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Actividades para fortalecer las habilidades sociales en niños con TEA

Actividades para fortalecer las habilidades sociales en niños con TEA

Una progresión en tres niveles con actividades que puedes hacer en casa esta semana, usando los intereses de tu hijo como puente y sin forzarle el contacto visual.

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«Lo llevo al parque de la esquina y se queda parado en la reja mirando cómo giran las ruedas de las bicicletas. Los demás niños corren y él ni los mira. Le digo anda, juega con ellos, y no se mueve. ¿Qué hago?»

La respuesta corta es: no empezar por ahí. Un parque con doce niños corriendo, gritos, pelotas y bicicletas es el examen final de las habilidades sociales, no la primera clase. Mandar a un niño con autismo a ese escenario y esperar que se integre solo es como sentarlo en un examen de álgebra sin haberle enseñado a sumar. No se integra, se abruma, y muchas veces lo que aprende es que los otros niños son un lugar donde le va mal.

Lo que sigue es la progresión que uso en consulta y que enseño a los papás para trabajar en casa: tres niveles, con actividades concretas, en orden. No es una lista de consejos generales. Es una escalera, y cada peldaño se sostiene en el anterior.

Por qué «anda a jugar con los niños» no funciona

Jugar con otro niño parece una sola habilidad y en realidad son unas quince funcionando al mismo tiempo. Hay que mirar al otro y sacar información de su cara y de su cuerpo. Hay que entender que el otro tiene una intención distinta a la mía. Hay que esperar mi turno, tolerar que el otro haga las cosas de manera diferente a como yo las haría, ajustar mi plan al suyo, aceptar perder, reparar cuando algo se rompió. Todo eso, en tiempo real, con ruido de fondo y sin instrucciones escritas.

En el autismo, esas piezas no se ensamblan solas con la mera exposición. Un niño con desarrollo típico está mirando a otros niños desde muy pequeño y aprende de esa observación de forma casi automática, sin que nadie le explique nada. Un niño con TEA suele necesitar que cada pieza se enseñe explícitamente: nombrada, practicada en un entorno tranquilo, repetida muchas veces, y solo después llevada a un lugar con más gente.

Hay otro factor que se pasa por alto: el costo de energía. Sostener una interacción social le cuesta a tu hijo mucho más esfuerzo que a otro niño. Media hora de juego con pares puede dejarlo tan cansado como una mañana entera de colegio. Por eso una sesión de diez minutos que termina bien vale infinitamente más que una hora que termina en llanto. Corto y exitoso siempre le gana a largo y desbordado.

Antes de empezar: cuatro reglas, y una que casi todos rompen

  • Empieza siempre por debajo de su nivel. Si dudas entre nivel 1 y nivel 2, haz nivel 1. La sensación de que le sale bien es el motor de todo lo demás.
  • Corta antes de que se agote. Termina la actividad cuando aún está disfrutando, no cuando ya se hartó. Así queda con ganas de la siguiente.
  • Repite lo mismo muchas veces. La novedad no ayuda al principio. La misma actividad, con el mismo material y las mismas palabras, veinte veces, es lo que construye la habilidad.
  • Uno solo al principio, siempre el mismo. Un compañero, no tres. Y el mismo compañero durante meses.

La regla que casi todos rompen: no le fuerces el contacto visual. Ni «mírame a los ojos», ni tomarle la cara, ni retenerle el juguete hasta que te mire. Para muchas personas autistas mirar a los ojos es incómodo o incluso doloroso, y hay algo más importante: cuando obligas la mirada, gastas su atención en sostener la mirada y le queda menos para entender lo que le estás diciendo. Un niño que mira al piso puede estar escuchándote perfectamente. Lo que buscamos no es la mirada, es la atención compartida: que los dos estén en lo mismo. Si mientras jugamos voltea espontáneamente a chequear tu cara, celébralo por dentro y no digas nada. Eso llega solo cuando el juego vale la pena.

Nivel 1: uno a uno contigo, en el piso de tu sala

Aquí el compañero de juego eres tú, no otro niño. El objetivo de este nivel es uno solo: que interactuar con una persona sea agradable y predecible.

Juegos de turnos muy cortos. Turnos de dos o tres segundos, no de dos minutos. Una torre de cubos donde pones uno tú y uno él. Una pelota que rueda de ida y vuelta sentados en el piso, con las piernas abiertas formando un túnel. Meter monedas en una alcancía alternando. La clave está en marcar el turno con la misma palabra siempre: «mi turno… tu turno». Empieza con tres turnos y sube de a poco. Cinco minutos, dos veces al día.

Rutinas sociales con cierre predecible. Secuencias físicas, divertidas, que terminan siempre igual: lo balanceas en una sábana entre dos adultos, cuentas «uno, dos y… ¡tres!» y lo bajas suave. Le haces cosquillas anunciando «viene la arañita… ¡te pillé!». Lo persigues por el pasillo diciendo «te voy a atrapar». Estas rutinas son enormemente potentes porque enseñan lo que sostiene todo lo social: que otra persona es fuente de algo bueno y que puedo predecir lo que va a hacer.

Imitación en espejo. Te sientas frente a él con dos juegos idénticos de material —dos tambores, dos autos, dos vasos— y copias exactamente lo que él hace. Sí: primero copias tú a él. Es contraintuitivo y funciona, porque muchos niños con autismo empiezan a mirar al adulto cuando descubren que el adulto los sigue. Después de varias sesiones, introduce una variación pequeña y mira si te copia a ti.

Canciones con roles y con hueco. Canciones donde cada uno tiene una parte, con gestos fijos: él hace el gesto del elefante y tú el del ratón. Y canciones donde te callas al final de un verso y esperas a que complete, con sonido, gesto o palabra.

Criterio para pasar al nivel 2: sostiene ocho a diez turnos contigo sin escaparse, busca la actividad por su cuenta, y se ríe o te mira dentro del juego. Si eso ocurre en varias actividades y durante varias semanas, ya hay base.

Nivel 2: con un solo par elegido

Elegir bien al compañero es la mitad del trabajo. Busca un niño tranquilo, más bien lento que rápido, que no invada, que tolere la rareza sin burlarse. Puede ser un primo, un vecino, un compañero del salón. Con frecuencia funciona mejor un niño uno o dos años menor, porque su juego es más simple y menos veloz. Y sesiones cortas: veinte a treinta minutos, en tu casa, sin más niños, con un adulto cerca que orqueste sin invadir.

Juego paralelo con material compartido. No los obligues a jugar juntos de entrada. Ponlos a hacer lo mismo, lado a lado, con un solo set de material en el medio: una caja de bloques, un plato con plastilina, una bandeja con arena. Cada uno hace lo suyo, pero para conseguir la pieza que quiere tiene que pasar por el otro. Eso ya es interacción, y es la puerta de entrada más suave que existe.

Construir algo entre dos con piezas repartidas. Esta es la actividad que más recomiendo de todo el artículo. Un rompecabezas donde tú le das la mitad de las piezas a cada uno. Un circuito de canicas donde uno tiene los tramos rectos y el otro las curvas. Una casa de bloques donde uno tiene todas las piezas rojas y el otro todas las azules. La estructura misma obliga a pedir, y pedir es la habilidad social más útil de la infancia. Enséñale la frase exacta antes de empezar —«dame la roja, por favor»— y no dejes que el adulto haga de intermediario: si te pide a ti, le dices «pídele a Luciana».

Juegos de mesa con reglas mínimas. Memoria con seis pares, no con veinte. Dominó de dibujos. Juegos de dado y avance, cortos, donde una partida dure cinco minutos. Lo que se está enseñando no es el juego: es esperar, seguir una regla externa, y aguantar que gane el otro. Para eso, empieza jugando partidas tan cortas que perder no sea catastrófico, y hazlo con una frase fija que se repite siempre igual: «esta vez ganó Luciana, la próxima jugamos otra».

Si durante estas sesiones necesitas dar indicaciones, dilas cortas y literales; cómo formular esas frases lo desarrollé en cómo mejorar la comunicación con un niño autista.

Nivel 3: grupo pequeño, historias sociales y guiones

Grupo pequeño quiere decir tres o cuatro niños, no una fiesta. Aquí ya se trabajan situaciones específicas, y las dos herramientas que mejor rinden son las historias sociales y los guiones.

Una historia social es un texto corto, de cinco a ocho frases, en primera persona, sobre una situación concreta que a tu hijo se le hace difícil. Se lee varias veces antes de que la situación ocurra, no en el momento del problema. Se escribe en positivo, describiendo lo que pasa y lo que él puede hacer, sin regaños. Un ejemplo para el recreo:

«En el recreo salgo al patio. Hay muchos niños y hay ruido. El ruido a veces me molesta. Si el ruido me molesta mucho, puedo ir a la banca de al lado del árbol. Ahí es más tranquilo. Cuando estoy mejor, puedo volver. La señorita sabe que puedo ir a la banca.»

Hazla con tres o cuatro dibujos o fotos reales del patio de su colegio y léela una vez al día durante dos semanas. Sirven especialmente bien para: pedir ayuda a la profesora, qué hacer cuando alguien le quita algo, ir al baño del colegio, la formación de la mañana, el cambio de profesora.

Un guion es una frase textual que se practica hasta que sale automática, para un momento social preciso. Los tres más útiles:

  • Entrar a un juego ajeno: acercarse, mirar un momento lo que hacen, y decir «¿puedo jugar?». Se ensaya en casa con muñecos primero, después con un hermano, después con el par del nivel 2. Y se ensaya también la respuesta difícil: si le dicen que no, la frase es «bueno» y buscar a otro. Eso hay que practicarlo tanto como el sí.
  • Pedir y prestar: «¿me lo prestas?» y «te lo presto y me lo devuelves», con un temporizador visible para que el préstamo tenga final.
  • Perder: «perdí, jugamos otra», dicha en voz alta, ensayada en partidas de dos minutos donde a veces gana él y a veces no. Que a veces gane de verdad importa, pero que a veces pierda importa más.

El role-play es el formato para todo esto: tú haces de niño del colegio, él practica su frase, y después cambian de papeles. Cuando él te hace de profesora o de compañero, aprende a ponerse en el otro lugar, y eso vale más que diez explicaciones.

Una cosa que este artículo no va a desarrollar pero que conviene tener en el radar: los niños con TEA son más vulnerables a las burlas y al aislamiento, y ahí las señales y los pasos a seguir son otros; los tienes en cómo identificar el bullying escolar y actuar a tiempo.

Sus intereses no son el enemigo: son el puente

Muchas familias llegan queriendo que el niño «deje de hablar todo el día de trenes». Entiendo el cansancio, pero pelear contra el interés restringido es tirar a la basura la herramienta más poderosa que tienes. Ese interés es el único territorio donde tu hijo es experto, se siente seguro y tiene motivación de sobra. Todo lo social se puede montar encima.

Cómo se usa, en concreto:

  • El interés entra al juego compartido. Si son los trenes, el juego de turnos es armar la vía entre dos. Si son los mapas, el juego de mesa es adivinar países. Si son los dinosaurios, la actividad con el par es clasificar dinosaurios en dos grupos y cada niño tiene la mitad de las fichas.
  • El interés como moneda de entrada. Un niño que sabe muchísimo de planetas puede llevar su libro de planetas al colegio y mostrarlo a dos compañeros. Deja de ser «el raro» y pasa a ser «el que sabe de planetas». En muchos casos ese pequeño giro cambia el lugar del niño en el salón.
  • Enseñar la medida, no prohibir el tema. En vez de «no hables de trenes», se enseña una regla concreta y visible: «puedo contar tres cosas de trenes, y después pregunto algo al otro». Y se practica en casa contando con los dedos.
  • Buscar el par por afinidad, no por edad. Un compañero que también le gustan los videojuegos o los mapas es mejor candidato que el niño más sociable del salón.

Cómo preparar un cumpleaños o una salida

Los cumpleaños infantiles son de las situaciones más difíciles: música fuerte, animador con micrófono, niños corriendo, torta, sorpresas, luces. Muchas familias dejan de ir, y se entiende. Pero se puede preparar.

  1. Anticipa con detalle. Cuéntale días antes qué va a pasar, en orden: llegamos, saludamos, jugamos, cantamos happy birthday, torta, nos vamos. Si puedes, muestra fotos del lugar.
  2. Acuerda una duración corta y cúmplela. Cuarenta minutos, no tres horas. Y díselo antes: «vamos un rato y nos vamos antes de la piñata».
  3. Acuerda una salida. Antes de entrar, ubica un lugar tranquilo —el pasillo, el auto, un cuarto vacío— y dile que puede ir ahí cuando quiera. Saber que hay salida es lo que le permite quedarse.
  4. Llega temprano. Entrar a un salón vacío que se va llenando es mucho más manejable que entrar a un salón ya lleno de ruido.
  5. Lleva algo conocido. Su juguete, sus audífonos, su tomatodo.
  6. Objetivo de una sola línea. Que se quede veinte minutos tranquilo ya es un éxito. No pretendas además que juegue con todos.
  7. Avisa a la mamá anfitriona. Dos frases bastan: mi hijo es autista, es probable que salgamos temprano, no es nada personal.

La misma lógica sirve para el centro comercial, un almuerzo familiar o una salida a un restaurante: anticipación, duración corta, ruta de escape y un objetivo modesto.

«¿Y si mi hijo prefiere estar solo?»

Esta pregunta me la hacen con culpa, como si preguntarla ya fuera abandonar al niño. Merece una respuesta seria y con matices.

Primero: sí, hay niños autistas que genuinamente disfrutan de largos ratos a solas, y eso no hay que arreglarlo. Estar solo no es lo mismo que estar aislado, y no todos los niños tienen que querer un grupo grande de amigos. Tampoco los adultos. El objetivo no es convertir a tu hijo en un niño extrovertido: el objetivo es que tenga las herramientas para relacionarse cuando quiera o cuando le convenga, y que la soledad sea una elección y no la única opción disponible.

Segundo: hay que distinguir dos cosas que se ven igual desde afuera. Un niño que se aparta porque le resulta agotador o porque le ha ido mal, y un niño que se aparta porque así está bien. Se distinguen mirando qué pasa cuando la interacción se hace fácil y predecible. Si en nivel 1 y nivel 2 —uno a uno, tranquilo, con estructura— tu hijo se ríe, busca al otro y quiere seguir, entonces no prefería estar solo: prefería no estar en el caos. Si en cambio incluso ahí quiere terminar rápido, respeta su ritmo y baja la dosis, sin abandonar el trabajo.

Tercero: la meta razonable no son diez amigos. Es un amigo. Un solo par con quien la pase bien, y algunas herramientas para sobrevivir el recreo. Eso protege muchísimo, y es un objetivo alcanzable para la mayoría de los niños.

Y si lo que ves es más bien angustia frente a hablar delante de otros, exposiciones en clase o participar en voz alta, ese es otro cuadro y otro abordaje: lo desarrollé en qué hacer si tu hijo tiene miedo de hablar en público.

Qué esperar de un grupo de habilidades sociales y cómo llevarlo al recreo

Los grupos de habilidades sociales sirven, y conviene saber qué pedirles. Un grupo útil tiene pocos niños con perfiles parecidos, dos terapeutas, objetivos escritos por niño —no «socializar», sino «pedir un objeto a un par tres veces por sesión»—, actividades estructuradas y no juego libre, y un reporte a los padres con tareas para la casa. Si sales de la sesión sin saber qué se trabajó y qué debes practicar en la semana, falta la mitad.

Y acá está la parte que más se olvida: lo que se aprende en la sala no salta solo al recreo. Un niño puede pedir perfecto en el consultorio y quedarse mudo en el patio, porque el lugar, el ruido, los niños y las reglas son otros. La generalización se trabaja aparte, y se trabaja así: se practica la misma frase en cuatro lugares distintos, se pide a la tutora que la use en el colegio, se busca en el patio un lugar tranquilo y un compañero conocido, y se empieza por cinco minutos de recreo acompañado antes de soltarlo veinte. Vale la pena pedir una reunión con la tutora y llevar por escrito dos o tres cosas concretas que ella pueda hacer.

Empieza esta semana por una sola cosa: elige un juego de turnos de cinco minutos y hazlo dos veces al día durante siete días. Anota en una hoja cuántos turnos sostuvo cada día. Ese número es tu línea de base y en tres semanas lo vas a ver moverse. Cómo se articula esto con el resto del plan de tu hijo lo puedes ver en el mapa de qué terapias ayudan a los niños con autismo, y si quieres una mirada profesional sobre el nivel en el que conviene empezar, en el Centro Psicológico Nueva Mente, en San Miguel, se puede solicitar una evaluación para armar ese plan con objetivos concretos.

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