el esfuerzo tarda meses en verse; en el juego, el esfuerzo se paga en minutos.
  • Logros y estatus medibles. Un rango, una tabla, un número que los demás ven. Para un adolescente al que le está costando encontrar en qué es bueno, eso es enorme.
  • Pertenencia. Ahí está su grupo. Y no es un grupo abstracto: son voces conocidas, bromas propias, un lugar donde lo esperan a una hora fija. Si le quitas el juego de un día para otro, no le quitas un entretenimiento: le quitas su sitio.
  • Identidad. Dentro del juego es alguien: el que apoya, el que arma la estrategia, el que no falla. Afuera puede ser el chico que se sienta atrás y no habla.
  • La presión del equipo en los juegos en línea. Esta es la que los padres no ven. No puede parar a media partida porque deja a cuatro personas en desventaja, y el costo social de eso es real para él. Por eso «apaga ya» a mitad de partida se vive como una humillación y no como un límite.

Nada de esto significa que no haya que poner límites. Significa que los límites que ignoran el mecanismo no funcionan.

Señales de alerta que conviene mirar de cerca

Estas son las que más pesan en consulta:

  • Sueño invertido. Se acuesta de madrugada porque a esa hora juega tranquilo, y se levanta al mediodía o va al colegio arrastrándose. El sueño es la primera víctima y la que empeora todo lo demás más rápido.
  • Mentiras sobre las horas. Dice dos y fueron seis. Juega cuando ustedes duermen. Cierra la ventana cuando alguien entra al cuarto.
  • Reacción intensa al apagar. No un fastidio: gritos, insultos, portazos, llanto, a veces algo roto. Esa desproporción es un dato clínico, no una malcriadez.
  • Se cayeron las notas y, sobre todo, dejó de entregar cosas que antes entregaba.
  • Abandono de lo presencial. Dejó el vóley, dejó la academia, ya no sale con los amigos del barrio, no acepta invitaciones.
  • Come frente a la pantalla y ya casi no se sienta a la mesa. Descuido del baño, del cuarto, del propio cuerpo.
  • Gasto dentro del juego. Compras de objetos, pases y cajas de recompensa. Revisa si hay cargos que no reconoces o si les está pidiendo dinero a los abuelos.
  • Irritabilidad o sensación de vacío cuando no juega, y una cuenta interna de las horas que faltan para volver.

Tres o cuatro de estas, sostenidas durante meses, ya justifican una evaluación. Una sola en una semana difícil, no.

Por qué quitar la consola de golpe suele fracasar, y qué hacer en su lugar

La medida que casi todos los papás intentan primero es la confiscación: se llevan la consola, cambian la clave del wifi, esconden el mando. Lo entiendo perfectamente, y a veces hace falta una medida de emergencia. Pero como estrategia falla, por tres razones.

Primero, porque el chico interpreta que le quitaste a sus amigos y no una pantalla, así que la rabia se dirige a ti en lugar de al problema. Segundo, porque no le enseña nada: cuando devuelvas la consola —y la vas a devolver— él no tendrá ninguna habilidad nueva para regularse. Tercero, porque empuja al ocultamiento: juega en el celular de un amigo, en una cabina, de madrugada, y pierdes lo único que te servía, que es saber qué está pasando.

Lo que sí funciona se parece más a esto:

  1. Negocia un acuerdo en lugar de dictarlo. Siéntense un sábado por la mañana, cuando nadie esté molesto. Que él proponga primero cuántas horas le parecen razonables entre semana y el fin de semana; desde ahí negocias. Un acuerdo que él ayudó a escribir se sostiene; una regla impuesta se pelea todos los días.
  2. Escríbanlo y péguenlo. Horarios, días, qué pasa si no cumple y también qué gana si cumple. Que la hoja discuta con él, no tú.
  3. Avisos previos. Quince minutos antes y cinco minutos antes. Y respeta el final de la partida: si faltan siete minutos para que termine, dale los siete minutos. Eso no es debilidad, es lo que hace posible que apague sin escándalo.
  4. Nada de pantallas en el dormitorio de noche. El equipo, la consola y el celular cargan fuera del cuarto a partir de una hora fija. Esta sola medida cambia más cosas que todas las demás juntas.
  5. Refuerza lo que se recupera, no solo castigues lo que falla. Si volvió a entrenar, si entregó el trabajo, si bajó a comer con ustedes, nómbralo. Lo que se nombra se repite.
  6. No uses el juego como único premio y único castigo. Si toda la economía de la casa gira alrededor de la consola, la consola se vuelve todavía más importante.

Si te cuesta sostener acuerdos sin que la casa se convierta en un campo de batalla, vale la pena revisar cómo se establecen límites que un adolescente sí puede respetar.

La pregunta incómoda: ¿qué le está dando el juego?

Esta es la pregunta que hago en la primera sesión con los padres y la que suele cambiar el rumbo del tratamiento: ¿qué encuentra tu hijo ahí que no está encontrando en el resto de su vida?

Las respuestas se repiten. Compañía, cuando en el colegio está solo. Ser bueno en algo, cuando en todo lo demás siente que decepciona. Un lugar donde nadie le grita. Control, cuando en la casa hay conflictos de adultos que él no puede resolver. Alivio, cuando hay ansiedad. Anestesia, cuando hay tristeza.

Cuando un chico juega diez horas al día, esas diez horas están tapando algo que dura veinticuatro. Por eso el tratamiento no consiste en restarle horas de juego: consiste en construir una vida que pueda competir con el juego. Si le quitas el juego y no pones nada donde estaba, el vacío lo devuelve al juego o a algo peor.

Cuando debajo hay ansiedad social o depresión

Hay dos cuadros que se disfrazan muy bien de adicción a los videojuegos y conviene descartar antes que nada.

Ansiedad social. El chico no juega porque ame el juego: juega porque el juego es el único lugar donde puede relacionarse sin que le tiemble la voz, sin que lo miren, sin tener que sostener una conversación cara a cara. La pista aquí es que evita cumpleaños, exposiciones orales, llamadas telefónicas y cualquier situación en la que podrían evaluarlo, y que el juego que prefiere es justamente el que tiene voz y equipo. Si le retiras el juego sin tratar la ansiedad, lo dejas sin su único vínculo.

Depresión. La pista aquí es que tampoco disfruta el juego. Juega con la cara apagada, repite partidas sin entusiasmo, dice que se aburre pero no se levanta, duerme mal, come distinto, se irrita por todo y a veces suelta frases de desesperanza. La conducta se parece; el fondo es otro.

En ambos casos el orden importa: primero se trata lo que está debajo. Si lo que ves son cambios de ánimo que van más allá del juego, ayuda leer qué es esperable y qué no en los cambios emocionales de la adolescencia. Y si el patrón que reconoces es más el celular y las redes que el juego en sí, ese es otro cuadro y se aborda distinto: lo tratamos en adicción al celular y redes sociales.

Una advertencia importante. Si en algún momento aparecen frases de que no vale la pena seguir, o de que ustedes estarían mejor sin él, eso deja de ser un tema de videojuegos y pasa a ser lo primero. Pide ayuda ese mismo día: en el Perú puedes llamar a la Línea 113, opción 5, del MINSA, y ante peligro inmediato al 106 o a la emergencia del hospital más cercano. Cuando hay riesgo para la vida, ningún profesional puede prometerte silencio absoluto, y es mejor así.

Cuándo consultar y qué se trabaja en terapia

Consulta si el patrón lleva más de seis meses, si hay tres o más señales sostenidas de la lista, si el rendimiento escolar se derrumbó, si hay agresividad cada vez que se limita el uso, si dejó de ver personas, o si ya intentaste dos o tres veces poner orden y no lo lograste. Este último punto es el más claro de todos: cuando la familia ya intentó y no pudo, hace falta alguien de afuera. No es un fracaso tuyo; es información.

En terapia, con un adolescente, el trabajo suele ir por aquí: evaluar si estamos ante un trastorno por uso de videojuegos o ante un uso intenso sin patología; descartar ansiedad, depresión, dificultades de atención o acoso escolar; construir con él —no contra él— un registro real de horas; entrenar tolerancia al malestar para el momento de apagar; recuperar sueño y rutina, que es la base de todo; reconstruir actividades presenciales que le devuelvan lo mismo que le da el juego, es decir equipo, progreso y reconocimiento; y trabajar con los padres para que el acuerdo se sostenga sin gritos. Cuando hay un cuadro de ansiedad o del ánimo debajo, se atiende en paralelo. Si hiciera falta una valoración médica, la indicación de cualquier tratamiento farmacológico la hace un médico psiquiatra, nunca el psicólogo, y en ese caso la psicoterapia acompaña al tratamiento médico porque una cosa alivia los síntomas y la otra cambia los hábitos y lo que los sostiene.

No prometo plazos ni resultados. Sí puedo decirte que los casos que avanzan tienen algo en común: el chico terminó participando de su propio plan en lugar de padecerlo.

Qué hacer con esto esta semana

Tres cosas concretas, en este orden:

  1. Mide antes de discutir. Una semana de registro honesto: a qué hora empezó y a qué hora terminó, cada día, sin comentarios todavía. Casi todas las peleas de este tema son peleas sobre cifras que nadie tiene.
  2. Recupera la noche. Antes de negociar el total de horas, negocia una sola cosa: que los aparatos duerman fuera del cuarto. Es la medida con mejor relación entre esfuerzo y resultado.
  3. Ten una conversación sin acusaciones. Algo así: «No vengo a quitarte el juego. Vengo porque te veo durmiendo cuatro horas y peleando con nosotros todos los días, y eso me preocupa. Quiero que armemos juntos un horario que tú puedas cumplir.» Y después escucha más de lo que hablas.

Si después de eso el patrón sigue igual, o si sospechas que debajo hay ansiedad o tristeza, una evaluación ordena el panorama y evita meses de desgaste. En el Centro Psicológico Nueva Mente, en San Miguel, puedes solicitar una primera consulta para tu hijo o una orientación para ustedes como padres.

Agenda tu consulta en San Miguel

En el Centro Psicológico Nueva Mente atendemos de forma presencial en San Miguel, Lima, y también online por videollamada. Si algo de lo que leíste te resuena, escríbenos: la primera consulta sirve justamente para ordenar el panorama y saber qué tipo de acompañamiento necesitas.

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